Camilo José Cela
En aquel pueblo había muchos neófitos. El pueblo no era ninguna aldea, ciertamente, sino más bien casi una ciudad; pero, de todas maneras, había muchos neófitos, casi demasiados neófitos.
—¡Cuántos neófitos hay en este pueblo! —decían los forasteros—. ¡Cómo se ve en seguida que tiene una economía sana, basada en la agricultura y en la pequeña industria!
—Sí, señor; la mar de sana. Todo el mundo lo dice. Y muy autárquica, además. Aquí, lo que más llama la atención es la autarquía, ¿verdad usted?
——Ya, ya…
Doña Ramona, la dueña del Café-fonda La Mercantil, que en tiempos de su padre se llamó La Perla de las Antillas, y en el de su abuelo El Triste Venado, tuvo un éxito muy grande organizando su carrera ciclista para neófitos.
—A las cosas —decía—, lo que hay que buscarles es aplicación. De nada nos vale tener lo que sea si no lo aplicamos. Un capitalazo como una casa, si es improductivo, es como un jardín sin flores.
—Anda, ¡pues es verdad! —le contestaba don Ildefonso, el escribiente del Juzgado, que era algo memo—. Yo, en eso, no había caído.
Doña Ramona pensó que, con los neófitos, lo mejor era organizar una carrera ciclista.
—En este pueblo hay un horror de neófitos; todo el mundo lo dice.
—Sí, señora; neófitos hay muchos. Lo que no hay son bicicletas.
Doña Ramona no se amilanaba fácilmente.
—Pues que las pidan prestadas a los pueblos de al lado. Yo creo que la cosa bien merece la pena. Vamos, ¡digo yo!
—Sí, señora; sí que merece la pena. Pero ¿y la autarquía?
—¡Ay, Ildefonso, hijo! ¡Usted siempre poniéndome chinitas en el camino!
—Bueno, me callo; haga lo que le dé la gana. Yo cumplo con advertirla.
Doña Ramona se encerró tres días en la trastienda del Café y se inventó las bases para la carrera. El cartel que encargó decía:
“Gran Premio Velocipédico de Valverde del Arroyo. Reservado para neófitos. Recorrido, cien vueltas al pueblo, yendo por el Camposanto, pasando por la Picota y volviendo por el Matadero. Inscripción gratuita. Primer premio, un hermoso salchichón y veinticinco pesetas. Segundo premio, otro salchichón más pequeño y diez pesetas. Tercer premio, un objeto de arte. Presidirán las autoridades, en compañía de las más bellas señoritas de la sociedad arroyense.·
El éxito de inscripción fue grande, y para el premio de doña Ramona se inscribieron setecientos treinta neófitos. Una nube.
—El miedo que yo tengo es que tropiecen —decía doña Ramona—. ¡Qué barbaridad! ¡Qué aceptación!
—¡Hombre! Así, cualquiera. ¡Repartiendo salchichones y premios en metálico!
Cuando llegó el día de la carrera, los neófitos no cabían en la plaza. Menos dos o tres, que no entraron por eso de enseñar las piernas y se presentaron de pantalón largo, sujeto con unos alambritos por abajo, los demás optaron por el calzón de futbol o por el albo calzoncillo prendido por delante con cuatro puntadas o con un imperdible para que no se abriese.
La salida la dio la Pura, que había sido “Miss Valverde del Arroyo” antes de la guerra, y que, aunque ya no era ninguna niña y tenía ya sus años y sus patas de gallo, aún no había sido desbancada por ninguna otra.
—¡Mírala, qué repajolera gracia tiene para agarrar la escopeta! —decía el tío Juan, un viejo verde y solterón, amigo del vino áspero, de las mozas galanas y de la caza de pluma—. ¡Si es que no hay otra como ella en muchas leguas!
Los neófitos, apelmazados en la plaza, los músculos en tensión, al manillar amartillados, un pie en el pedal y el otro en tierra, estaban pendientes de la escopeta de la Pura.
—Apunta para arriba —le había dicho doña Ramona—, no vayamos a tener tomate.
—Descuide usted.
En el balcón del Ayuntamiento, la Pura no podía revolverse entre tantas autoridades y jerarquías.
—¡Venga, dale ya! —le dijo el alcalde.
La Pura apretó el gatillo, pero la escopeta no escupió.
—¿Qué pasa?
—¡Anda! ¡Y yo qué sé!
—¡Que le aprietes, muchacha! Aprieta fuerte, y verás cómo sale.
La Pura hizo un esfuerzo y apretó con toda su alma.
—¿No sale?
—Pues no, señor. Ya usted lo ve.
—Bueno; es igual.
El señor alcalde se dirigió a los ciclistas. Antes pidió que le escuchasen, con un gesto apaciguador.
—¡Ciclistas!
Sobre la plaza resonó un hondo murmullo.
—¡Qué!
—Pues que vayáis saliendo, que esto no marcha.
La que se armó con la orden del alcalde no es para descrita. Setecientos y pico de neófitos, pedaleando como leones y echando los bofes por la boca, detrás del salchichón y de los cinco duros, por las cuestas de Valverde del Arroyo, es un espectáculo nada fácil de pintar. El teniente de la Guardia Civil decía: —¡Qué barbaridad! ¡Parecen filibusteros!









No Comments