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Celos

· abril 13, 2016

Antonio Bello Quiroz

 

Ni rosas sin espinas, ni amor sin celos. Proverbio turco

El hombre es celoso si ama; la mujer también, aunque no ame. Immanuel Kant

 

Los celos son una pasión humana de lo más ambigua. Cuando se experimentan, lo mismo son tomados como signo de amor —tal como nos lo hace saber San Agustín, quien señala que “el que no tiene celos no está enamorado”— que como la causa de las mayores acciones de odio: “Nueve años seguidos quisiera estarla matando”, dice Otelo, el Moro, en la obra homónima de Shakespeare cuando se cree burlado por Desdémona, su esposa.

Los celos, y la literatura nos lo hace saber, son tan antiguos como la historia de la humanidad y toman forma en el principio de la historia de cada sujeto. Acontecen en el cachorro humano en su constitución misma, justamente al devenir humano con la aparición del tercero, generalmente hermanos. Más aún, constituyen la entrada al deseo. Por eso no hay sujeto sin celos. Sin celos no hay otro, sin celos no hay deseo. El obsesivo, por ejemplo, juega las contras y se presenta como alguien que con su trabajo ritual puede no sentir celos. Émile Maximilien Paul Littré, en el famoso diccionario que lleva su nombre (Littré), dice que los celos son un “sentimiento que nace en el amor y que es producido por la creencia de que la persona amada prefiere a otro”. En otro diccionario, ahora más especializado en lo subjetivo, el Diccionario de psicoanálisis de R. Chemama y B. Vandsermaersch, se señala que los celos son un “conjunto de sentimientos dolorosos y de ideas en un sujeto que teme, sospecha o tiene la certeza de que su objeto de amor le es infiel”.

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En la mitología griega encontramos que por celos Hera, una diosa mayor, esposa y hermana de Zeus, a quien se presenta como mujer vengativa y violenta, mataba a los hijos que eran producto de las infidelidades de su esposo, amado y odiado al mismo tiempo. En la Odisea podemos conocer sobre una poderosa bruja llamada Circe, quien con ayuda de encantamientos, hechizos y el uso de hierbas convertía a los hombres en animales. Pero no sólo con los hombres aplicaba sus poderes, también lo hizo con Escila, a quien por celos convirtió en horrible monstruo debido a que era amada por Glauco, a quien la misma Circe amaba. Una sobrina de Circe, Medea, también por celos, mata a sus hijos para vengarse de la traición e infidelidad de su esposo Jasón, quien decide abandonarla por Glauca, hija del rey Creonte. Para consumar su venganza, Medea envía a Glauca un magnífico vestido como regalo de bodas. Al ponerse tan hermosa prenda, el vestido, que había sido impregnado con sustancias mágicas, la convirtió en antorcha humana; su padre, al abrazarla por quererla salvar, también terminó en llamas. Pese a la mala prensa que tienen los celos, sobre todo a partir de la revolución en el orden sexual que implicó la masificación de la anticoncepción, la triangulación estructural que implica la escena de los celos debe intervenir lo antes posible en la constitución del sujeto, ya que su presencia resulta ser una buena defensa contra la relación dual imaginaria y mortífera, y permite la viabilidad de expresión de los conflictos. Cabe insistir en la importancia de los celos, incluso se puede decir en muy pocas palabras: sin celos no hay otro, tampoco hay deseo ni sujeto. Cuando el tercero aparece, el niño puede constituir su yo de insipiencia simbólica, discriminándose de la madre: ya no es parte de ella, ni ella es parte de él; son diferentes. La alteridad se hace presente y determina el deseo del sujeto. Podría decirse de esta contundente manera: antes de los celos, el Otro y el infante eran la misma cosa.

En psicoanálisis se suele probar una y otra vez que el número dos no existe sino como máscara de lo único; para que haya dos tiene que haber por lo menos tres. No es el único discurso donde se hace esta afirmación; Lao-Tse dice: “después del tres, el infinito”. El otro puede servir entonces para ser sujeto y a veces para ser uno, lo que siempre —insisto— es una ilusión. Que haya otros es sólo apariencia, necesaria, eso sí, porque sólo hay otros si lo que se produce en cada sujeto es una transformación cualitativa. El motor del deseo es el anhelo de reencuentro con el objeto primario, búsqueda incesante en la que se va la vida y que a la vez, vaya paradoja, nos permite vivir. Así entonces, más allá de moralidades, se vive en constante infidelidad con el objeto actual, pues el encuentro sexual de mayor plenitud con el objeto real siempre reserva un grado de insatisfacción —dado que no es el objeto quien otorgaría la completud del narcisismo primario—, lo que obliga e invita a repetir la experiencia, que impulsa a la búsqueda de aquella satisfacción última que, pese a ello, permite placeres sustitutivos. Pero regresemos a los celos, que —hay que decirlo— se ubican entre el amor y odio, operan como escudero de las relaciones humanas y son con frecuencia motor de trágicos desenlaces ante la frustración de alcanzar la anhelada complementariedad, por cierto tan vendida por los psicólogos. En este sentido, la literatura, con Marcel Proust a la cabeza, muestra a los celos como la forma que adquiere la agonía de un amor que nunca será feliz, que siempre se verá amenazado por la inconstancia, con el peligro de muerte acechándolo permanentemente. Proust, en “La tempestad sobre el mar”, hace de la duda el territorio propio de los celos:

Los celos pertenecen a esa familia de dudas enfermizas que se aclaran más por la energía de una afirmación que por su verosimilitud. Además, lo propio del amor es hacernos a la vez más desconfiados y más crédulos, hacernos sospechar de la que amamos antes que de otra y dar crédito con mayor facilidad a sus denegaciones.

Amor y sufrimiento son, en Proust, el anverso y reverso de una misma realidad: la existencia del otro es motivo de dolor; el amor es verdaderamente una maldición a la que no es posible sustraerse. Para este escritor francés, obsesionado con la irrefutable presencia de lo real en la figura de lo imposible, el amor se presenta siempre más grande que la persona amada; ella es insignificante en relación con ese amor. Para Proust, lo que se ama de una mujer es el mundo desconocido que ella misma implica. Escribe en “La tempestad sobre el mar”: El creer que una persona participa de una vida desconocida en la que su amor nos permitiría penetrar es, de todo lo que precisa el amor para nacer, lo que más le importa y lo que le hace prescindir de todo lo demás.

Sin embargo, al poseer a la persona amada, el amante pierde la ilusión de poseer el mundo que se anunciaba a través de ella, lo inasible se hace presente, el objeto imposible se hace real. ¿Y quién soporta eso? El rasgo más importante que especifica ese amor es la angustia de la ausencia. La angustia aparece en Proust como la materia prima del amor que adquiere su especificidad en los celos, figura obsesionante que “redobla el amor”, ya que para que haya celos tiene que haber obstáculos para poseer a la persona amada, ya sea en poder conocer su interioridad, participar de su mundo o cualquier otra razón que establezca la separación entre uno y otro. Otro escritor francés, Roland Barthes, en Fragmentos de un discurso amoroso, al hablar del sufrimiento que acompaña a quien vive los celos, señala que “como celoso sufro cuatro veces: porque estoy celoso, porque me reprocho el estarlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me dejo someter a una nadería: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser ordinario”. Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis, el mayor estudioso de las profundidades de la vida anímica, se ocupa explícitamente de los celos en 1921, en un trabajo que titula justamente Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad. Ahí los ubica, junto con la tristeza, como un estado afectivo considerado como normal. Cuando parece que faltan, más bien ocurre que han sido sometidos a una fuerte represión, pero continúan operando poderosamente de manera inconsciente. Hace, a partir de esta tesis, una clasificación de los celos en: 1) celos concurrentes o normales; 2) celos proyectados; y 3) celos delirantes. Los celos normales, enseña Freud: se componen esencialmente de la tristeza y el dolor por el objeto amoroso que se cree perdido, de la ofensa narcisista en cuanto nos es posible diferenciarla de los elementos restantes, y, por último, de sentimientos hostiles contra el rival preferido y de una aportación más o menos grande de autocrítica que quiere hacer responsable al propio yo de la pérdida amorosa.

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