Alexia Stuebing
Que otros se jacten de las páginas que han escrito,
a mí me enorgullecen las que he leído. Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges: cuentista y ensayista argentino, literato con tintes de lingüista que a lo largo de sus textos nos ha abierto los ojos ante un mundo consciente de la literatura y el lenguaje. Su humor es ácido para muchos, considerado hasta de mal gusto por la confusión que genera; caracterizado por su escritura para sí mismo, y también un tanto por su arrogancia, que no le quitan mérito al gran hito que representa en las letras tanto latinoamericanas como globales.
Escribe “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento que narra el trascender de la ficción a la realidad de una enciclopedia fantasma, misma que resulta ser el gran símil de la Biblia para una secta secreta. Bajo la verdad lógico-aristotélica, Tlön es tan sólo el hilo conductor de un cuento; sin embargo, en el marco de la verdad ontológica, dentro del contexto literario, es factible que exista o haya existido tal élite que ideará dichas enciclopedias.
Este cuento es útil para demostrar cómo el lenguaje es el vehículo que nos mueve por nuestro haber, con el que vivimos nuestra cualidad humana y con el que creamos al mundo. Lo que quiere decir que, leyendo sobre Tlön, creamos Tlön. Así como sólo leyendo sobre Francia aseguramos y nos apropiamos de algún modo de su existencia, sin reparar siquiera en que todo pudiera tratarse de una conspiración bien fundamentada: somos inocentes lectores que recaen en la paradoja.
Con “Tlön…” Borges refleja la importancia del autor y el lector como una conexión intrínseca que es imposible sin ambas partes. Encontramos de igual modo el dasein del que habla Heidegger, siendo en este caso el lector mismo: aquel ser que es capaz de interpretar el ser de las cosas y el ser de sí mismo, siendo consciente de sí mismo mientras lee a alguien más.
En cuanto caemos en la conciencia de nosotros mismos todo cambia y a la vez permanece igual. Octavio Paz recitó: “la poesía se dice y se oye: es real, y apenas digo es real, se disipa”; lo mismo sucede en el mundo paralelo de las letras. Ricardo Piglia lo traduce así: mientras leemos el mundo sigue a nuestro alrededor (El último lector), nuestra física continúa, pero nosotros no estamos en ella, estamos leyendo, somos la lectura (Sartre).
Por otro lado, tenemos “Pierre Menard, autor del Quijote”, cuento que recrea la crítica a un escritor inexistente que presuntamente fue capaz de escribir varios fragmentos de la obra maestra de Cervantes sin plagiarlos. Lo que Borges busca decirnos es que si Menard hubiese sido inmortal hubiese terminado de Quijote sin plagiarlo de ningún modo. Lo que importa ahora no es el sentido, sino cómo se llega a este sentido; probablemente lo hubiese escrito, pero siendo otro Quijote.
Si recordamos a Jung y su inconsciente colectivo reafirmamos la idea de un Quijote original y un otro Quijote; al estar todos inmersos en una gran psique que escapa a la razón pura, es posible llegar a ambos Quijotes. Tanto para Borges como para Jung no hay como tal un plagio, puesto que no hay un original en primer lugar: alguien pudo haber escrito el Quijote antes que Cervantes, o haber pensado en él sin necesariamente plagiarlo. Aun siendo en apariencia el mismo texto, palabra por palabra, letra por letra, no sería el mismo texto. El contexto en el que se escribe y vive sería distinto.
Digamos que abrimos un libro, sea cual sea; digamos que todos tuviésemos una copia del mismo ejemplar o estuviésemos leyendo todos a la par en una misma página: la interpretación que tendríamos al final sería completamente distinta para cada quien. La percepción que tenemos de las cosas se asocia también a un colectivo personal de experiencias previas, de otros textos, mismos que remiten a otros, y éstos a su vez a otros y a otros; y es aquí donde la palabreja intertextualidad comienza a cobrar un sentido mucho más palpable.
Ahora bien, entramos en una contradicción al decir que la obra puede ser escrita bajo el concepto de un colectivo imaginario y a la vez ser leída en la perspectiva de cada cual. Sin embargo, no somos uno solo, somos un Yo y un Nosotros simultáneos, somos seres capaces de salir del Yo, estar presentes en el Nosotros, salir del Nosotros y entrar al Yo, o estar en ambos a la vez.
El devenir del Quijote lo convierte en una obra única para todo el mundo, así como “uno nunca se baña en el mismo río”, nunca leemos el mismo Quijote, ni siquiera leyendo el mismo párrafo. Es lo que intenta decirnos Borges con su humor sarcástico al comparar un fragmento idéntico de la obra de Menard y de Cervantes. Aparentemente, y de hecho literalmente, son el mismo texto, hasta puntos y comas; sólo que el crítico que narra el cuento describe a uno como un erudito de su época y a otro como un retrógrada, todo debido al contexto de ambos.
Contemplando las letras de Cervantes y las de Menard, podemos distinguirlas, como lo hace el crítico, a través de la fusión horizóntica en ambos: la producción de ambos cambia radicalmente, uno vive en una época donde la literatura tiene apenas unas cuantas plumas y todavía menos lectores; el otro está presente en un estilo de vida moderno, con un auge lector que va en ascenso, con un público mucho más amplio y consciente. De algún modo, ambos llegan a un mismo horizonte textual, en apariencia, puesto que todo cambia en la recepción de cada lector; en el mismo lector si lo vemos de un modo muy estricto. En cada mente el horizonte receptivo será irrepetible.
Algo peculiar de este escrito es que está hecho en un modelo académico, en un formato con referencias, citas, notas al pie de página, aunque realmente se trata de pura ficción, pues no existió siquiera un Pierre Menard: nos dejamos engañar ante la primera impresión que brinda la parafernalia metódica, y terminamos por leer mal.
Para Borges todo debería ser leído como ficción, por eso en sus cuentos hay una línea muy delgada entre el humor y una suerte de erudición pretenciosa; a él le interesaba leer más allá de las palabras. Ricardo Piglia lo expresa bien con su idea de que “el libro es un objeto transaccional, una superficie donde se desplazan las interpretaciones” (El último lector).
“La Biblioteca de Babel” relata un punto de vista analógico para el universo; así lo expresa Borges al principio. Ésta (la Biblioteca) se vuelve una tradición, en el término que Gadamer acuña, ya que este monstruo de libros infinitos está en un constante diálogo con nuestra esencia, y a su vez está en un continuo cambio de horizontes. Aquel que vive en la Biblioteca —es decir, nosotros— es capaz de interactuar con la tradición, ser consciente de esto y de convertirse en hermeneuta, como lo es Borges, al ser/autor de este cuento.
No hay buenas ni malas lecturas, sólo aproximaciones. Lo mismo pasa con la verdad, como dice Nietzche: “No hay verdad sino interpretaciones de ella.” No hay una sola Biblioteca: en cada lector cobra un sentido distinto y eso es lo que a la hermenéutica le interesa: no el sentido que vaya a tener, sino la variedad y el camino a éste.
Piglia lo simplifica diciendo: “donde todo está escrito, sólo se puede releer, leer de otro modo”. Leer mal es parte de nuestra naturaleza humana. El universo borgeano se presta mucho a este tipo de lecturas, las apoya y alienta. Leemos mal, reescribimos bajo nuestras vivencias, y al final cada quien entiende lo que quiere, al más puro estilo borgeano.









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