Fernando Sánchez Clelo
Al hallar a las sirenas en un islote, los navegantes se hincan desesperados en el trirreme, gritan desquiciados y se jalan los cabellos. Los más ancianos, faltos de voluntad, se arrojan desde la borda para ser tragados por las olas revueltas. El joven marinero Asiel no comprende las reacciones vergonzosas de la tripulación: ellas son de rostros reptiles y sus dedos son como garfios para desgarrar carne. La cola no es de pescado, es de tiburón; huelen a carne descompuesta y sus cantos son chillidos simiescos. El joven ahora sabe que la mítica belleza y el canto angelical son un embuste. Pero los navegantes ancianos no las escuchan, no las miran, no las huelen: están impacientes por arrancarles sus aletas de propiedades afrodisiacas.









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