Mario Campaña
Después de un arduo periodo de incubación, Baudelaire publicó en forma de plaquette, con el editor Michel Lévy (en lo que sería el comienzo de una larga y difícil relación), el “Salón de 1846”. Ese “pequeño libro” ponía de manifiesto que su voluntad, apenas advertida en el “Salón de 1845”, no era tanto ejercer de crítico de arte como proclamar una nueva estética, un pensamiento artístico que en sus mayores expresiones, en Las Flores del mal y los Pequeños poemas en prosa, le llevaría a dominar la literatura moderna. Porque la estética que fraguaba era la de lo heroico y lo maravilloso, la del heroísmo de la vida en el mundo subterráneo de las grandes ciudades.
El “Salón de 1846” es un tratado a favor de un arte que diera respuesta al presente a través de una “belleza particular, inherente a las pasiones nuevas”. Comenzaba a prescindir de una noción única, absoluta y eterna de belleza, a la que trataba de historizar introduciendo una distinción refinada:
“Todas las bellezas contienen, como todos los fenómenos posibles, algo de eterno y algo de transitorio, de absoluto y de particular. La belleza absoluta y eterna no existe, o más bien no es más que una abstracción escogida de la superficie general de las bellezas diversas. El elemento particular de cada belleza viene de las pasiones, y como nosotros tenemos nuestras pasiones particulares, nosotros tenemos nuestra belleza”.
La teoría de la dualidad de la belleza empezaba a abrir el camino para fundamentar una poética nueva: la belleza particular de la época moderna —dice Baudelaire— no está en la vida pública y oficial, en las victorias y el heroísmo político, sino en el mundo privado: “el espectáculo de la vida elegante y miles de existencias flotantes que circulan por los subterráneos de una gran ciudad —criminales y chicas de entretenimiento—, La Gazette des Tribunaux y Le Moniteur, nos prueban que sólo tenemos que abrir los ojos para conocer nuestro heroísmo”.
Como vemos, él tiene en estos años una percepción luminosa de la vida en la ciudad, que ve “llena de temas poéticos y maravillosos”: lejos todavía de los años del rencor, en este momento ascendente de su vida ve “lo maravilloso” en todas partes. “Lo maravilloso nos en vuelve y nos colma como la atmósfera; pero nosotros no lo vemos”, dice. El heroísmo de la vida moderna ocupaba entonces un espacio que nunca será abolido, pero en el “Salón de 1859” Baudelaire afinará su mirada y descubrirá en el vínculo con lo fugaz y transitorio el signo de la modernidad, la materia principal para el arte de la época. Su obra buscará entonces lo permanente en lo fugaz; no el brillo de lo maravilloso sino la incandescencia del mal, un concepto que en 1846 aún no había cristalizado en su mente.
El “Salón de 1846” demostraba que ese joven mistificador que recitaba versos luminosos y desafiantes era también un crítico de primer orden, un pensador de una lógica rigurosa e innovadora que se atrevía a reflexionar con libertad no sobre el pasado, como se acostumbraba hacer, sino sobre el presente más vivo e inmediato. El libro anunciaba en su portada la próxima aparición del poemario Las lesbianas, primera floración de las futuras Flores del mal. La simultaneidad de las dos obras —el “Salón” y Las lesbianas— nos permite pensar que en 1846, a los veinticinco años de edad, Baudelaire ya había puesto a punto su libro de versos en una primera versión, y que probablemente ésta era la tentativa de expresar en poesía la nueva estética proclamada en su ensayo crítico. Como se sabe, Las lesbianas no fue publicado en esa época: tardaría once años en aparecer, bajo el título de Las flores del mal. Sólo dos poemas vieron la luz entonces: “Don Juan en los infiernos” y “A una malabar” (éste no incluido en su obra magna), en L’Artiste, en septiembre y diciembre.
La crítica ha encontrado en algunos textos de este tiempo —en los “Consejos a los jóvenes literatos” y en el “Salón de 1846”, por ejemplo—, semejanzas y contrastes con el pensamiento de Proudhon y Fourier que atestiguan la atención intelectual que Baudelaire presta en este momento a las nuevas corrientes de la filosofía social, en particular al socialismo en sus diferentes direcciones.
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Fragmento del libro Baudelaire ‑ Juego sin triunfos (Debate, España, 2006).









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