Pablo Manuel Rojas Aguilar
El viejo Borges yacía
melancólico en Ginebra
sus ojos ciegos querían
vislumbrar la luna llena.
Mírala, mírala bien, María,
esta luna es tu imagen.
De tierna manera decía
a su esposa en el parque.
De pronto la Calavera
que en tierras suizas andaba
se interesó de veras
por el ciego autor de la pampa.
¿Qué más de la Luna cantas
infinito autor argentino?
Cuéntame más sobre cuántas
más lunas has conocido.
“Aquellas que me fueron dadas
no pueden compararse
con las del verso de plata
o de las lunas de sangre”.
“Luna sangrienta de Quevedo
o las otras de Pitágoras
donde leía su reflejo
Homero en las noches mágicas”.
La Catrina sorprendida
por la elocuencia del bardo
solicitó en seguida
que la acompañara un rato.
Te voy a llevar a un sitio
donde pueda escucharte
para entretener mi camino
mientras nos hacemos cuates.
¿Acaso quieres matarme
y encarnarme tu hoz?
Querida muerte ambulante
se te olvida quién soy.
¿Que tus ojos no tendré
dices con tal profusión?
No se te olvide compadre
que la Catrina soy yo.
No vaya, Tilica, a ofenderse
ni vaya a hacerme bullicio
pero no existe la muerte
no es más que un artificio.
Un artificio creado
por el inexistente tiempo
con el que Dios nos ha dado
una muestra de lo eterno.
Luis Borges siguió hablando
la Garbancera ni lo peló
pues ya no era necesario
ya lo arrastraba al panteón.
Bajo la tierra ahora yace
el escritor infinito.
¡Que en su laberinto descanse
y que se expanda su mito!









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