Léon Bloy
De lo único que me entero a través de sus cartas, es de la bancarrota de su razón. ¿De manera, mi querido amigo, que duda usted de la Iglesia porque hay en ella sacerdotes o fieles indignos, cuyo número, por otra parte, no puede usted calcular? Significa, en otros términos que duda usted de las matemáticas porque conoce a un profesor de álgebra o trescientos setenta y siete profesores de álgebra que son unos cerdos. Verdaderamente (permítame que se lo diga con el amor con que tantas veces se lo he dicho a De Groux) esto es demasiado idiota, demasiado resobado, demasiado digno de un viajante de comercio. Todo es perdonable, excusable, soportable, menos la mediocridad. Eso no; imposible. No conoce, según usted, “ningún sacerdote que hubiera podido merecer su obediencia”. ¿Por qué decirme eso a mí, mi querido amigo? Yo no soy un contertulio de café, ni un empleado de escritorio, ni un conserje, ni siquiera uno de esos profundos zapateros cuya sabiduría sorprende. Creo que usted no ha podido escribir esas palabras sin sentir un poco de vergüenza. Yo he conocido sacerdotes que eran hombres admirables; conozco asimismo algunos y conoceré otros, que no piensan sino en la gloria de Dios, en la salvación de las almas, en la evangelización de los pobres. Se ha caído tan bajo, que estas palabras se han tornado grotescas, pero no temo escribirlas…
Las objeciones sentimentales no tienen ningún valor. ¿Es obligatorio, sí o no, obedecer a Dios y a la Iglesia? He ahí todo. Desde ese punto de vista elementalísimo, el sacerdote no es otra cosa que un instrumento sobrenatural, un generador de infinito, y se requiere ser un asno para ver otra cosa, pues todo ello transcurre y debe transcurrir en lo Absoluto. Desde hace más de treinta años oigo misas oficiadas por sacerdotes para mí desconocidos y me confieso con otros que ignoro si son santos o asesinos. ¿Por qué he de cometer la tontería de pretender averiguarlo? ¿Soy juez de ellos, acaso? Me basta saber que la Iglesia es divina, que no puede ser sino divina y que los Sacramentos administrados por un mal sacerdote tienen exactamente la misma eficacia que los administrados por un santo.
¡Es para llorar, mi querido amigo! Verme aquí, entre estos camellos, entregado a los tormentos y tener que escribirle (a usted, católico) estas cosas elementales que un herético culto no tiene el derecho de ignorar, es desolador.
He aquí una observación muy simple y que debe, creo, impresionar a su espíritu, porque hay en ella algo de matemático. El mundo protestante que me rodea es incuestionablemente horrible, mediocre, carente, hasta donde puede serlo, del sentido de lo Absoluto. ¿Cuál es el carácter distintivo de ese mundo? La exclusión de lo sobrenatural, lo sobrenatural excluido del Cristianismo, vale decir, la idea más ilógica y más irracional que haya podido jamás entrar en el cerebro del hombre. Consecuencia de ello es el menosprecio en que se tiene al sacerdocio, al envilecimiento de la función de éste, fuera de lo cual no puede manifestarse lo sobrenatural. Sin el poder de consagrar, de unir y de absolver, el Cristianismo se desvanece para dar lugar a la inmundicia de Lutero y de Calvino, a un racionalismo abyecto, ciertamente inferior al ateísmo. El sacerdote católico tiene tal investidura, que si es indigno, más resplandece la sublimidad de su orden. He ahí un sacerdote criminal, pasible, si se quiere, de la más amplia condenación, y que tiene, sin embargo, el poder de transubstanciar… ¿Cómo no comprender esta Belleza infinita?
——
Mi diario, 6 de julio de 1899.









No Comments