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Arte Expuesto 0

Chris Cornell: la última gran voz del siglo XX

· mayo 26, 2017

 

 

Mariela Arrazola Bonilla

 

Era la década de los noventa en Puebla. Las estaciones de radio para chavos sólo tocaban éxitos pop en español y en inglés, pero en todos casos pop. Lo más heavy era Guns and Roses y Metallica. MTV no había llegado, pero era un canal de videos que estaba revolucionando la industria musical en el mundo desarrollado. Además, había pocas tiendas de música, una muy conocida en Galería las Ánimas, que traía por encargo los CDs de grupos que ya desde ese entonces se conocían como “alternativos”. Tenías que esperar un mes para conseguir tus discos.

Fue en esa tienda, cuyo nombre no recuerdo, que encargué el Superunknown de Soundgarden. Era 1994. En Alemania, había visto el video de “Black Hole Sun”, el principal sencillo del álbum. El video era alucinante, bizarro y la música era oscura, profunda y magnética. No había nada igual.

Así es como uno escuchaba grunge en la muy provinciana Puebla de los Ángeles, la Puebla antes del correo electrónico, del internet, del high tech, de las franquicias. Vaya, el tratado de libre comercio no tenía ni dos años de haberse firmado. Aun así, uno buscaba las grietas por las que se colaba la cultura americana underground.

Así comenzó mi fanatismo por Soundgarden, y por Chris Cornell. A los quince años mi deseo no era bailar ningún vals, sino deseaba con toda mi alma que algún día esa banda pasara por el DF para poder escucharla en vivo. Supe desde pronto que sería muy difícil, ya en pleno apogeo del grunge, Soundgarden era extraño, no era Nirvana, ni Pearl Jam… era los padres, y eran los más originales.

La originalidad no arraiga en las ciudades conservadoras, la gente no busca ser diferente ni escuchar cosas diferentes, la gente busca pertenecer a lo común y a lo socialmente reconocido, pero yo no pretendía ser parte de la onda, del freserío —como diría un amigo.

Yo quería irme a Estados Unidos, y en particular a Seattle, yo quería ver a esos grupos, yo quería visitar el jardín donde está la escultura que da el nombre a Soundgarden y lo que estaba junto a mí no me interesaba. Mis años de adolescencia los pasé encerrada en mi habitación, rodeada de paredes con pósters de los héroes del grunge, y en lugar de ir de antro, me ponía unos audífonos y me escapaba del tedio del tercer mundo y de su música sosa. México no tenía nada para mí y con esa idea en mente, acabando la prepa, me salté la graduación y la cambié por un boleto de avión a Los Ángeles. Y de ahí a Seattle.

Llegué en junio de 1998. Soundgarden se había separado un año antes, pero yo esperaba verlos, a ellos a Alice in Chains, a los que quedaran vivos. Fue un peregrinaje, sentía que iba a encontrar mis raíces a la ciudad que había dado sentido a mi vida a través de sus sonidos. Durante semanas recorrí sus calles, todo el día. Iba a los lugares del grunge, a los bares que vieron nacer el movimiento contracultural más significativo de finales del siglo XX. Los recorrí todos sin poder tomar un trago, pues no había cumplido 21.

Uno de esos días, iba por el downtown, a mitad de una calle y vi, en la esquina opuesta una presencia con un aura inmensa que se robó mi atención, una suerte de halo luminoso: era Chris Cornell. Estaba sentado tomando un café en la calle con otras personas. Yo era demasiado tímida y no fui capaz de acercarme a pedir un autógrafo, además no quería molestarlo, uno no anda molestando a los dioses del rock. Simplemente entré al Nordstrom que estaba enfrente dudando en acercarme. De pronto llegó una van y se subió. Mi ídolo se había ido y es lo más cerca que estaría de él. Fue un instante de paz emotiva, él destilaba eso que se llama ángel, buena vibra.

Siempre fui una fan de todos sus proyectos, Temple of the Dog, Audioslave, su carrera en solitario… Su voz era su mayor don. Sin embargo, hoy a la distancia, creo que no sólo era su voz, él era un gran cantautor y un intérprete de todos los géneros. Lo mismo cantaba a Bob Dylan que a Whitney Houston, a los Beatles y a Michael Jackson. Aunque cantara pop, lo hacía mejor que los cantantes pop.

Además tenía imagen de actor de cine. Sólo que se nos olvidó que detrás de su apariencia apolínea se escondía un alma atormentada, oscura y dionisiaca. Como sugiere James Hetfield, de Metallica: lo que nos recuerda la muerte de Cornell es la oscuridad inherente al rock, y sobre todo a los cantantes de grunge, de los cuales ya se han ido la mayoría.

Ahora sufrimos por saber que de “estar bien” en un instante todo estuvo muy mal en él y se ahorcó. En muchas de sus letras el ahorcamiento está presente, más que eso, está la presencia de la muerte. Cuelga mi cabeza; Las vidas que hacemos nunca parecen llevarnos a ningún lado más que a la muerte; Mátate y mata todo lo que amas y si vives puedes caerte a pedazos y sufrir con mi espíritu; Nada parece matarme por más que trato… Y así puedo seguir.

Y como encuentro alusiones a la muerte encuentro también frases de esperanza, de entendimiento, de la vida y del amor: Alguien trató de decirme algo, no dejes que el mundo te abata, nada me matará antes de que yo lo haga, así es que sálvalo para ti mismo y para los que puedas ayudar; Llora si quieres llorar, si te ayuda a ver, si te aclara los ojos, Odia si quieres odiar, si te mantiene a salvo, si te hace valiente.

Por alguna razón me abruma demasiado su muerte, quizás porque la imagen de él ahorcándose me viene a la cabeza como su música se hizo imagen en mi cabeza y se quedó ahí grabada. Me pesa mucho saber lo que dejó atrás, su familia, sus hijos.

Dios se lleva a los mejores de la manera más trágica. Cornell decía que él pintaba con sonidos. Al igual que Pollock, Van Gogh y Rothko —las almas torturadas tienen buen gusto— pintaban con el alma y tuvieron la misma suerte. Veinte años sobrio para terminar así, intoxicado con lorazepam. Se veía cansado en el último concierto.

En algunas de sus entrevistas llegó a hablar de sus letras, introspectivas, ciertamente con un toque depresivo. Cornell buscaba recordarnos que sin importar qué tan feliz eres, un día todo puede cambiar.

Su muerte duele porque ciertamente sus letras ayudaron a una generación entera a entenderse mejor a sí misma; su muerte duele porque piensas en lo que no hará, en lo que no verá y se perderá; su muerte duele porque reconoces en alguien ese extraordinario poder artístico y sabes que se ha ido.

Fue cremado en una ceremonia privada. El funeral de Mozart fue patético, nadie asistió. El de Beethoven todo lo contrario, 20000 personas fueron y ese día cerraron las escuelas en señal de duelo. Elvis murió a los 42, a su funeral fueron miles. Cuando murió Lennon, Yoko pidió encender una vela en su memoria a la misma hora, la gente se congregó en varias ciudades del mundo para hacerlo. Para el funeral de Cornell los fans nos hemos unido a un grupo tributo en Facebook y hemos compartido historias, hemos encendido una vela a la misma hora, la congregación es virtual, pero real.

Al morir Chris se muere una época, la era análoga, la del casete, del discman. Con él se muere una parte de nosotros, los de la Generación X, se apaga, en lo infinito virtual, el último sonido original del siglo XX.

Twitter @MarielaArrazola

 

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