Víctor Hugo Pérez Nieto
A mi amigo Pável
El barrio siempre fue el mismo en aquella ciudad calurosa que tenía un puerto de altura; sus casas construidas de madera con techos de zinc le daban el toque a la colonia de pescadores que así había permanecido, inalterada, desde que la comenzaron a construir con los tablones de naufragios virreinales. Pero un día algo cambió: se mudó a la casa de al lado Efraín, quien venía de la capital.
Él era algo inusual, reservado igual a los niños de tierras altas, nada mal hablado como nosotros los costeños, que, a pesar de que sólo teníamos diez años y usábamos aún pantalón corto, heredamos la lengua de los marineros (todos éramos hijos o nietos de alguno). Él, en cambio, parecía una especie de autista índigo o lo que los psiquiatras calificaban como idiot salvat. Su familia tampoco se dedicaba a la mar: prestaban dinero a rédito.
Aunque ya era un poco grande para ello, a Efraín le encantaban los globos de helio, jugar a las canicas, volar aviones de poliestireno expandido; pero tenía una peculiaridad: Campanita.
Por lo regular los amigos imaginarios desaparecen antes de los seis años, luego de esa edad le llevan a uno con el loquero si continúa viendo tulpas. El caso es que Campanita lo secundaba siempre. Si jugábamos a las escondidillas ella le revelaba nuestras guaridas, en las cascaritas de futbol le metía el pie al portero. Seguido entablábamos batallas samuráis con nuestras catanas de hule sobre caballitos de palo, protegidos bajo caparazones de fichas entretejidas con cáñamo; si alguien del ejército contrario quería darle un sopapo a Efraín, seguro acababa con el ojo color cinabrio sin que él moviera un dedo. Aunque fuera de eso y uno que otro moretón, todos finalizábamos las guerras intactos.
En verdad que ese chico taciturno se dio a querer, sobre todo por mí. Nos hicimos inseparables cuando descubrí que aunque parecía bobalicón, por dentro era un verdadero guerrero oriental con armadura.
Dicen los psicólogos que los niños aprenden patrones familiares nocivos y los repiten de adultos formando hogares disfuncionales. Pues bien, seguramente al papá de Efraín lo golpearon mucho de pequeño y por eso él le pegaba seguido a la mamá, hasta que un día le puso también un tunda al hijo tan despiadada que le rompió la pierna. La mujer no soportó más y de madrugada se escapó con mi mejor amigo todavía escayolado en brazos. Salieron tan de prisa que no se llevaron más que las ropas que portaban, olvidaron incluso sus sueños; el chico, por ejemplo, pareció renunciar a su amiga imaginaria. Jamás regresaron.
Creía que Efraín dejó a Campanita para que cuidara de su padre, a pesar de todo, pues éste se quedó habitando con ella la casa de al lado algunos meses hasta que una tarde comenzó a oler feo. Encontraron al señor muerto de tristeza o arrepentimiento, qué iba yo a saber a esa edad, aunque algunos dijeron que lo habían ultimado deudores. Nadie conoció la verdad porque ya estaba muy descompuesto el cuerpo cuando le hicieron la necropsia.
Al ver desguarnecida a Campanita la convidé a vivir en mi casa. Fuimos cófrades inseparables por cinco años más; platicábamos a solas del colegio, del futbol, de las indómitas ganas que me embargaban para dejar de usar pantaloncillos cortos e irme a recorrer el mundo… ¡sí!, ¡soñaba ser Marco Polo y algún día reunirme con Efraín en Manchuria!, cosas de niños.
Pero un esplendor me empezó a incitar muy de repente. Dejé de verla a través los ojos de un imberbe y le encontré cosas en las cuales no había reparado: el color de su rostro era el de una flor bajo el rocío; con su minifalda, sus piernitas bien torneadas y los pechos de jarrones helenos sentí excitación.
“No te preocupes cuando es verano y llueve, después del aguacero viene lo más bonito de la tarde: el arcoíris. Cruel la lluvia de invierno a la que casi nunca le sigue luz”, me aconsejó Efraín antes de irse, un día que temblaba de miedo con los relámpagos de una tormenta. Creí haber descifrado el significado.
Esa noche la seduje: Campanita se metió bajo mis sábanas, retozamos felices con irrefrenable deseo. Nos dijimos las palabras de amor más bellas, esas que se expresan solas y calladas; luego, la mañana siguiente, desapareció para siempre dejándome húmedo con una notita en el buró: “bienvenido al infierno del adulto, donde las batallas ya no se entablan con espaditas de hule”. Un pantalón largo descansaba sobre el respaldo de la silla desmadejado como marioneta sin hilos.
Seguro que Efraín no dejó a Campanita para cuidar a su padre, sino para darme un adiestramiento samurái a mí. Lloré con prodigio su partida. Bueno, ¡la de ambos!
Seguí estando en el mismo barrio de la misma ciudad calurosa que tenía un puerto de altura, en la misma casita de madera con techo de zinc hecha de los restos de un naufragio, pero, algo mutó.
Hoy las arrugas de mi cara están escritas a mano, todas y cada una tienen su historia labrada con sal. Verme al espejo es un recordatorio de que las guerras se libran con dolor, sin la certeza de salir intacto como cuando niño. Las peores cicatrices las deja el desamor.
Mientras, Efraín, mi waka sensei, indudablemente sigue siendo un Peter Pan de cincuenta años que blande su sable de goma gracias al síndrome de Asperger, una bella forma de rebelarse, no adaptándose como cualquier ordinario a la vida. Eludir el invierno tras una coraza de adinamia expresiva.
Aprendí desde aquel día, que el desengaño tiene por lo regular apariencia bella, y llega de la mano de la adultez al cerrarse la brecha en el tiempo que un día abrió la ilusión de la simplicidad.
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El autor nació en Acámbaro, Guanajuato, en 1973. Fue ganador del XV Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia con la novela Feralis, publicada por editorial La Rana (2013) y Ediciones Oblicuas de Barcelona, España (2014). Su obra ha sido también acogida en libros y revistas literarias. Entre los más destacados se encuentra Alebrije de Palabras (2013), Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.









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