Jesús Bonilla Fernández
Quisiera referir el hecho de que una escritura hecha de inocencia se convierte, a través de un proceso llamado metamorfosis, o vayamos a saber por qué otros medios, en una literatura poderosa.
Es el caso de Elías Canetti, de quien hablamos hoy para celebrarlo sin un motivo específico. Aclaro desde ahora que cuando hablo de inocencia no me refiero a ignorancia, candidez o timidez, formas de ser de las cuales Elías Canetti se desprendió a su tiempo, como podemos comprobar en los volúmenes de su autobiografía: La lengua absuelta, La antorcha al oído y El juego de ojos.
Para darme a entender mejor propongo la lectura o relectura de ese apartado de la “Historia de una vida”, es decir La antorcha al oído, titulado “Las mujeres inventadas”, donde Canetti escribe: “Odisea, que siempre había sido mi modelo, me ayudó a pasar por alto lo penoso de la situación. Una historia bien inventada era una historia, no una mentira, y los efectos revelaron pronto que el objetivo de la empresa era bueno y, casi diría, humanitario.”
El escritor se refiere al caso que le ocupaba en 1927: defender a su hermosa y amada Veza de las consecuencias de la animadversión de Mathilde, la celosa madre de Canetti, quien le había tomado cierta ojeriza, la cual a mi entender nunca queda muy claro el motivo. Canetti va de visita a París, en donde se afana en inventar su relación con otras dos chicas para distraer a Mathilde. El episodio raya en lo cándido, aunque la seriedad de Canetti y su valor le impiden atemperarlo, por seguir la cronología de los acontecimientos, con algún comentario fuera de lugar. Además, ese apartado me parece uno de los más bellos de su autobiografía, pues con pocos trazos, y ante una situación a todas luces ingenua, realiza el retrato de su hermano Georg, para quien también hablar de las cosas “reales” consistía en hablar de las cosas del espíritu.
Por inocencia, entonces, entiendo más bien cierto compromiso de la literatura con la vida que a nuestro autor era caro y que, por supuesto tuvo que ver con su creación artística. Él narra hasta dónde fue uno de los condimentos de la sazón de su única novela, la así llamada Auto de fe, en contradicción con la frivolidad de la vanguardia berlinesa de finales de los veinte y principios de los treinta del siglo pasado, cuyo paradigma era Bertolt Brecht y su gusto por los automóviles. Ese Berlín lo veía con los ojos de George Groz. Pero oigamos a Canetti: “Acaso la tarea más indispensable del arte se haya olvidado con demasiada frecuencia: no la catarsis, ni el consuelo, ni un disponer de todo como si las cosas acabaran bien, pues no acaban bien. Pestes, pústulas, tortura, espanto —y en vez de la peste, ya superada, inventamos monstruosidades peores.”
Ese compromiso o esa inocencia —ahora podemos llamarle como queramos— tiene como final una “resistencia al inaceptable ultraje de la muerte”, para decirlo con palabras de Claudio Magris, quien anota en la bitácora de su viaje por el Danubio, que debido a su correspondencia con Canetti, a toda su persona y a su Auto de fe, debe una parte de su constitución y la esencia de su realidad. Si aprendemos a ver los múltiples rostros del poder gracias a Canetti —dice el escritor triestino— tenemos el deber de resistir ese poder en su nombre, incluso si asume el rostro de Canetti.
Magris, crítico a veces incómodo, pero siempre sagaz, en su libro El anillo de Clarisse, Tradición y nihilismo en la literatura moderna, relaciona las obras capitales de Elías Canetti, Auto de fe y Masa y poder, si bien no son menos importantes —como veremos después— El otro proceso de Kafka y su autobiografía, en la cual se basan mis comentarios. Para Magris, Peter Kien (el personaje de Auto de fe encarna el yo, pero éste no existe como tal, sino es sólo la coraza anormal de una unidad; es decir, el yo tiene en realidad un agregado, es en realidad una masa.
“Para no perderse en esta multiplicidad, Peter Kien la descarna en una unidad monolítica pero frágil, excluye el mundo para reducirse a pura cabeza: se destruye como persona, mientras se busca y atrinchera en lo abstracto. Canetti es el poeta de este palpitar vital extremo y destructivo que vibra en la emoción heroica y atenta; en la gélida abstracción, último baluarte de un nombre que con todo indica siempre un corazón, se refugia la llama agonizante y perversa de Eros aniquilado, de la vida destruida. Canetti sabe captar la ternura de la vida ante todo en la negatividad más repulsiva, en los esfuerzos metódicos por reprimir la vida: es el poeta de la represión, de ese sentimiento de zozobra desfallecida e indefensa que sitúa en el origen de la destrucción sistemática y autodestructiva. El totalitarismo es el desenlace último del miedo, y cada miedo lleva en sí algo que lo redime, por más inhumanos que sean su disfraz totalitario y los efectos de éste.
La muerte para Canetti es un crimen. Según él, existían pocas cosas negativas que no hubiera dicho contra el hombre o la humanidad, pero a pesar de eso se sentía tan orgulloso de ellos que odiaba realmente a su enemigo: la muerte.
Alcoholes
Es muy usual ducharse con la frase: “Dentro de cien años, todos calvos”. Ramón Gómez
de la Serna
Si queréis suprimid la política, suprimid los cafés. Enrique Jardiel Poncela









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