Maritza Flores Hernández
Algunos han sido alumnos, mas nunca estudiantes. Otros han sido estudiantes, pero jamás alumnos. ¿Usted, a cuál grupo ha pertenecido más tiempo?
“Soy estudiante” es una de esas frases que a lo largo de la historia han pasado por múltiples significados. Sin embargo, el más estable y bonito hace referencia a aquella persona capaz de analizar, investigar, interpretar y transformar un conocimiento relativo a la ciencia, arte o a cualquier otra disciplina.
De inmediato, Usted dirá: “pero para eso no hay que ir a la escuela”, y —de cierta manera— tiene razón.
Aprehender un conjunto de ideas y prácticas, y transfigurarlos, no requiere de un programa escolarizado; esto último es propio de los alumnos. No obstante, es posible avanzar más rápido si conjugamos ambas personalidades.
No hay requisitos previos para ser estudiante. Se puede comenzar a cualquier edad y desde cualquier lugar del mundo; aun cuando hay una cláusula que ha de cumplirse a cabalidad: debe ser una persona plena, llena de ilusiones y esperanzas.
Actualmente, con la educación on line, estudiar —más que una obligación— es una posibilidad de hacer realidad los sueños de muchos.
En consecuencia, es indispensable que sea capaz de romper paradigmas (sí, Usted también). Tal como Chano Antúnez, que a la edad de 70 años, después de jubilarse, decidió asistir, por vez primera, a la Universidad.
De sus hijos y esposa obtuvo el apoyo, no sin pocas objeciones. Unos le decían: ¿vas a estudiar administración? Otros, restándole importancia, le aconsejaban: No estudies, no necesitas título; o bien: estudia, ya estas jubilado, has lo que quieras.
Chano Antúnez, interpretado por el actor mexicano Jorge Lavat, se inscribe en la facultad de Literatura de la Universidad de Guanajuato. Implicando que dedicará su tiempo a lo que para muchos es poco útil: relato, cuento, drama, poesía; en suma, la palabra de los literatos.
La película El estudiante, del director Roberto Girautl, plantea la necesidad del individuo de descorrer los velos de una disciplina, no para obtener premios ni diplomas que mejoren su carrera profesional, aumenten su salario o le faciliten un ascenso, sino que le mueve un interés meramente intelectual y espiritual.
A través del guion de Gastón Pavlovich, se conoce del intercambio suscitado dentro del salón de clases entre Chano Antúnez y sus jóvenes compañeros, y sus consecuencias. Por ejemplo, crean nuevas formas de aprendizaje, asimilando y apropiándose de estos saberes; que a su vez comparten con el resto de la sociedad, aunque ésta no sea parte de la cátedra universitaria.
Porque un estudiante es capaz de trastocar todo su entorno. Más aún, porque los universitarios de esta comedia toman elementos del pasado y del presente, conformando las vidas futuras, tanto de ellos como de sus maestros, familiares y vecinos.
Igualmente, gracias al aprendizaje diario y continuo, habrán de superar una serie de conflictos amorosos y filosóficos, la lucha de egos, el abuso de las drogas y el alcohol, la traición y la pérdida de los seres amados.
Para ellos, todo esto es posible, ya que cuentan con el ingenio y confianza, nacidos de la reflexión metódica, que les permiten hacer hallazgos inesperados.
Así, cuando Chano Antúnez recorre la universidad en compañía de su nieta, quien está orgullosa de la nueva aventura de su abuelo, se encuentra con el velador, Don Pedro.
Don Pedro les reprocha su presencia dentro del recinto, que es exclusivo para estudiantes. Ante lo cual, el protagonista explica que la puerta estaba abierta. Entonces, el vigilante, le aclara:
“… Las puertas de la cultura como las de la iglesia y las de política siempre están abiertas, o deberían de estar…”
Agrega, aunque a la universidad no puede entrar cualquiera:
“… las puertas deben estar abiertas, no las vaya usted a cerrar…”
Y precisa:
“…Las puertas de la cultura siempre están abiertas, las de este lugar las tengo que cerrar, si no se mete cualquiera…”
De este modo, el actor José Carlos Ruíz, caracterizando a Don Pedro, no niega que el aprendizaje sea ajeno a la cultura, como tampoco que ésta, en buena medida, sea parte de lo que se enseña en una universidad.
Empero, para adquirir esta calidad hace falta, por un lado, no cerrar las puertas a la cultura, y, por otro, matricularse para lograr un orden; ya que no se trata, simplemente, de andar curioseando. Por el contrario, es indispensable la devoción a la ciencia y al arte.
Así como la de Chano y sus compañeros, quienes dedican horas extra-clases para entender y comprender los temas del programa escolar, hasta el punto de descubrir la esencia de la vida.
En conclusión, el estudiante siempre integra la cultura y el conocimiento científico; de tal modo que se hace la vida más agradable, más ligera y, muchas veces, más feliz.
Es probable que mucha gente esté retomando su lugar en el aula (sí, Usted también), que se matricule en un curso, diplomado, licenciatura; que incluso, algunos se animen a certificar la primaria, secundaria o preparatoria. Sin embargo, es seguro que todas estas personas —más que alumnos—, declararán igual que Chano Antúnez: “Yo soy el estudiante”.
En ese caso, queridos condiscípulos, les diré, sin ninguna presunción: yo, también.








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