Antonio Bello Quiroz
Cuando el cordero rompió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo,
como por media hora. Apocalipsis
Seguramente el célebre cineasta Ingmar Bergman nació en esa media hora en que se hizo silencio en el cielo. Así se presagia al leer cómo el director narra el momento de su nacimiento en sus memorias, publicadas con el título de Linterna mágica: “Cuando yo nací en el mes de julio de 1918 mi madre tenía la gripe, mi estado general era malo y me hicieron un bautizo de urgencia en el hospital. El viejo médico de cabecera vino un día de visita, me miró y me dijo: ‘éste se está muriendo de hambre’.”
El silencio en el cielo hace referencia al silencio de Dios en el célebre pasaje del Apocalipsis en el Evangelio de San juan, y es el tema que Bergman desarrolla magistralmente en su película El séptimo sello. El silencio de Dios por media hora, donde no pasa nada, representa el ominoso presagio de los males que caerán sobre la tierra, brasas ardientes, truenos, relámpagos y un terremoto. Mismos males que en la filmografía del director se reproducen en la existencia de cada personaje. Mismos males que el realizador reconoce en su propia existencia. También quizá esa media hora sea la fuente del temor que experimentamos ante el silencio del Otro, silencio insoportable que nos llena de angustia ante el temor de la muerte.
Con El séptimo sello el cineasta, hijo de un severo pastor luterano, abre la parte media de su producción con filmes donde nos muestra su profundo matiz existencial reflexionando esencialmente en torno a la fe, la duda, la creencia y el escepticismo ente la existencia de Dios. Su obra muestra en esta etapa una poderosa tensión entre su fuerte religiosidad infantil y su pérdida de fe en Dios experimentada en la vida adulta; quizá sea ésta la mayor desgarradura de su ser. La caída de la fe en Dios abre lugar a la angustia y actualiza la presencia ineludible de la muerte. En el filme ante ella, ante la muerte, el protagonista (con tono autobiográfico) se juega una partida de ajedrez.
Los primeros contactos de Bergman con la magia del cine fueron una forma lúdica de escapar de una estricta educación familiar. Junto con su hermana conseguían trozos de película que veían por horas en el proyector familiar. Esta maquinita destartalada, como se refería al proyector, lo convirtió en mago. Escribe el director en sus memorias: “Y todavía hoy me digo, con pueril emoción, que soy realmente un mago, puesto que el cinematógrafo se basa sobre el engaño del ojo humano.” Con veinte años deja su natal Uppsala y se instala en Estocolmo dedicándose casi por completo al teatro. Ahí ya la muerte tenía un lugar entre sus preocupaciones artísticas; fue después de presentar una de sus obras con ese tema: La muerte de Punch, que Bergman fue llevado como guionista de la Svensk Filmindustri.
Las huellas de una infancia llena de restricciones familiares, escolares y severos preceptos religiosos no lo abandonan nunca. Aunque tiene diversas tesituras, por ejemplo, en su primer guión, que fue llevado a la pantalla con el título de Tortura, se basa en el recuerdo del terror que le produjo un profesor que lo humillaba. En la primera etapa de producción del cineasta, la temática es la pareja y sus conflictos, su incomunicación y su lucha constante. Juegos de verano (1950) y Un verano con Mónica (1950) son los filmes que mejor lo dibujan en este momento de su vida. Hacia 1955 consigue el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes con Sonrisas de una noche de verano y eso le abre la posibilidad de hacer un cine más personal y profundo. Un año después realizará su obra maestra, El séptimo sello. Es un auténtico poema a partir del último libro del Nuevo Testamento, que le permite plantear sus interrogantes metafísicas a partir de visiones fulgurantes donde, al final, el amor que emana de Dios triunfará sobre la muerte: “y enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado”.
Bergman es radical en su posición de director: no la abandona en ningún momento, incluso ahí donde menos se espera, la muerte de su madre, está ante una puesta en escena. Escribe: “Yacía en su cama, vestida con un camisón de franela blanco y una mañanita azul. Tenía la cabeza ligeramente vuelta hacia un lado y los labios entreabiertos. Estaba pálida, con ojeras, y el pelo, todavía oscuro, tal vez con algunas canas […] las manos descansaban en su pecho.” Lo hace, construye una escena ante la muerte de su madre y, sin embargo, está tan perdido en hacerlo que no se da cuenta que lo hace, aunque sabe que padece de esa “deformación profesional”. Escribe más adelante: “Pasé allí sentado varias horas. Las campanas de la iglesia de Hedving Eleonora [la iglesia donde oficiaba el padre] tocaban a misa mayor, la luz vagaba por la habitación, se oía música en alguna parte. No creo que sintiera dolor, tampoco que pensara, ni siquiera creo que me observara o me hiciera mi propia puesta en escena —esa deformación profesional que me ha acompañado sin piedad toda la vida y que tantas veces ha robado o escindido mis más profundas vivencias.”
Cercano al psicoanálisis en muchos sentidos, sus obras simbolistas son narraciones intensas de los estados psíquicos de sus personajes. Reconoce que el cine es como un sueño y reclama una interpretación del espectador. Con ritmos lentos, con una secuencia de planos y montajes medidos, busca conmover a éste y lo consigue porque son un reflejo de la luz y sombra en las que cada uno se encuentra con tiempos vacíos (la media hora del silencio de Dios acaso) para reflexionar sobre temas como la sexualidad, la muerte, la relación con los padres, la incomunicación en la pareja, Dios y sus inconsistencias, etcétera. En sus propias palabras: “El cine como un sueño, el cine como música. Ningún arte trasciende nuestra conciencia de la forma en que lo hace el cine, dirigiéndose directamente hasta nuestros sentimientos, adentrándose en las oscuras habitaciones de nuestras almas”.
Quizá no encontremos en sus memorias un pasaje más desgarrador que nos permita adentrarnos a la vida atormentada de Ingmar Bergman que éste diálogo con su madre narrado en Linterna mágica:
“Se nace sin objeto, se vive sin sentido… y al morir no queda nada.
Ingmar: Madre, ¿qué pasó con nosotros?, ¿cómo nos arreglamos con el corazón partido, con el odio reprimido? … ¿Por qué salió todo tan mal? … ¿Nos pusieron máscaras en lugar de rostros, nos dieron histeria en lugar de sentimientos, vergüenza y remordimiento en lugar de ternura y perdón? … No trato de buscar culpables… sólo quiero saber el porqué de tantas miserias tras la frágil fachada del prestigio social… ¿Por qué fui yo incapaz de mantener relaciones normales?
Madre: Hijo, debes hablar de eso con alguna otra persona, yo estoy demasiado cansada.”
Ingmar Bergman fallecería el 30 de julio de 2007 a la edad de 89 años.








No Comments