Gerardo Lino
Pero estas consideraciones sobre lo espiritual en el arte de la escritura ¿no contradicen el reclamo de que el poeta escriba en presencia de la realidad?, ¿no se hacen de la vista gorda ante Auschwitz, el Gulag, la atrocidad municipal y espesa?
Un poema hecho desde el lugar de silencio donde reside el pensamiento, cultivado desde la raíz del hombre —desasosiego sin fondo, incertidumbre, dolencia—, rizomático, es una crítica de la realidad porque es una crítica del lenguaje —y no porque, como algunos rezan, el lenguaje se identifique con la realidad o peor: que sea ella (líbrennos los manes y los penates de tanta confusión) sino porque aun con sus ambigüedades, con sus límites indiscernibles, el lenguaje, el lenguaje verbal, es el mejor instrumento con que nos hacemos humanos (la música y las otras artes nos recuerdan que no somos divinos)—. Tendemos a creer que el espíritu está separado de la materia, por una vieja concepción dualista, incluso que son inconciliables; también, que el espíritu genera las obras de la nada como el Único —el de los monoteísmos—; es al revés: sin el cuerpo no hay espíritu que valga.
Luego, el arte de escribir abstrae las caras del mundo, penetra un aspecto del ser; toca la víscera donde duele; abre nuestra percepción: ante los ojos del horror, nos revela esa cosa que somos. Porque entra el mundo al cerebro, se transforma en las circunvoluciones y luego sale, por medio de la acción de la escritura. No sobra repetirlo: ante la facilidad con que las mixtificaciones sientan sus reales entre los ingenuos adormilados por el ruidoso sentido común: a través del cuerpo entra el mundo y salen los objetos que enriquecen la realidad o que la estafan. Recuérdese que el poeta busca en los lenguajes de su tiempo, en el universo verbal que ha recibido y en la lengua legada por su madre; de ahí que el comienzo del pensamiento sea el asombro ante lo cotidiano, lo natural y conocido; luego el artista —o el científico o el pensador—, apartándose, callando, en lucha con sus materiales, lo pone en el mundo, bajo las normas de la gramática de su cultura, para consolidarla, para inquirirla. Con esas hechuras rigurosas se nos revela entonces un aspecto de lo existente o de lo desconocido, una cara del mundo o del ser del hombre: sin ese filo crítico, esa cosa verbal sería una mera colaboración con el asesinato; no: el poema aspira a la lucidez.
Hacia la lucidez, hacia el sentido de lo real, la crítica que ejerce el poema —con su propio método, sus procedimientos generados por su código, su estructura inédita— puede ser una destrucción de los fundamentos corroídos, una transgresión con todas las de la ley: se trasgrede el lenguaje solo dentro de los límites del lenguaje. De otro modo, si no se parte del espíritu de la lengua, topará el extraviado con el sinsentido; si se puede ir más allá, habiendo conocido la lengua y revuelto el propio lenguaje, acaso señale las lindes de lo indecible. Hacia allá va la radicalidad del poeta: no elude la realidad, en cuanto saja las enormidades, diagnostica las taras de lo actual: porque no ha puesto en cuestión el lenguaje por mera pose: pone en crisis las mentalidades inicuas, el confort dormido en los laureles del asesinato: no consiente la infamia, ni siquiera la individual vanidad de haber llegado: cada vez que el poeta cree haber concluido, no se está quieto: vuelve a poner en duda, no deja de señalar hasta en el absurdo —a menos que esté muerto o se haya vuelto estúpido.
Aun así, la lucidez a que se aspira con el lenguaje tiende a emborrascarse con sus propias palabras, o, si se trata de un texto diáfano, la percepción sesgada de un lector inhábil o ideologizado puede trastornarlo hasta hacerle decir lo que no dice. No en balde el cúmulo siempre creciente de textos escritos puede considerarse como reflejo del universo: a veces como imagen del cosmos, de un orden armónico, alcanzable; otras, muchas, como prueba de que no es otra cosa que un caos, un enredijo incomprensible y fastidioso. Viene bien entonces purificarse dejando de leer, salir al aire y ver las cosas, callarse; luego, ya limpios de polvo y paja verbales, concitar el entendimiento por medio de un poema.
Ղ
Otravez, Arden las pérdidas:
CLARIDAD SIN DESCANSO
Quizá me sucedo en mí mismo. No sé quién pero alguien ha muerto en mí.
También ayer olía la desaparición y estaba amenazado por la luz, pero
hoy es otro el cuchillo delante de mis ojos.
No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones.
Es difícil
poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción
de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados
y después llorar porque voy a abandonarlos o porque ellos van a
abandonarme.
Qué
estupidez tener miedo al borde de la falsedad, qué cansancio
abandonar la inexistencia y
morir después todos los días.
Para Antonio Gamoneda, la poesía es ajena al mercado; parca de funciones externas; lejana del gregarismo: la poesía es realidad —la literatura, ficción; Et tout le reste—; el poema es un objeto para “la intensificación de la vida del emisor y de unos pocos receptores”, si bien tal intensificación no habrá de tomarse como autocomplacencia sino en tanto descripción de la mentira, anatema de la falsedad.
He tirado al abismo el hueso de la misericordia; no es necesario
cuando el dolor es parte de la serenidad, pero la lucidez trabaja
en mí como un alcohol enloquecido.
Sé que las uñas crecen en la muerte. No
baja nadie al corazón. Nos despojamos de nosotros mismos al expulsar
la falsedad, nos desollamos y
no viene nadie. No
hay sombras ni agonía. Bien:
no haya más que luz. Así es
la última ebriedad: partes iguales
de vértigo y olvido.









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