Juan Daniel Flores
Los ojos del holandés describían la noche estrellada del centro de París en una postal de la siguiente manera: “Los cafés estaban repletos de gente que tomaba su café con leche con media luna, y los comerciantes empezaban a abrir las puertas de sus negocios para las actividades del día.” Una vigorosa vida comercial asomándose en una taza de café. ¡Qué caray! Qué importa si era el corazón de Europa a finales del XIX. Qué importaba el nombre. El café como un espacio de encuentro y de placer.
Por cierto, recuerdo un café bar muy especial. No era el de la Rue Montmartre de Van Gogh. Ese café, café bar, tenía una peculiaridad: la litografía de unos gatos sentados alrededor de una mesa jugando cartas y dominó. Unos bebiendo, otros charlando, uno más por ahí enamorando a una gata de ojos somnolientos, pero atenta al gato. ¡Bendito sea el carabas de los gatos de bar y sin bandera!
Cada uno de esos gatos era distinto. Sus colores, formas y movimientos alrededor de la mesa, todos vestidos de manera distinta. El humo del cigarro de al menos dos se mezclaba con el color amarillo de una lámpara colgante. Seguramente era de noche ¿Cómo se llevarán esos gatos? ¿No se habrán cansado ya de estar tanto tiempo sentados bebiendo? ¿Por qué el señor gato que está en la barra se ve aburrido mientras el gato le cuenta sus penas? ¿Ya habrán comido o sólo se la pasan bebiendo y jugando? ¿Qué están bebiendo?
Las preguntas van evaporándose entre la taza y los años cuando uno va tomando asiento en un café o en un café bar como el María Candelaria, un lugar donde tocaban son, trova clásica y música bohemia. Era un lugar maravilloso. Un bar con tapanco, fotos de músicos, sillitas de madera y baño pequeño. Don Lauro, su dueño, generalmente estaba sentado en el balcón, un tanto adusto, a veces fumando. Todo en el lugar era madera, tabaco y canciones. Dos gatos ahora en la mesa de arriba. Ella pedía un Hornitos reposado, derecho con sal y limón; el gato parroquiano pedía un Havana, una de Sabina y “no seas gacho, después la de Vaivén de Lalo Bermúdez”.
Entonces el bar café no olía a identidad obligada, ni tenían esa fuerte arritmia de la competencia mercantil. Pienso que para nosotros, la generación eslabón, los bares (cafés-bar, bar o sepa la bola) eran más bien la otra casa; claro, con alcohol, café y música sin comerciales.
Se trataba de servir de refugio para los malheridos por la rutina, de hacerla de alcahuetes del guiño o de dejarse beber por dos expresso y un vodka.
Así, de esa manera, de café en café, de bar en bar, apareció el Yolixpa y también El Creciente. Quizás fue la primera vez que escuchaba que a un bar con papitas baratas, chelas y una piezezota oscura se le llamara centro cultural. Quizá es que nos habíamos acostumbrado a ser delicatessen en el Barrio del Artista o en el Teorema, entre libros y mesitas coquetas.
En El Creciente escuche al Mastuerzo, al rupestre Armando Rosas, al tarado del Nono y una vez que no había ni un alma la persona de la barra puso en el sonido a Real de 14. ¡Qué maravilloso! Pienso que Rockdrigo estaría fascinado con un lugar así, sin tanto adorno. No ha habido, creo yo, en todo el centro otro lugar con esas características de comunalidad, música alternativa y cueva. Quizá lo intentó el Luna Negra o La Espiral 7. Lo mejor era el Yolixpa. Ahora que lo recuerdo, fue allí en El Creciente, en la noche en que se presentaba Paco Barrios y justo cuando se reventaba Te sientes la mamá de Tarzán (harto de que se la pidiera por séptima ocasión) me queme el dedo medio pensando que era el cigarro. Bien que recuerdo que ni la pensé: me fui hasta la cocina a echarme aceite en toda la mano. Ni quien me detuviera. Se vivía la bonita experiencia de la anarquía en el bar o del derecho a la ciudad del que habla David Harvey.
Me pregunto si cuando D. Harvey habla del derecho a la ciudad como un derecho a reconstruir y recrear la ciudad como un cuerpo político socialista totalmente diferente, pensó en los bares.
Justo ahí, delante de este sensacional centro de la medicina del corazón, en la 11 Oriente, estaba un lugar pequeño y muy hogareño: El Cafetti. Su decoración era de sillones y una lámpara en la esquina. Justo ahí fue donde un café, un vinito y mi salario de maestro particular acompañaron la presencia de un grande: Don Renato Pura Facha.
Para ese tiempo los cafés-bar como El Macondo ya eran escenarios de inolvidables como Don Renato, Camarillo y Guzmán, Alejandro Meneses, Sandra Galina y su pequeño hijo Asaf, Díaz Caíto o el mismo José Suárez Donoso, entre otros, le dieron un sabor diferente a la bohemia poblanuche. Se convirtieron de alguna manera en cafés con piquete. Antes, mucho antes de que los poetas se llamaran poetas, antes de que los artistas se llamaran artistas y de que los bares se llamaran centros culturales.
Miro a los gatos, todos alrededor de una mesa, todos diferentes, alrededor del juego, en torno a la palabra, la copa, el desmadre y el juego. El chacoteo gestionando el vicio, maullando por instinto y sin poses, agitando las carcajadas y las tristezas. Ignorándonos a todos. Jodiéndonos otra vez, divagando…
Al final un café, un bar, es también un espacio de locuras. Un lugar lejos de ideologías, de esnobismo o de dialécticas perfumadas. Al final un bar o un café es un lugar de encuentro, sin marcas, sin banderas y sin dueño.
porque sólo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.









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