Olivia Guarneros
Todo desde aquí parece una cloaca. No son ni las nueve y ya puedo respirar la mancha asquerosa de humo que pulula en el aire. Frente a mí se despliega esa sucia bandera de dos o tres franjas que muestra el reflejo de la luz del sol. Me llama la atención la de enmedio: gris como mi vida. Todo desde aquí se mira en ese tono.
Los autos avanzan con su monótona lentitud como tortugas dispuestas a iniciar la mañana. Imagino las caras de sus ocupantes: duras, dispersas, ausentes como zombis. Desde esta altura todos se miran igual. No distingo los colores. Acaso es el resplandor matutino que deslumbra la vista.
Los peatones circulan a toda prisa tratando de evadir obstáculos, evitando mirar a quienes se topan de frente; se mueven como manadas salvajes que huyen de su predador; es imposible, él los espera en el trabajo, la escuela o la oficina. Su fugaz huida sólo los encamina hacia su verdugo.
Ayer mismo seguía un ritmo similar. Caminar, caminar, caminar. Correr, correr, correr. Apurar el paso. Doblar la esquina. Hacer la parada al autobús. Tratar de entrar en ese espacio reducido a codazos. Toparme con la axila, el abdomen, la nalga de alguien más. Entrar en esa vorágine de sabores y olores que despiertan el asco, el estómago revuelto, los jugos gástricos en la úvula.
Observo a la derecha y logro contemplar, a la lejanía, el Cebetis donde estudia Ana. Si me estiro bien podría mirarlo mejor. Pero no. No quiero caer. Todavía no. La fronda de los pirules interrumpe el panorama. Imagino a los presos de ese lugar: uniformados, cabizbajos, esperando órdenes, mirando a la izquierda si eso se les pide, deambulando por los pasillos para no pisar el césped, esperando en los asientos el turno que no llegará.
Ojalá pudiera estar ahí de nuevo contigo como hace años. Abrazando tu cuerpo cálido, ocultándonos detrás del tronco de los árboles, como pequeñas ardillas encaramadas en las ramas, infantiles y juguetonas. No estás más. Caminas junto a otros pasos. Aprisa, bajo la lluvia, por las mañanas y las tardes. No soy más yo…
Acomodo las nalgas en la baranda. Me duelen un poco. Me digo otra vez, “no me voy a mover de aquí, todavía no”. Mis zapatos lucen gigantes al lado de los transeúntes que ahora levantan la vista para observarme ¿Qué les llamará la atención? No pueden distinguir las suelas lisas, las costuras a punto de romperse, las agujetas sucias. No logran mirar dentro del pecho todo lo que contiene hecho añicos. No consiguen sentir la tormenta de ideas que gira en mi cabeza. No entienden su propia existencia, ¿cómo van a comprender la mía?
Quisiera gritarles que no les interesa; que yo hago con mi vida lo que me da la gana, libre albedrío me dijeron en la escuela.
¿Libre albedrío? Yo no escogí el trabajo que tengo. Era lo único que había. No busqué dormir con Aurora. Me agarró borracho en la graduación y no pude hacer más. No elijo comer mal, dormir poco, trabajar mucho, coger de vez en cuando; ¿reír?, nunca. Prefiero estar aquí, todavía. Aunque todos me señalen y llamen al policía de la esquina; aunque traten de escudriñarme desde el piso y apunten con el dedo para intentar precisar lo que sucede.
Ya se me durmieron las nalgas. Será necesario ponerme de pie, subirme a la baranda, extender las piernas, mover la anatomía. Las manos al vuelo, extendidas. El aire se mete debajo de la camisa, me acaricia las costillas; siento las manos de Ana aferrarse a mi piel, a mis huesos, a las entrañas. Adelante, atrás, balanceo. Uno, dos, tres. ¿Alzar el vuelo?
Percibo los pasos que la acercan. Casi puedo escuchar sus palabras:
“¡Esteban! ¿Qué chingados haces ahí? Aquí está la corbata. ¡Apúrate o no llegarás al trabajo! Hace falta leche, pañales…”
¿Sujeto la baranda?
Asomo una sonrisa y finjo ser feliz.









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