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Borges, el amor no correspondido

· agosto 21, 2020

Maritza Flores Hernández

 

Jorge Luis Borges, famoso escritor por sus obras de ficción donde la realidad juega con ambientes enrarecidos por el tiempo, el espacio y la metafísica, incluyó en su imaginario el amor, pero no de cualquier tipo, sino uno especial.

Uno, cuya ausencia se ahonda con cada cosa que en el mundo cambia.

El protagonista de su famoso cuento “El Alpeh”, tras la muerte de Beatriz, narra:

 

(…) noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación (…)

 

Es decir, él había desarrollado por la mujer amada un sentimiento de veneración que a ella le causaba enojo, fastidio. Como lo sugiere, la dama lo rechazó y realizó toda suerte de actos que lo denigraron, al denostar la ternura prístina y limpia con que la aprisionaba en su noble corazón.

Él encontró en el objeto de su obsesión romántica, Beatriz, algo más que un simple desdén. Ella es, ante todo, el recipiente de su poder sobre el mundo e, inexplicablemente, el motivo de su existencia.

No había nada ni nadie capaz de modificarlo, porque su fidelidad amorosa era superior a cualquier conocimiento universal; incluso, el que esta mujer pudiera tener.

Él persitirá en seguirla, conservarla y reverenciarla, afligido por el incomprensible olvido al que es condenada por el resto de los seres.

Refiere cómo, a partir de 1929, cada 30 de abril (día del nacimiento de la amada) se apersona en la casa que fuera de ella. Carlos Argentino Daneri, el primo de Beatriz, siempre lo acogió. El personaje principal del cuento sostiene que: “(…) Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri (…)”

Y sin que vuelva a mencionar que las finas manos de Carlos le recuerdan a las de su idolatrada, relata la manía que el primo padeció por Paul Fort, poeta que suponía la gloria de Francia, superior a cualquier otro, especialmente al narrador.

De la misma manera, sintetiza las sapientísimas pláticas que sostuvo con Carlos Argentino hasta 1941, año en que lo alienta a escribir sobre sus magnificas ideas, sin calcular que en ese momento se las entregaría en la forma de un larguísimo poema, para que lo revisara y diera su opinión; la que, desde luego, no podía ser menos que halagando los sublimes versos que lo componían.

Dos domingos después, se reunieron en un salón-bar con el propósito de que el eterno enamorado quedara comprometido a promover la obra poética de Carlos ante el encumbrado literato, Alvaro Melián Lafinur. Planteándose a sí mismo dos opciones: hacerlo o no hacerlo.

Para octubre, Carlos Argentino lo convoca nuevamente, pues el inmueble donde vivía desde su infancia, el que habitó Beatriz, el que implicaba el refugio del amor infinito por ella, sería destruido.

Es entonces cuando lo convida a pasar al sótano del comedor y desvela, ante sus ojos, el Alpeh.

Según Carlos Argentino es: “(…) el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! (…)”

Imaginar el Alpeh no es suficiente. Pensar en el poder de cincelar en lámina eterna el poema, tampoco. Hallar el Aleph “(…) donde están (…) todos los lugares del orbe (…)”, obliga al narrador-poeta a aceptar el reto.

A sus 40 años, siguiendo las instrucciones dadas por Carlos —quien le aseguró que podría ver las imágenes de Beatriz—, desciende a la oscuridad de la bóveda.

Una vez que ocupó el lugar y la posición ordenadas para tener acceso al gran suceso, esperó. Por un momento, llegó a pensar que se trataba de una locura. Pero el milagro ocurrió: vió al Aleph.

La cantidad de imágenes del pasado, presente y futuro que describe, requieren que cada lector las lea por sí mismo. Sin embargo, conviene señalar las siguientes:

 

(…) un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, íncreibles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo (…)

 

Así obtuvo la consciencia del auténtico carácter de la gentil Beatriz —quien lo había repudiado, casado con otro y, luego, divorciado; negándole la oportunidad de ser algo más que un conocido o un amigo.

La misma que no dudó en exihibir la lujuria incontrolable que le provocaba el insípido Carlos Argentino. Tampoco le tembló la mano para mostrarse impúdica ante él (que recordemos, además, era su primo).

Fue un duro golpe para el perpetuo pretendiente darse cuenta de la relación que debieron sostener Beatriz y Carlos.

En fin, su amor “unilateral” chocaba con las querencias y deseos de la noble mujer. Y a pesar de esto, siguió considerando como sagrado todo lo que participaba de ella. Por eso sus despojos eran reliquías. Y al mismo tiempo, de manera absurda, también la tuvo como mala e inhumana. Así la ponderó, bajo el “adorado monumento”, en el cementerio de la Chacarita.

Aunque, Carlos ansioso, le preguntó: “(…) ¿Lo viste todo bien, en colores? (…)”

El narrador-poeta se negó a discutir el tema del Aleph, le sugirió que derrumbaran la casa y que marchara al campo.

Es indudable: esos momentos deberían haber servido a los involucrados para detenerse y reflexionar sobre la naturaleza humana, su origen, pasado, futuro y sus contradicciones. Pero no fue así.

Después luego, nadie está obligado a ello. Más aún, no hay nada más paradójico y ridículo que el amor no correspondido. Ya que por él se es capaz de ignorar el presente, las necesidades de la persona, tolerar toda clase de ofensas o creer que éstas existieron. Por ejemplo, que Beatriz prefiriera casarse con otro, divorciarse y seguir su vida, antes que soportar el empeño del protagonista, quien de algún modo la tortura sin cesar, aún después de la muerte.

El hechizante Alpeh es compartido por el cronista con todo aquel que lea el cuento homónimo del argentino Jorge Luis Borges.

Y éste, a su vez, nos permite hablar de las ideas extrañas, irracionales y temporales con las que el individuo se entretiene, hasta que descubre el milagro que guarda el sótano de la casa de Beatriz.

Si conoce a alguien que ha sufrido un amor no correspondido, por favor, particípele de esta historia.

 

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