Verónica Soriano Marín
Definitivamente no estábamos en México, todo era distinto, la gente, los diálogos, cómo se trataban unos con otros, las fachadas de las casas, el clima.
Todo a mi alrededor estaba fuera lugar. Respiraba un aire tibio y cálido. Era la media tarde y caminábamos entre las calles, zigzagueando en un tenue compás en medio de tanta gente.
Había mucho movimiento: personas hablando, vendiendo y comprando cosas, todo el mundo se movía y yo estaba congelada en medio de todo ese caos. Las fachadas captaban toda mi atención, me hacían sentir cierto aire de hogar, pero era evidente que yo era una extraña en medio de todos esos conocidos entre sí. Yo hablaba distinto, lucía distinto, caminaba distinto. Sin embargo, me sentía como en casa.
Me llamaba mucho la atención la forma que tenían las fachadas de las construcciones, coloniales, muy similares a las que he visto en casa, pero a la vez tan nuevas y con un toque que las hacía lucir distintas. Todo era hermoso, había árboles, gente, niños, frutas, flores. Un aroma húmedo y cálido de media tarde.
Nuestro andar era maravilloso, no había nada que me preocupara más que disfrutar de esa vista excepcional y, por supuesto, de tu compañía. Reíamos y me dejaba guiar por tu andar, perdidos en una ruta que ibas definiendo al caminar, pero eso no nos preocupaba, sólo queríamos dejarnos llevar, perdernos en el momento, inolvidable.
Nos detuvimos en una esquina. Me llamó la atención una fachada amarilla con bordes blancos. Se veía tan colonial y tan “Puebla”… De pronto pensé: “¿Por qué no me has tomado de la mano?” y volteé a verte. Solamente sonreíste y seguiste caminando… y yo detrás de ti. Quise detenerte, quise hablar pero tuve la conciencia de que no había diálogos ni palabras. Así que sólo te seguí… vi que pasaste por un puesto de frutas y acariciaste un racimo de plátanos; debo confesar que sentí un poco de celos. Hice lo propio y los acaricié también; cerré los ojos y percibí su aroma, era tan dulce que casi pude sentir tus dedos que recién habían pasado por ahí… Al abrirlos, me veías y sonreías. Hiciste un ademán con la cabeza para invitarme a continuar, y lo hice. Pensaba: “Sólo déjate llevar”, y sonreía, te sonreía y me sonreías… te veías tan seguro y tan contento.
No podía dejar de pensar: “¿Por qué así? Estamos aquí, estamos finalmente juntos. Ya no pienses… continúa…” Seguimos recorriendo calles y vi cómo te detuviste a saludar a alguien de la mano. No pude dejar de sentir un poco de indignación, pero no quise discutirlo; me sentía contenta, estabas finalmente junto a mí, sólo quería disfrutarlo, disfrutarte. Continuaste, y yo contigo. Íbamos lado a lado, me señalabas cosas y sólo me detenía a admirarlas, te parabas a mi lado y sentía cómo las admirabas junto conmigo, como si fuera la primera vez. La sensación era única… incomparable.
Atravesamos un parque, había muchos árboles, mucha gente, niños corriendo, aves volando, mucho movimiento y nosotros caminando como en cámara lenta, tratando de no perdernos el rastro. Caminabas delante de mí y me sonreías, como si estuviéramos unidos sólo por esa sonrisa, como si fuera lo único que nos mantuviera juntos, atados.
Al terminar de cruzar el parque te metiste en una tiendita. Sentí miedo de perder tu rastro y fui corriendo detrás de ti. Al entrar hablabas con una señora, con tu increíblemente bello e inconfundible acento. Mis ojos no podían creer lo que mis oídos escuchaban. Te miré con los ojos bien abiertos y sólo sonreíste, le pediste a la señora varias cosas y sentí esa mirada que decía claramente: “Sí, vamos a cocinar”. Me emocioné tanto que no pude más que sonreír con sumo entusiasmo, no podía esperar más…
Me puse a curiosear por ahí, había cosas conocidas pero también había muchas otras que no había visto nunca antes en mi vida, y eso me llamaba la atención. De pronto te sentí detrás de mí, rozaste mi brazo con tus dedos y mientras volteaba sentí tus manos sobre mi rostro; simplemente me tomaste por sorpresa en un cálido y afable beso tan interminable, intenso y apasionado que no lo podía creer; puse mis manos sobre las tuyas y me acerqué a ti: no quería separarme. Fue tan inmenso, tan eterno, tan tú.









No Comments