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Canalla canallín

· mayo 26, 2018

Antonio Bello Quiroz

Toda canallada se basa en querer ser el Otro del Otro

de alguien para manipular su deseo. J. Lacan

Durante el actual proceso electoral que se vive en México hemos visto cómo desde diferentes frentes y lugares, incluso por sus propios correligionarios, a uno de los candidatos se le ha endilgado el epíteto de canalla. Se le acusa de lavado de dinero, lo mismo de corrupción que de apátrida, incluso de traidor. Las redes sociales se han encargado de destacar ciertos rasgos de personalidad de este candidato y algunos con frecuencia destacan la particular sonrisa cínica y sus constantes y reiteradas mentiras que no reconoce incluso ante las evidencias. Ante esto vale preguntarse: ¿qué es un canalla?

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, canalla deriva del italiano canaglia y se dice para señalar a la gente baja, ruin. Aunque también se habla de una persona despreciable y de malos procederes.

Más allá de hablar de Ricardo Anaya, candidato presidencial a quien se le ha llamado canalla, en particular en el reciente segundo debate, quisiera aquí referirme a lo que se dice de un canalla desde el psicoanálisis. Podemos saber que se trata esencialmente de un individuo y no de un sujeto, dado que en un sujeto el goce se encuentra limitado. En este caso se privilegia el goce (el disfrute sin límite) en detrimento del sentido y la verdad. En estos individuos canallas podemos observar la precariedad de los lazos sociales. Del personaje en cuestión se habla de su larga carrera de traiciones, es decir, el rechazo a las formas establecidas, lo mismo para hacerse de una fortuna que para hacerse de la presidencia de un partido e incluso la candidatura presidencial.

Jacques Lacan en el Seminario 7, La ética en psicoanálisis, se refiere al individuo canalla, aquel que bien vale un tonto, y nos advierte sobre si la constitución de canallas en tropel no culminará en una tontería colectiva. Los canallas se vuelven necios; por eso, dice, hay que evitar el análisis con ellos. En Les non dupes errent, Lacan denomina canallas a aquellos que no creen demasiado en la verdad y por ello comportan cabida para el libertinaje. El libertino, como podemos observar por ejemplo en Saló o los 120 días de Sodoma de Sade, goza pero sin someterse a ese goce, es decir, se hace amo del goce. Extrae de cada situación la satisfacción que no encadena. El amo de ese goce sin limitaciones no da acuse de signos de división subjetiva, es decir, no muestra culpa, vergüenza, dudas o angustia.

El canalla goza sin implicaciones sociales, sin reparar en el daño que al otro causa o bajo un argumento contundente: él sabe que eso es lo mejor para el otro. El canalla, como el perverso, le da lugar a la satisfacción pulsional, como ocurre con cualquier sujeto, sí, sólo que en el individuo canalla se hace sin el velo del amor: el otro es sólo un medio para alcanzar el goce. De esta manera podemos decir que, y esto en política es sumamente evidente y frecuente, se busca alcanzar el poder sin miramientos. El individuo canalla, en tanto que no cree demasiado en la verdad, podrá acomodar la realidad y hacerla acorde con su goce. Así, amo de su goce, va siempre en detrimento del amor y la verdad.

Para el psicoanálisis, si hay diagnóstico diferencial, se establecen tres posiciones clínicas: neurosis, psicosis y perversión. Así, la neurosis se presenta bajo la modalidad de la pregunta, la duda es su bandera; mientras la psicosis se mueve en las aguas de la certeza, siempre con la respuesta, no hay cabida para la casualidad o la ocurrencia; en tanto que para la perversión lo que mandata es la demostración. El individuo canalla se movería bajo esta última frecuencia. Quizá por ello pudimos ver el afán mostrado por el candidato de marras en demostrar, retador, incisivo, sin límites espaciales, aunque sepa que se trata de una mentira. Lo mismo en la manipulación de una portada exhibida pero antes eliminando lo insoportable de la realidad.

Los canallas con frecuencia adoptan el “disfraz” de la pureza o el bien común (por ello son visibles en la religión y la política), y desde ahí buscan recuperar el goce perdido y devolverlo al Otro. Lo que lo mueve, sin reparos, es la voluntad de goce. La forma: ser el objeto del goce del Otro. Frases como “sí, ya sé pero no me importa” o “es lo mejor para ustedes” son su divisa.

En la psicología general, al canalla se le denomina psicópata o sociópata, y se señala su falta de empatía como rasgo de carácter. Al canalla en todo caso no le interesa lo que lo limite, no importan causas ni banderas o ideologías, sino la voluntad de goce sin culpa y sin responsabilidad. La posición canalla es reactiva a la rectificación subjetiva, siempre hay una disculpa para todo con tal de demostrar que no hay en él responsabilidad. Su mejor máscara es la de la autoridad en la que, por otro lado, no cree, para desde allí ejercer poder sin límite sobre el Otro (la ley, la cultura, el cuerpo, etc.). Se encarama en el ejercicio del poder para manejar al otro.

Jacques-Alain Miller, quien al respecto sabe algo, señala que el perfecto canalla es Stalin, el hombre cerrado en sí mismo, sin escrúpulos, sin decencia, sin falta en ser. No acepta al Otro con mayúsculas (la ley, la cultura), que no es más que una ficción, ni a los otros que no valen nada.

Nosotros podemos ver que vivimos tiempos de canallas, lo mismo en el llamado crimen autorizado que en la política. Visibles, pero difíciles de detectar porque bien puede adoptar el ropaje del “hombre de bien”, honrado y trabajador, delincuente de cuello blanco, hombre de negocios, el científico o incluso el psiquiatra. Aunque en suma, el individuo canalla, como el candidato aludido aquí es aquel que no se detiene en la manipulación de los otros, en su uso y abuso. Vivimos tiempos de canallas.

 

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