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Ciencia y sociedad 0

¡Bienvenida la magia!

· julio 31, 2020

Daniel Mocencahua Mora

 

Al inicio de la humanidad los hombres se reunían alrededor de la fogata a contar historias. Que la caza había sido buena, que las plantitas estaban creciendo bien, que esta vez no había muerto ni la madre ni el bebé.

En esas noches, y ya con la panza llena, seguramente se les ocurrían las historias más increíbles para entretenerse, pero también para tratar de explicar el mundo que nos rodeaba. Es así como el pensamiento mágico nos hacía entender, o crear mejor dicho, los dioses que estaban relacionados con los elementos, como Zeus lanzando sus rayos o Tlaloc para proveernos el agua las lluvias.

Sin embargo, había espíritus más pragmáticos que buscaban resolver los problemas cotidianos, ya no con historias sino con la observación y máquinas. Esos que, estando frente a la misma fogata donde se contaban los mitos, encontraron el modo de cocer el barro o el hierro.

Al principio la ciencia no se distinguía de la magia: los sacerdotes griegos usaban la eolípila de Herón, la primera máquina de vapor, para sorprender a los creyentes cuando se abrían las puertas por medio de los rezos. Y los sacerdotes mayas predecían eclipses y definían los tiempos de cosechas a partir de observar el cielo.

Es curioso que el primer número registrado en la historia es el 29, que apareció como marcas en el hueso de Lebombo de ¡35 mil años de antigüedad! Varios huesos aparecieron en otros sitios con números cercanos (28 o 30), por lo que los arqueólogos piensan que registraba una de dos cosas: el ciclo lunar, o la menstruación. O tal vez ambas.

Poco a poco la tecnología fue avanzando y fue logrando nuevas descubrimientos pero también nuevas preguntas y respondiendo a las antiguas.

Por ejemplo, para la pregunta ¿De qué está hecho todo? se fueron proponiendo elementos fundamentales: aire, fuego agua, tierra, y dioses para cada uno. Pero es a partir de los experimentos y observaciones que se empezó a definir la estructura de la materia. Desde los griegos se propuso el átomo como base del cosmos, pero poco a poco fuimos viendo que podemos seguir dividiendo el átomo. Encontramos electrones y neutrones, luego quarks, y así. Ahora nos preguntamos: ¿dónde terminará esta división? Todavía no se sabe, pero mi amiga Alejandra de Hypatía tiene un monólogo científico al respecto, es muy divertido, no te lo pierdas: https://youtu.be/oyDUsFWe5w4

Así como la magia estaba mezclada con la ciencia, la religión estaba relacionada con ella. Hay un libro muy bonito sobre matemáticas, El hombre que calculaba, que intenta reflejar cómo los pueblos árabes respetaban la sabiduría matemática sin dejar de lado los preceptos del profeta. “Toda ciencia va precedida por la plegaria” dice Beremiz antes de iniciar la plegaria y la primera clase que va a dar. La novela termina en 1258 (siglo XII) mencionando la invasión de los mongoles, pero dando un punto final a la historia, pues Beremiz que se convierte al cristianismo y se casa con su alumna. Justo en ese siglo Fibonacci lleva los números arábigos a Europa, mediante la publicación de su libro Liber abacci, después de regresar de África, donde aprendió aritmética y álgebra de los árabes. Este libro permitía dejar de lado el ábaco para realizar cálculos en papel de modo muy parecido a como hoy los realizamos. Tenía muchos problemas que servían como ejemplo y muchos de ellos eran problemas prácticos relacionados con el comercio. Pero este Fibonacci no fue tan reconocido por su aporte a la ciencia, estaba en la Edad Media y, a pesar de que su nombre empezó a mencionarse hasta trescientos años después, su forma de hacer cálculos fue muy popular entre los comerciantes, inclusive bajo la amenaza del papa de excomulgar a aquellos que usaran esos símbolos.

Casi siempre se mencionan los casos de Galileo (arresto domiciliario) y Giordano Bruno (ejecutado), para decir que la Iglesia está en contra de la ciencia, pero no se mencionan todos los mecenazgos e inversiones que hicieron que la ciencia y técnica avanzaran. Como los avances técnicos que permitieron construir catedrales cada vez más grandes y hermosas, o el apoyo a artistas. Inclusive muchos religiosos hicieron contribuciones a la ciencia, como el monje Copérnico que propuso el sistema heliocéntrico, que Galileo defendería y por el cual lo someterían a arresto domiciliario. O Gregorio Mendel, padre de la genética. O el creador de la teoría del Big Bang, Georges Lemaitre. O el franciscano Luigi Galvani, cuyas ideas y experimentos sobre la electricidad y la anatomía inspiraron a Mary Shelley para escribir Frankenstein.

Creo que más que la religión es el fanatismo lo que impide dejar de lado este pensamiento mágico que vengo mencionando. Éste es muy común en los niños y las culturas primitivas, y una de sus características es que establece relaciones causa-efecto sin una comprobación racional o pruebas empíricas, además afirma que la mente tiene poder sobre la materia. Por eso la gente cree que los chamanes pueden modificar el clima con sus ritos, o se puede ser rico con solo desearlo (el universo se alinea a tu favor).

La utilidad sicológica de este tipo de pensamiento es reducir la ansiedad. No lo niegue: usted también cruza los dedos cuando van a anunciar una buena o mala noticia.

Pero se puede perder el control y creer en curas milagrosas por el efecto placebo. O no creer en las explicaciones científicas por el sesgo de intencionalidad (hay una conspiración para que este fenómeno natural ocurra).

Después del terremoto del 2017 en México, se decía que había una máquina que estaba causándolos, lo cual se apoya en el sesgo de proporcionalidad (si algo extraordinario ha ocurrido, algo extraordinario debe haberlo causado) e ignora la cantidad de energía y el tamaño del efecto que debería tener esa máquina, lo cual la hace poco viable.

Estoy de acuerdo en que entender los procesos que permiten decir que un conocimiento es científico no son muy fáciles. La poca cultura científica no ayuda: en la Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México (ENPECYT) del 2017, los mexicanos todavía creían que “Existen medios adecuados para el tratamiento de enfermedades que la ciencia no reconoce (acupuntura, quiropráctica, homeopatía, limpias)”, y al mismo tiempo decían que debía apoyarse más a la ciencia y la tecnología. Lo más preocupante es que esta encuesta llevaba realizándose desde el 2001 de manera bianual, pero en el 2019 se suspendió y no parece que se vaya a realizar de nuevo.

Así que no es extraño que la gente común acuda al sesgo de intencionalidad para apoyar creencias como el lucro con la extracción de líquido de rodillas, o que el mismo Covid no existe (pero sí el chupacabras).

Las vías de infección de estas creencias son poderosas: el chisme, el rumor, la publicidad boca a boca. Se apoyan en la falta de credibilidad que ha minado a las instituciones, y de paso a los científicos. Por eso es más fiable la palabra de la comadre, la anécdota del pariente, el “whats” de la colonia, y el video del charlatán que los datos duros pero poco esperanzadores que nos dan las noticias.

Sin embargo los divulgadores no dejaremos de tratar de explicar cómo funcionan las cosas a partir del hecho científico. Porque nos gusta la ciencia. No se trata de ser cientificista y negar cualquier otro tipo de saber, sino de usar lo mejor de los saberes para el bien de todos.

Creemos que la ciencia nos puede ayudar porque gracias a ella hay radiografías y marcapasos. Y vacunas, como la que ahora nos hace falta y que los científicos están desarrollando. No el homeópata, el acupunturista o el quiropráctico.

Porque la ciencia es una de las maneras que tenemos de defendernos frente a lo desconocido. Como dijo Carl Sagan:

 

“La ciencia no es perfecta, con frecuencia se utiliza mal, no es más que una herramienta, pero es la mejor herramienta que tenemos, se corrige a sí misma, está siempre evolucionando y se puede aplicar a todo. Con esta herramienta conquistamos lo imposible”.

 

Y creemos, como Kurt Vonnegut, que La ciencia es magia que funciona.

Así que, ¡bienvenida esa magia!

 

Semblanza

Divulgador científico y matemático de formación. Apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots. Ha escrito dos libros de divulgación y varios cuentos de ciencia ficción. Participa en el programa de radio “De eso se trata”, en Radio BUAP y conduce el programa Nichjana thi taani sobre divulgación de la ciencia y tecnología regional en 4PueblaTV.

 

 

 

 

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