Luis Martínez de Merlo
En el fondo, los franceses detestan los autores que la escuela y la tradición les presentan como modelos sublimes, quizás porque no los leen nunca. En cambio, se recrean detallando los defectos y miserias de aquellos que, como Baudelaire, en realidad adoran. Así nacen los mitos literarios. Son mitos porque son capaces de expresar algo que es, a la vez, necesario e inefable, imposible de expresar de otro modo; y son literarios porque forman parte del patrimonio imaginario y cultural de una nación; son la materialización estética de una idiosincrasia vergonzante. Cuando hablan de Baudelaire, críticos y maestros no nos perdonan ninguna de sus desgracias, andanzas y vicios: la infancia difícil, la bohemia del estudiante, las prostitutas y la sífilis, la pasión morbosa por la mulata Jeanne Duval, los apuros económicos, la salud paulatinamente degradada y las poses de dandi, la vejez prematura y la afasia, por fin la muerte lamentable después de una larga agonía entrecortada por eructos blasfematorios. Parece ser que no hay modo de justificar el genio si no es por la debilidad o las manías, el alcohol y las drogas, las amantes y la decrepitud; como si el artista no pudiese ser tal sino por causas infamantes.
Baudelaire fue así, durante más de un siglo, un poeta inmoral, rayando la pornografía, una lectura para degenerados que el orden moral sólo podía coger entre pinzas y tapándose la nariz. La nota de Gautier, en su Rapport ya avisaba que las flores de Baudelaire eran venenosas; allá aquel que se atrevía a olerlas. El artículo de Le Figaro que encendió la mecha del proceso hablaba de fango, podredumbre, inmundicia, impudicia, lascivia, etc. La posteridad inmediata, salvando los círculos de amigos y los rebeldes con causa, como Rimbaud o los surrealistas, silenció a Baudelaire impunemente.
Pocos años después de la segunda guerra mundial, sin embargo, fue rehabilitado por decisión judicial, de la mano de Jean-Paul Sartre, quien había publicado un ensayo célebre sobre el poeta. Es significativo que Sartre se interesara por los dos escritores que el segundo imperio había llevado a los tribunales el mismo año, Flaubert y Baudelaire. A ambos aplicó el mismo tipo de método crítico, el de la crítica genética, que postula que el autor engendra su obra a partir de —o en vez de— sus propios complejos; la obra es así la materialización catártica de conflictos internos. En el caso de Flaubert y de Baudelaire, es tanto como decir que en un mundo risueño, feliz y equilibrado, quien blasfema, protesta y se enoja cuando no solloza, sólo puede ser un enfermo. Lo peor del caso es que, si ello es cierto, la atención del lector queda descentrada: ya no lee el texto sino el autor del mismo, con compasión o complicidad, tanto da. Porque entonces admirar a Flaubert o a Baudelaire significa comprender, en el sentido más etimológico de la palabra, compadecer, compartir penas y desasosiegos. Luego leer a Baudelaire es tanto como disculpar a Baudelaire, admitir su culpa y eximirle de ella, y de paso desactivar el poema considerado como máquina pletórica de significaciones implícitas. La lectura, de este modo, descansa sobre unos malentendidos que no es indiferente examinar.
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Fragmento de la introducción a Las flores del mal (Cátedra, España, 2014). Traducción de Luis Martínez de Merlo.









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