Félix de Azua
Todo poeta, incluso el más abstracto, está obligado a expresarse mediante la invención de un mundo sensible y coherente. El filósofo puede traducir lo sensible a conceptos, eliminando así buena parte de la ambigüedad quizás a costa de un menosprecio esencial de la sugerencia. Pero ningún poeta sacrifica los sentidos para dar vida al entendimiento. Más bien su operación es la de dar sentido a la comprensión. Lo bello y lo terrible de Rilke, es inevitablemente un Ángel; los dioses de Hölderlin habitan en un Rin vivificado. Baudelaire inventó un cierto extremismo de los sentidos que sería el fundamento de la poesía moderna. Procuró que ninguna Idea justificara a priori la expresión del mundo. Por el contrario, la invención de un mundo sensible debía darse dentro de un universo cerrado en sí mismo: la Poesía, que sólo a partir de Baudelaire se sustenta por sí sola. Los nuevos mundos inventados tienen como meta excitar la imaginación, y quizás al cabo del proceso (pero al término del mismo, en su acabamiento) dar vida a una Idea. Esa Idea habrá nacido como consecuencia de una excitación poética y no como un juicio, o una combinación de juicios en el proceso de un culpable y una culpa. Ésta, al menos, era la pretensión. El resultado de la pretensión, a la vista está.
Pero la frase —cierto extremismo de los sentidos que sería el fundamento de la poesía moderna— es un mero reclamo. Ninguno de los términos está seguro de sí mismo. Se trata de una fotografía que se exhibe para identificar a un extraviado. “Fundamento de la poesía moderna” quiere decir que la práctica totalidad de los poetas posteriores a Baudelaire, le leyeron y admiraron, haciendo de él un modelo. Quiere decir, también, que nadie le negó. Dejando aparte a Gide, muy pocos afirmarían hoy preferir la poesía de Victor Hugo, robusta naturaleza negada una y otra vez a lo largo de los últimos cien años. De Vigny nadie se acuerda. ¿Musset, Lamartine, Gautier…? Son nombres para uso de universitarios.
Pero el fundamento es algo más que un acuerdo histórico. De ser sólo la dictadura del gusto, también podría decirse que el fundamento lo puso Villon. Al decir que Baudelaire funda, quiere señalarse el territorio lírico abierto por él, invisible hasta él, y transitado masivamente en la actualidad. Pues si tan sólo se tratara de un invento privado, tampoco habría fundamento. Nada fundó Sade o Carroll, hasta la aparición de sus inventores, nuestros contemporáneos. Pero lo abierto por Baudelaire no sufrió interrupción ninguna; muy al contrario, cerró el eslabón exacto de la cadena, el que era preciso cerrar para poder añadir otro. Entre Lautreamont y Breton, su inventor, hay un hiato. Baudelaire, en cambio, convivió con su posteridad, con sus inventores: Rimbaud, Mallarmé y Verlaine. Y esa posterioridad fue la posterioridad misma, pues nada hay en ese trío que no se encuentre afrmado y redundado en Pound, Eliot, Celan, Rilke, Valéry, Valle Inclán, Rubén Darío o cualquier otro emblema reconocible. La única negación que se ha opuesto seriamente a la lírica inaugurada por Baudelaire es el realismo socialista y sus derivados, pero la discusión de este enfrentamiento nos apartaría demasiado de nuestro propósito.
En cuanto a la frase “extremismo de los sentidos”, se impone una explicación algo más prolija que quizá pudiera resumirse con otra frase algo más oscura: predominio de la imaginación sobre la memoria.









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