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Billie Holiday-Lady Day

· abril 8, 2015

Ralph J. Gleason

 

“Conseguí mi estilo de Bessie Smith y Louis Armstrong, querido. De ella los sentimientos, de Louis la forma.

Así describió Billie Holiday su canto y siguió repitiendo esto, de una u otra forma, cada vez que se lo preguntaban, cosa que hicieron bastante. El estilo de Billie Holiday es una de las cosas más únicas y personales de toda la música de jazz.

Es lo que la historia recordará de ella, sólidamente confirmado por la indebatible evidencia de sus discos. Fue una cantante de jazz, la más grande voz femenina del jazz de todos los tiempos, una gran intérprete, una gran actriz y la creadora de un estilo que, en su línea propia, es tan único e importante dentro del jazz como el de Louis Armstrong, Charlie Parker y Lester Young. El hecho permanece, después de tantas historias sensacionales sobre su desgraciada estrella, su vida autodestructiva, porque hizo lo que ninguna mujer había alcanzado en jazz. Hoy, si eres mujer y cantas, cantas algo de Billie Holiday. No hay más remedio. Ningún vocalista está libre de su influencia. Todas las cantantes cantan algo de Billie como todos los trompetistas tocan algo de Louis. Ella escribió el manual.

La primera vez que se le pidió a alguien que describiese el estilo de Billie, fue al disc-jockey Ralph Cooper, entonces maestro de ceremonias del Apollo Theater de Nueva York. Y dijo: “No es blues, no sé lo que es, pero hay que escucharla.”

Esta descripción todavía no ha sido superada. No es blues, pero hay blues. De alguna extraña, arcana forma de embrujo, Billie hizo salir blues de todo lo que cantaba. Pero el fuerte de Billie Holiday fueron las baladas, las canciones populares. Que pudiese convertir aquellos números frecuentemente banales y generalmente triviales en algo duradero, algo artístico (muchas cantantes, cuando mucho, son artificiales) es un tributo a la forma de la que fue la voz femenina de su tiempo.

“Me han dicho que nadie canta las palabras Amor y Hambre como yo”, comentó Billie en su autobiografía, Lady Sings the Blues (la historia, trágica e intensa por el estilo en que está relatada, de la pequeña chica convertida en hip). Y debe ser verdad. Pero la forma en que Billie pronunciaba sus palabras es lo que siempre simbolizó, para mí, el papel que, para bien o para mal, tenía asignado en su vida: el símbolo sexual idealizado de una generación americana que comenzaba a reconocer lo que el jazz contenía en sí con palabrotas y todo lo demás.

Se la escucha de esta forma, repetidas veces, en sus discos, pero en ninguna parte logra el salvaje anhelo, la promesa y la presunción de “Them There Eyes” cuando suelta aquel profundo ronquido, aquel llanto magníficamente sexual: “Ahhhh, baby”. Entrar en el mundo de Billie, representa la introducción al trastorno social del siglo veinte mirado sociológicamente: baby se ha vuelto una palabra de amor en el más íntimo, quizás hasta freudiano sentido. Y Billie nació en la ciudad, fermentó en las calles, fue el símbolo de una realidad sexual que trascendió todo lo que el celuloide proponía mediante las reinas del glamour de Hollywood. Ella era real, estaba viva, podías escucharla y te hablaba con aquella voz de azufre y melaza —el compendio del sexo.

Todos los cursis y grisáceos semanarios detallaron la historia de su vida, desde su nacimiento ilegítimo, prostitución, cárcel, drogas, cárcel nuevamente y la escena final de su muerte en la cama, arrestada por narcóticos, exhalando el último suspiro en la habitación de un hospital, acosada por deudas de 750 dólares, por su pierna inútil.

Ha sido repetida una y otra vez. Por favor Dios mío, que al menos dejen sus restos en paz; ya fue suficientemente torturada en vida, en su infierno demasiado público. Déjanos tratar aquí lo que vivirá tanto como algo pueda vivir en esta cultura —su música— y olvida el resto, incluidas aquellas discusiones por todo el cementerio sobre quién pagaría su lápida funeraria. Billie no la necesita. Todos sus discos son un monumento que ninguna piedra puede igualar jamás. Toda ella está en esos álbumes, exactamente como estaba en vida; lo bueno y lo malo y lo hermoso está en sus canciones y en sus títulos y en sus letras. No os lo perdais.

La escuché decir baby una vez fuera del escenario, fuera de una canción. Sucedió doce años antes de escribir esto pero aún lo oigo. Había abierto la noche en un club nocturno de San Francisco y estaba con John Levy, su manager de entonces. Llevaba un turbante marrón, un largo abrigo de visón azul, un traje de lana verde, una camisa de crepé marrón, un collar Barrymore, pendientes de perla, un diamante Tiffanys y un reloj de platino. Había esperado que Levy saliese del club y por fin se introdujo en un coche con algunos de nosotros. Cuando llegó él, se metió equivocadamente, en el asiento delantero; ella se inclinó hacia delante y dijo: “—Baaaaaaby, ¿por qué me dejas?” En aquella línea estaba todo el patetismo de “My Man”, “Billie’s Blues” y el resto. Nos quedamos sin poder pronunciar ni una palabra y ella ni siquiera sabía lo que había hecho.

Es muy posible que Billie jamás comprendiese lo que su voz producía en la gente cuando cantaba. Carmen McRae habla vívidamente de Billie la cantante en Hear me Talkin’ to Ya, el libro de Nat Hentoff y Nat Shapiro. “—Diré de ella que canta como es. Es realmente Lady cuando la escuchas en un disco… cantando; ése es el único lugar donde puede expresarse a sí misma, de la forma que le gustaría ser todo el tiempo. Sólo es feliz a través de una canción. Sólo cuando canta consigue paz y reposo consigo misma.”

Y Bobby Tucker, su acompañante de tanto tiempo, nos dio una terrible intuición de Billie mujer. “Hay una cosa increíble de Lady, no la creerás. Tuvo un complejo de inferioridad terrible. En realidad no creía saber cantar…”

Musicalmente la misma Billie fue quien dijo las mejores cosas sobre su estilo. Primero, que se originaba en Bessie Smith y en Louis Armstrong y luego: “—No pienso que estoy cantando. Me siento como tocando una trompeta, un saxo. Trato de improvisar como Louis Armstrong o Les Young o alguien más que admire. Lo que sale es lo que siento. Odio las canciones en línea recta. Tengo que cambiar los tonos a mi propia forma de hacerla. Es todo lo que sé.”

Escuchar las actuaciones de esos álbumes, es como revivir todos los mejores años de las vidas de aquellos de nosotros que fuimos lo bastante afortunados para haberlos escuchado entonces, los recuerdos son tan fuertes que uno se enternece con algunas cosas. Primero, en términos de melodía, Billy, realmente, cambia los tonos. Lo hace, tal y como más tarde lo desarrollaría el mismo Miles Davis, como si tomara un lienzo y pintara exquisitamente sobre él. No había trampa, ni gimnasia vocal. Tal vez odiase las canciones en su forma recta, pero las cantaba casi en línea recta, apenas con un acento especial en la articulación, un fraseo y un ritmo que hacía que cada una de las palabras cobrase significado. Dichas como ella·las decía, todas las palabras cobran significado. Muchos versos dramáticos son banales en sí mismos, pero en su contexto y en su actuación cobraban significado. Hizo eso hasta con canciones pop, porque guardaban para ella el significado de un mundo que jamás conoció fuera de sus canciones.

Las pruebas son abrumadoras. La forma como dice “This year’s crop just misses” en su primer disco con Lester Young (“This Year’s Kisses”, Volumen 1, lado 2), por ejemplo, se convirtieron no en palabras sino en la expresión misma de Billie.

Otro detalle con una mirada retrospectiva: el hecho de que cantó tal y como Lester Young tocaba. Basta escuchar la forma en que entra en “Them There Eyes”. Se escucha una y otra vez: la forma en que comienza, cómo vuelve para el segundo coro o el puente, la forma en que frasea palabras multisilábicas. No es extraño que tras su primer disco con Pres, en enero de 1937 (de él es “This Year’s Kisses”), el sentimiento fuera del todo nuevo.

Musicalmente, Billie estaba en el hogar, al fin…

Para mí, de todos modos, además de la intensa evocación de recuerdos personales provocada por todas esas canciones, fue un deleite del más alto orden escuchar las tres series no publicadas antes, e incluidas aquí ahora. Son de lo mejor de Billie Holiday con la orquesta de Count Basie. Para mí, son no solamente tres de las mejores actuaciones de Billie Holiday, sino tres de los números vocales más grandes del jazz de todos los tiempos. Me siento particularmente atraído por “I Can’t Get Started”, donde Billie no solamente logra, como en sus otras dos caras con la banda de Basie, un sonido de pura, genuina alegría en la voz, sino en el segundo coro ella y Pres se recrean en lo que sólo puede definirse como un dúo sin par. Con Billie cantando y Pres hablándole con su saxo, éste debe ser clasificado como uno de los momentos más exquisitos del jazz preservados para nosotros en una grabación, cosa que debemos agradecer a John Hammond.

Los cortes de Basie y los de estudio fechados en aquel tiempo, son el fin de un periodo del sonido de Billie, si no su desarrollo.

Posteriormente tuvo muchas cosas, pero nunca otra vez, o muy raramente, aquella alegre fuerza en la voz.

Así, de una forma extraña, símbolo quizás de su vida extraña y retorcida, cuando Billy Holiday murió fue su anticlímax. Durante años, había organizado a poquitos. Podéis oír en su voz el feo sonido de la muerte, todo su camino, de nuevo, desde sus tempranos días en el Café Society. Algo que fue parte de su atractivo, como del de Les y Bird.

Bebida, droga y disipación eran sólo, en realidad, los aspectos superficiales de todo lo que andaba mal en ella. Padeció una enfermedad incurable: haber nacido negra en una sociedad blanca en la cual sólo logró ser parcialmente aceptada.

“Tendrás que conseguir algo de comer y un poco de amor en tu vida antes que puedas tener calma, gracias al maldito sermón de alguien”, escribió en su autobiografía.

Hubo bastante de comer en los años posteriores, aunque en su niñez, como un clásico delincuente juvenil, estuvo hambrienta por más que comiera. Pero el dinero jamás ayudó a Billie, ni lo hicieron los hombres. Tuvo bastante de ambos y murió sola y débil, con el cuerpo consumido por la enfermedad y la inanición deliberada, con un policía vigilando su puerta.

Toda su vida estuvo acosada por demonios. Al principio, era dueña de su tiempo y sus reacciones, y aquellos fueron los días de los grandes discos, esos clásicos del jazz vocal que comprende esta colección.

Pero Billie fue más que una cantante. Fue un mensaje social, una instrumentista de jazz, una creadora cuya actuación nunca pudo ser repetida. Lo intentó ya toda una generación de cantantes inspiradas en ella, pero ninguna llegó a sonar como Billie sonaba una noche mala. Porque hubo bastantes noches malas también. En los últimos años, su voz y su sentido del tiempo la abandonarían. En sus actuaciones en clubs nocturnos, los que la escuchábamos recordando cuando era no sólo la mejor cantante de jazz sino también una de las mujeres más hermosas e impresionantes de su generación, nos sofocábamos llorando casi al verla y escucharla tan impotentemente mal.

Al principio, en los años cubiertos por estas grabaciones, Billie Holiday fue, simplemente, la mujer más cautivadora y hermosa que jamás he visto, la cantante más emocionante y conmovedora que jamás he escuchado.

Recuerdo cuando comenzó en el Café Society, en diciembre de 1939. Su primer gran golpe en un club nocturno. Su impacto fue simplemente sorprendente: allí de pie, con la luz de un foco sobre su grande, triste y hermosa cara y una gardenia blanca en el cabello, cantó sus canciones. Y en adelante, las cantantes no volvieron a ser lo mismo.

Realmente, sólo fue feliz cantando, o así parecía. El resto del tiempo, fue menos que vivir la letra de la canción “Strange Fruit”, pendiente, no de un árbol popular, sino de la extremidad de la vida misma.

Y de la misma forma que Chaplin nunca ganó un Oscar, Billie Holiday jamás ganó una votación del Down-beat en su vida, pero para los amantes del jazz su música es inigualable y tan indispensable como la de·Louis y Duke.

El otoño anterior a su muerte, la vi rígidamente sentada en el vestíbulo del Hotel San Carlos, en Monterey, la mañana siguiente al Festival. Los músicos trataban de ignorarla. Finalmente, con aquel áspero susurro que todavía (después de treinta años de terrible abuso) lograba causar estremecimientos en la columna vertebral preguntó: “¿Muchachos, dónde vais?” Y al ver que ni uno contestaba dijo: “¡Estaré abriendo la gala de Las Vegas esta noche!”

“Ellos”, siempre la tuvieron abriendo la noche en algún sitio en el que no quería estar. Pero ya se ha terminado. Todo lo que quedan son recuerdos, sus discos, y esas pobres cantantes equivocadas tratando de sonar como Billie Holiday, ¡Dios las ampare!

Realmente hay demasiado, y demasiado poco que decir de una persona como ella. Tenemos los recuerdos y las grabaciones. Y así, me siento como el joven de la novela de Colin MacInnes, Absolute Beginners, cuando dice:

“Lady Day sufrió demasiado en su vida, lo soportó todo por ti.” El camino desde “Your Mother’s Son-in-law” hasta “Gloomy Sunday” fue largo, pero Billie lo recorrió por todos nosotros. Le debemos mucho.

Es triste que jamás supiese cuánta gente la amaba más allá de las palabras.

1961

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