Jesús Bonilla Fernández
La muerte, pasado y futuro que se consumen en el presente, es tiempo.
El gran asunto de las religiones, la historia, la literatura, la metafísica e incluso de las ciencias que tratan lo tangible: la física, la astronomía, la química, la biología.
Es el pretexto de la vida, de alguna soterrada manera, el argumento de los sueños.
Es principio y fin del amor y su vanidad, el sexo vano.
La muerte es el humus de la civilización y la cultura.
Sobre los huesos de nuestros muertos nacen no sólo el césped y las sierpes, sino la arquitectura, la poesía, la música, la danza, la gastronomía.
Escribo estas mortales palabras en el octavo aniversario de la muerte de mi madre, viva en el solaris de mi mente.
La muerte tiene estrategias para acercarse a cada uno de nosotros, aun los más desprevenidos, de tal manera que cuando “nos toca” la aceptamos, porque nos seduce y conquista suavemente. Antes, por supuesto, la presentimos (supongo que aprendemos a hacerlo).
Vivo desde pequeño cerca de un panteón, tengo vivo en la memoria de mi olfato el incienso quemado durante días, confundido con los aromas pútridos de otoño, estación mental, desquicio del verano y también para mí, anuncio del fin.
La luminosidad del cielo azul —ese azul único, magnífico entre millones de azules: límpido— se confunde con la persistencia del frío aire y la intensidad del cenpoazúchil y las largas letanías de los curas a través de la gangosa afectación de deficientes aparatos de sonido.
En mi imago existe la conversación de algunos niños sorprendidos por el descubrimiento de lo contingente. En el pasto y en el granito se suceden las muertes de mi padre, mi padrino, mis tías abuelas y otros familiares —aún muy pocos amigos—, hasta llegar a la más dolorosa, la de mi madre. Sucede la vida: el llanto, la risa, el llanto, la risa… Sucede el anonimato nocturno de los cadáveres en busca del anfiteatro municipal, los filosos escalpelos de médicos legistas y la avidez de destazadores y estudiantes de medicina.
Pero sería injusto omitir, respecto a la muerte, la presencia de mi prima Margarita en el panteón, sus piernas largas e inmortales envueltas en seda negra, su cuerpo cubierto con la breve falda también negra y la blusa también de seda negra, tocado en la cabeza con el sombrero, el rostro cubierto con su velo en el entierro, negros.
La sonrisa de ella, quien aún vive, más que bálsamo, era la punzada de la vida, la carcajada de una calavera, más emotiva que cualquier otro imponderable. Me explico el hecho —o pretendo hacerlo, pues aún lo deletreo en el paladar— porque el imperio de la calavera en México no ha sido perturbado, como bien dice Francisco González Crussí, el excelente patólogo y ensayista.
Quisiera comentar algo más allá. Al juzgar la muerte de Sócrates, Michel de Montaigne escribió que no había nada más ilustre en la vida del filósofo que los treinta días enteros que rumió su condena, digerirla ese tiempo con certeza y sin emoción, sin alterarse, comportándose “de manera más bien sencilla e indolente que tensa y elevada, por el peso de la meditación”.
Sin embargo, para el irreverente Piliph Kerr, el asunto debió ocurrir de la siguiente manera: ciertamente a Sócrates lo condenaron a muerte por corromper a los jóvenes de Atenas, y la tradición establece que lo obligaron a tomar cicuta, veneno pariente del perejil. Se pregunta entonces cómo haces para obligar a alguien a envenenarse por propia voluntad. “No, él se sentó con unos cuantos amigos y se lo bebió él mismo.”
Se responde: “Bueno, mira, pues resulta que aquellos antiguos griegos —los muy cabrones— te daban una alternativa a que te envenenaras tú mismo. ¿Sabes cuál era? Un tío venía y te torturaba hasta la muerte. Lo hacía de la siguiente manera: te ataba y te daba alguna clase de droga para que se te relajara el culo. Amilnitrato o su equivalente antiguo, lo más probable… Cuando el torturador pensaba que ya estabas preparado, te metía todo el brazo por el ojete, al estilo de Robert Mapplethorpe, y seguía para arriba hasta que te agarraba el corazón. Cuando lo hacía —y ésa era la parte más exquisita de la tortura— iba estrujándolo lentamente como si fuera una esponja o algo así… Los verdaderos expertos podían hacerlo durar un rato, como los amantes experimentados. Y eso, eso era la alternativa al veneno… No es de extrañar que el viejo Sócrates decidiera hacer mutis por sí mismo, ¿eh?
Como sea que parezca que el ensayista Michel de Montaigne está muerto o ha perdido actualidad, algunas de sus fabulosas inconstancias perduran de quien deseaba ser hallado por la muerte sembrando coles, “mas indiferente a ella y más aún a mi imperfecto jardín”. Al alma es necesario educarla contra esta poderosa adversaria, escribe en su celebérrimo ensayo “De cómo el filosofar es aprender a morir”.
“La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. El que aprende a morir, aprende a no servir. El saber morir nos libera de toda atadura o coacción. No existe mal alguno para aquél que ha comprendido que no es un mal la pérdida de la vida. Pablo Emilio contestó al enviado de aquel mísero rey de Macedonia, prisionero suyo, que le rogaba que no le llevase con él en su triunfo: hágase el ruego a sí mismo”.
La muerte es pretexto, argumento y destino de todos los ensayos, incluso éste que pergeño, en ausencia de la calaca riente de mi prima. Sabiduría y discernimiento contra el temor de morir: ensayar —Cicerón decía filosofar— es prepararse a morir.
María Zambrano escribió que el Ars Moriendi de Séneca —quien se cortó las venas por orden del emperador, pero “dilató hasta el último el espacio de su vida y el disfrute de sus goces”— es el arte de matar el tiempo y aceptar la muerte, es decir, matarla mientras nos devora.
Inquiere el estoico: “cuánto tiempo te han quitado el vano dolor, la ignorante alegría, la hambrienta codicia y la entretenida conversación: y viendo lo poco que a ti te has dejado de ti, juzgarás que mueres malogrado”.
Post scriptum
In memoriam
Mi hermano mayor murió a sus cincuenta y siete años, y me parece que soportó sus últimos días, su dolor sobre todo, con valentía, mientras su menguado cuerpo mantenía una lucha agonal contra la nada, como sólo puede hacerlo un terco, y con terquedad, como sólo lo hace alguien que ignora que la muerte nos alcanza cuando hemos cumplido nuestra tarea, la cual, para completarla nacimos.
Es cierto que desconozco ese destino, el mío y el de los demás, pero debo quitarme el sombrero ante las maneras de la vida para hacernos menos que nada, antes de nada.
Octubre de 2002
ALCOHOLES
Siento la muerte que me aprieta sin pausa la garganta o los riñones. Pero yo estoy hecho de otro modo: para mí es una por todas partes. Montaigne
Todo hombre contempla su condición humana con cierto grado de melancolía. Como el barco encallado que sufre el embate de las olas, el hombre, prisionero de su vida mortal, permanece a merced de los acontecimientos venideros. Emerson









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