Mario Campaña
Con el nombre de Charles Defayis, en enero de 1847 Baudelaire publicó en el Bulletin de la Société des Gens de Lettres su nouvelle La Fanfarlo, quizá escrita uno o dos años antes, y de la que renegó hacia el final de su vida, excluyéndola de sus proyectos de obras completas. La Fanfardo es una novelita seductora cuyo interés principal radica en la autorrepresentación que el artista ensaya, con un cinismo inocente. Como ante un espejo amable y complaciente pero capaz de reflejar anversos y reversos, a los veintiséis años Baudelaire se retrata en la figura del protagonista Samuel Cramer cayendo “bien bajo”, con sus “costumbres de reclusión y disipación igualmente violentas y prolongadas”, “honradísimo por naturaleza y algo bribón por pasatiempo”, munido sólo de “mitades de ideas” y viviendo una vida estéril e indigna, ahogada entre amores mundanos. Estéril e indigna y de insegura salvación le parece en efecto su vida a Baudelaire en 1847, pues aunque su obra refleja una elevada dignidad intelectual, la vida práctica está colmada de deudas, poblada por acreedores que lo acosan en los dos domicilios que tiene, uno en la rue Babilonia y otro en la del Sena, de cualquier modo insuficientes para protegerlo, pues en los días de mayor persecución va a dormir a casa de los amigos.
De esta época es el célebre retrato pintado por su amigo Courbet, el maestro del realismo francés, en el que se le ve fumando una pipa, magnetizado por las páginas de un libro, como descifrando algo que le obsesiona, con un chaquetón largo y un pañuelo ancho de nudo flojo alrededor del cuello. Ese joven que así se abisma en las páginas de un libro vive ingeniando estratagemas para salir del paso en las comprometedoras circunstancias materiales a que ha llegado por sus propias decisiones. El 4 de diciembre de 1847 escribe a su madre una carta célebre. Madre e hijo tenían entonces una relación muy distante, ocasionada por la tiranía de éste, que esperaba que ella fuera sólo diligencia y magnanimidad, especialmente económica. En la carta, que tiene como tantas veces la finalidad de demandar un urgente socorro monetario, confiesa que lleva meses viviendo en un estado sobrenatural, en la miseria, consumiendo opio, vino y aguardiente; que ha llegado a pasar tres días en cama, sin ropa y sin leña y dos días sin comer; que vive en la tormentosa contradicción de la ociosidad de su “vida aparente” y la perpetua actividad de sus ideas.
La carta anuncia el deseo de iniciarse como novelista, a fin de obtener sosiego material (“bueno o malo, todo se vende”); la voluntad de pagar todas sus deudas y recuperar la plena capacidad jurídica en el manejo de su fortuna; y la oferta —harto improbable— que le ha llegado de isla Reunión para emplearse allí como preceptor particular, cosa que no descarta aceptar si no consigue cumplir con sus planes en París. Los tres anuncios combinaban bien su posible efecto en la madre, destacado por una velada amenaza de repetir el intento de suicidio: “El tiempo pasa y unos días más de ociosidad pueden matarme. Te lo he dicho, he abusado tanto de mis fuerzas que he llegado al límite de mi propia paciencia y soy incapaz de un último esfuerzo si no se me ayuda un poco”.
La treta es inconfundible pero no borra la realidad sobre la que actúa: Baudelaire empieza a experimentar una sensación limítrofe; recorre perpetuamente la vía de París a Neuilly, donde vive el notario Ancelle, su tutor, para recoger su mensualidad o pedir adelantos; pasa horas buscando dinero y escondiéndose de sus acreedores; y no consigue que sus colaboraciones en la prensa, que le exigen un gran esfuerzo intelectual, alcancen a cubrir sus necesidades básicas. En otras palabras, padece el castigo que impone el estado, el mercado y la familia burguesa a su extraña e incomprensible condición de poeta, pensador y disipador.
A estas alturas, Baudelaire tiene una terrible familiaridad con las drogas. 1847 se considera una fecha aproximada para datar los inicios de su adicción al opio, que con la sífilis y el vino habrían de atacar mortalmente su salud. El vino era una vieja pasión que a los veintiséis de edad ya le había afectado el estómago, ocasionándole una dolorosa gastritis, mientras el opio parece haber servido para mitigar esos dolores o vivir los “raptos del espíritu” y los “mundos interiores” de los que hablará después en su libro Los paraísos artificiales. Pero en 1847, en la carta de 4 de diciembre dirigida a su madre, confesaba que ni el opio ni el vino le servían contra las penas: “Permiten pasar el tiempo —dice— pero no rehacen la vida”. No es imposible que se iniciara antes de 1847 en el consumo de esa droga. El conocido poema “Sed non satiata”, dedicado a Jeanne Duval, escrito hacia 1842-1844, entre los veintiún y los veintitrés años del autor, contiene una mención ambigua que insinúa un conocimiento de los placeres del opio:
“Al opio, al constance y al nuits, prefiero / el elixir de tu boca donde el amor se enaltece”.
Esta adicción al opio está bien documentada. Su correspondencia nos lo muestra haciendo un uso continuo con fines tanto médicos —aliviar los estragos de su enfermedad alcohólica primero y los síntomas mayores de la sífilis, después— como psicológicos. Como dicen Claude Pichois y Robert Kopp: “las alusiones, explícitas o implícitas, que sin contar con Los paraísos artificiales, Baudelaire hace [en su obra] a la droga —siempre al opio, nunca al hachís— se escalonan de modo continuo desde Los limbos hasta los últimos Pequeños poemas en prosa escritos en Bruselas”.
En una carta de 12 de agosto de 1860 dirigida a su amigo el crítico literario lionés Armand Fraisse, Baudelaire, siempre mistificador, aseguraba que había conocido el opio en la India “al menos veintidós años atrás”; o sea hacia 1838, cuando tenía sólo diecisiete años de edad. Aunque el poeta no llegó a la India en su viaje de juventud, como vimos en su momento, investigadores como Jules Mouquet consideraron posible que en verdad adquiriera la adicción en esa aventura que terminó en la isla Reunión, pero ningún rastro en su correspondencia o en su obra, ningún género de prueba, nos permite respaldar esas fechas tan tempranas.
Iniciado a los diecisiete, a los veintiuno, a los veintitrés o veintiséis años de edad, no caben dudas acerca de la contumacia de Baudelaire en el consumo de opio hasta los últimos años, hasta los días previos al episodio afásico en Bruselas. En 1866, su amigo Poulet-Malassis contaba a Jules Troubat, secretario de Sainte-Beuve, que Baudelaire no tuvo en cuenta los síntomas y advertencias graves de la enfermedad “y contra la opinión de los médicos y los ruegos de sus amigos, continuó usando y abusando de los excitantes”.
He aquí pues al futuro poeta de Las flores del mal hacia el fin de la primera mitad de su vida. Muchas cosas habían cambiado en los últimos cinco años. El joven de mirada soñadora y ostensible elegancia pasaba inviernos sin leña y días sin comer, y era perseguido sin consideraciones por sus acreedores. Rápidamente había caído “bien bajo”. Poeta, sifilítico, alcohólico, opiómano, estaba acaso dispuesto a “fundar un periódico y hacerse socialista”, como el héroe de La Fanfarlo. Ninguno de los “vicios” era excepcional: correspondían, en una medida imprecisa pero no despreciable, a los rasgos de la época:
“Hacia el fin de la primera mitad del siglo XIX —dice Pierre Gasear, hablando de Gérard de Nerval— el alcoholismo, consecuencia indirecta de la industrialización y la urbanización, reemplaza la embriaguez de los tiempos antiguos, cuyos efectos patológicos eran considerablemente menores; el desarrollo de la prostitución da a la sífilis y a sus accidentes secundarios el carácter de una endemia; casi desconocida hasta entonces en nuestro país, la toxicomanía hace su aparición”.
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Fragmento del libro Baudelaire ‑ Juego sin triunfos (Debate, España, 2006).









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