Søren Kierkegaard
Mi Regina
Es el invierno, también es el momento de pensar en el verano. El corcel tiembla, yo tengo flojamente las riendas en la mano. La naturaleza se despierta, cada árbol se inclina al primer soplo de viento para ver si su vecino está todavía en el mismo lugar; un pájaro levanta vuelo y hace sonar su voz en el murmullo de la espesura. Un ciervo asustado salta, miras a su alrededor y desaparece en el misterio del bosque. Adiós, esto ha acabado más rápido que lo que se dice, más rápido que lo que ha comenzado. Gracias, asombrosa naturaleza, gracias, nuestra madre de todos cuyo pecho fecundo contiene más, mucho más que lo que pueden devorar los ojos jamás saciados de sus hijos. El corcel echa espumarajos, roza apenas la tierra, los árboles inquietos se balancean, un deseo lleno de languidez los hace estremecerse y ellos inclinan melancólicamente su copa para mostrarse todavía un instante.
Es el invierno, pero la fiesta de los ramajes verdes ha sido celebrada en la estación fría. Yo también quiero levantar mi choza de follaje, ahí permanezco tranquilo, y sobre ella se extiende una solemnidad desconocida por la naturaleza, pues el recuerdo la santifica, mientras que la naturaleza ignora el pasado; se parece a un niño que no conoce los dolores y las alegrías de la vida, un niño de sonrisa inocente que no puede contar nada. Si deseas ver mi choza de follaje, aquí hay un dibujo. En general uno se sirve de jóvenes brotes flexibles y frescos y no de ramas sin perfume ni suavidad.
Tu S. K.









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