Roberto Martínez Garcilazo
En contraste con el espíritu de su obra, particularmente del capítulo “De la nada y los dolores de la vida”, del libro El mundo como voluntad y como representación (MVR), Schopenhauer escribió las líneas generales de una eudemonología o eudemónica; Doctrina de la felicidad o, en términos vulgares, un El arte de ser feliz. Esta contradicción es del mismo género que aquella del Cioran, elocuente apologeta del suicidio, preocupado por sus citas con el cardiólogo.
Cómo es posible que un pesimista radical, Schopenhauer, pueda ser el autor de dos obras tan distantes, enfrentadas, inconciliables. Entre el sistema filosófico y la sabiduría práctica oscila el pensador.
La desesperanza y las reglas de prudencia se hermanan, en Schopenhauer, para hacer posible el placer de la contemplación. Es una suerte de ebriedad del pensamiento creativo. Un epicúreo del siglo XIX que se plantea como finalidad vital la consecución de la ausencia del dolor. La filosofía es entonces un ejercicio intelectual (espiritual, diría Ignacio de Loyola, si de catolicismo estuviéramos hablando) que construye una determinada forma de existencia que permita la salvación personal, la cura de esa patología que es el apego a la vida y la sobrevaloración de sus manifestaciones:
La voluntad, saliendo de la noche de la inconciencia para despertar a la vida, se encuentra transportada a un mundo, sin límites ni fin, poblado de innumerables individuos, todos llenos de aspiraciones, sujetos a dolores y errores, y después de haber pasado como por un ensueño penoso, corre a sumergirse de nuevo en su antigua inconciencia. Pero hasta entonces sus deseos son ilimitados, sus pretensiones inagotables; todo anhelo satisfecho engendra una nueva aspiración. No hay satisfacción en el mundo que baste a hartar su codicia, a poner término a sus exigencias, a colmar el abismo sin fondo del corazón (MVR).
La concepción negativa de la felicidad, la ausencia de dolor, que desarrolla en su eudemonología, está fincada en la anulación de la voluntad como deseo de placeres.
El prudente no aspira al placer sino a la ausencia de dolor, escribió Aristóteles en su Ética a Nicómaco, en el siglo IV antes de Cristo. Veintitrés siglos después el filósofo pesimista actualizó la tradición.
La eudemonología de Schopenhauer es deudora del Oráculo manual de Gracián. Tanto éste como aquélla contienen el mismo número de sentencias: 50. Amén de la documentada admiración del alemán por el jesuita español.
Leamos.
Regla Número Uno:
Todos hemos nacido en Arcadia, es decir, entramos en el mundo llenos de aspiraciones a la felicidad y al goce y conservamos la insensata esperanza de realizarlas, hasta que el destino nos atrapa rudamente y nos muestra que nada es nuestro, sino que todo es suyo, puesto que no sólo tiene un derecho indiscutible sobre todas nuestras posesiones, sino además sobre los brazos y las piernas, los ojos y las orejas, hasta sobre la nariz en medio de la cara. Luego viene la experiencia y nos enseña que la felicidad y el goce son puras quimeras que nos muestran una ilusión en las lejanías, mientras que el sufrimiento y el dolor son reales, que se manifiestan a sí mismos inmediatamente sin necesitar la ilusión y la esperanza. Si esta enseñanza trae frutos, entonces cesamos de buscar felicidad y goce y sólo procuramos escapar en lo posible al dolor y al sufrimiento. “El prudente no aspira al placer, sino a la ausencia de dolor” (Aristóteles, Ética a Nicómaco). Reconocemos que lo mejor que se puede encontrar en el mundo es un presente indoloro, tranquilo y soportable: si lo alcanzamos, sabemos apreciarlo y nos guardamos mucho de estropearlo con un anhelo incesante de alegrías imaginarias o con angustiadas preocupaciones cara a un futuro siempre incierto que, por mucho que luchemos, no deja de estar en manos del destino. Acerca de ello: ¿por qué habría de ser necio procurar en todo momento que se disfrute en lo posible del presente como lo único seguro, puesto que toda la vida no es más que un trozo algo más largo del presente y como tal totalmente pasajera?
Es, como puede verse, una adaptación, reducción del horizonte de expectativas, del grandilocuente firmamento del romanticismo, porque todo en la vida anuncia que la felicidad terrena es imposible, o, que está condenada al aniquilamiento. Otro asunto, simple curiosidad, es la diferencia de conceptos sobre el “presente” en el texto arriba citado, por una parte, y en el capítulo “De la nada y los dolores de la vida”. En este último escribe Schopenhauer:
La dicha se nos aparece siempre colocada en lo porvenir o en lo pasado, y lo presente es como una nubecilla sombría que el viento empuja por encima de la llanura iluminada por el sol; delante y detrás todo resplandece de luz; sólo el presente permanece envuelto en la sombra.
Aquí (1819) el presente es volátil oscuridad: allá (1828), el presente es seguro, tangible, significativo. Nueve años separan una afirmación de otra, es tiempo suficiente para aprender.
En otro ámbito de ideas, es interesante la coincidencia de asuntos expresiones entre la alta meditación filosófica de Schopenhauer y el célebre texto de autoayuda denominado Oración de la serenidad:
Regla número 6
Hacer con buena voluntad lo que se puede y tener la voluntad de soportar el sufrimiento inevitable. (“Debemos vivir no como queremos, sino como podemos”, Gnomici poetae Graeci).
Sin embargo, siempre estaremos en las manos del destino.









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