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Ayotzinapa: dos años y nombrando

· septiembre 28, 2016

 

 

Antonio Bello Quiroz

 

La lucha del hombre contra el poder es la

lucha de la memoria contra el olvido. Kundera

 

Abel García Hernández, Abelardo Vázquez Peniten, Adán Abrajan de la Cruz, Alexander Mora Venancio, Antonio Santana Maestro, Benjamín Ascencio Bautista, Bernardo Flores Alcaraz, Carlos Iván Ramírez Villarreal, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomás Colón Garnica, Cutberto Ortiz Ramos, Dorian González Parral, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindes Guerrero, Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jonas Trujillo González, Jorge Álvarez Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis González Parral, José Ángel Campos Cantor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna Torres, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Julio César López Patolzin, Leonel Castro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, Luis Ángel Francisco Arzola, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Marcial Pablo Baranda, Marco Antonio Gómez Molina, Martín Getsemany Sánchez García, Mauricio Ortega Valerio, Miguel Ángel Hernández Martínez, Miguel Ángel Mendoza Zacarías, Saúl Bruno García.

Son 43 y son más que un número, un número es lo que apuesta el Estado a que se conviertan, pero son más que un número: 43 se ha convertido en nombre propio. Son 43 historias singulares que se han hecho emblema de la barbarie en que vive un país sometido al peor de los horrores: el de la desaparición forzada.

Han pasado dos años desde que una población, una comunidad, si no es que un país, ha sido sometido a la violencia de la infamia. El gobierno, encabezado por el inefable Enrique Peña Nieto, insiste en superar el hecho, verlo como simplemente la muerte de 43 personas, un número más de las miles de muertes que han ocurrido durante los cuatro años de su más que fallido sexenio, un daño colateral más. La “verdad histórica” de que fueron quemados en el basurero de Cocula se derrumba, sus inconsistencias técnicas no se sostienen, y al mismo tiempo se revela la verdadera intención del gobierno: borrar las huellas del crimen. Sin embargo, con esto, al dejarlos como desaparecidos, el crimen se perpetúa.

En la memoria no hay espacio para el olvido. Más allá de los intentos gubernamentales que le han apostado al olvido y cansancio, la memoria, terca como es, se ha encarnado en el dolor de los familiares y de una sociedad que, aunque apática en su mayoría, se levanta poco a poco al saber que eso, la desaparición forzada, no está lejos de nuestras puertas dado el carácter represor que el Estado ha mostrado: según los datos del propio gobierno federal, se tiene registro de 27 mil 659 personas desaparecidas hasta diciembre de 2015.

Ayotzinapa, como ningún otro evento en México, ha convertido al país en un campo de batalla. Los contendientes son el poder, que le apuesta al olvido, por un lado, y la memoria que persiste, por el otro. Ayotzinapa, como el 2 de octubre, no se olvida. La sociedad, encabezada por los padres de familia, lucha contra el poder de represión del Estado, contra la desmesura incluso declarativa de quien encabeza el gobierno y todo el aparato de Estado (incluyendo desde luego los medios de comunicación), amparándose siempre en el monopolio que de la violencia tiene. Hay que señalar que, en buena medida, el horror radica en que no sólo el Estado utiliza la fuerza desmedida de la represión y la violencia; también lo hace el crimen organizado; lo hacen en alianza. Quizá desde el gobierno se podrán platear todas las verdades históricas que se desee, se podrán tener todas las “pruebas científicas” y presentarlas en horario estelar de televisión, pero con la desaparición de los estudiantes normalistas (como ocurre con muchos otros acontecimientos, como la matanza de San Fernando o Tlatlaya) se ha puesto en evidencia el contubernio entre el gobierno, en sus tres niveles, y el crimen organizado; se sabe ahora que operan de manera conjunta: ésta es la perversidad que hay de este lado del campo de batalla. El Estado le apuesta a que el caso quede cerrado y sellado, y si se puede durante este sexenio, mejor.

Por otro lado, están los padres y la llamada sociedad civil, que no cesa en su búsqueda y en su demanda de que los presenten vivos como vivos se los llevaron. Insisten en no olvidar, la persistente memoria es su única defensa contra el exceso de poder del Estado. Ellos son quienes han sostenido su demanda de que organismos internacionales participen en las investigaciones y, pese a los obstáculos que las dependencias gubernamentales imponen, han recabado indicios que derrumban una y otra las versiones oficiales. Si el Estado tiene el poder de infamar, de violentar, la sociedad civil tiene el poder de la indignación. No dejarse identificar como un grupo violento y subversivo que promueve la desestabilización social, como los han querido etiquetar, es un enorme logro. Si el Estado hace uso del control que tiene de los medios de comunicación “oficialistas”, la sociedad civil ha sabido utilizar las redes sociales para generar un movimiento de resistencia que persiste pese a las muchas dificultades con que se encuentran. Han logrado mantener la mirada internacional que no deja de manifestarse y hacer evidente el repudio al gobierno mexicano donde el presidente hace presencia.

La persistencia de la memoria y la organización son las únicas armas que la población civil tiene para no permitir que, en su afán de orden y control, el gobierno le someta al terrorismo que le apuesta a la inmovilidad, a la reducción de todo ciudadano o ciudadana a simples víctimas colaterales objetos de sospecha que justifique la represión. Al respecto, la antropóloga francesa, Françoise Héritier escribe: “Se trata, me parece, de hacer inertes, impotentes, rebajados al estado vegetal inmóvil, a aquellos que se les teme como enemigos.” Sólo a partir de la persistente memoria, de no dejar que su huella se pierda, de no dejar de nombrarlos, más allá de un número, junto a todos los desaparecidos, es que se puede hacer un lugar en la historia para el dolor, para el trauma, que deja al ser desaparecidos súbitamente.

Lo ominoso del trauma, lo sabemos desde el psicoanálisis, es que nos sea arrancado el nombre; por ello, Lacan, en el seminario sobre La angustia, escribe: “No hay amor sino de un nombre, como cada cual lo sabe por experiencia. El momento en el que el nombre de aquel o aquella a quien se dirige nuestro amor es pronunciado, sabemos muy bien que es un umbral que tiene la mayor importancia.”

Dos años, y que no se deje de nombrar a aquellos que están, aún en desde ausencia.

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