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Autismo: el silenciamiento del deseo

· abril 8, 2015

KAOS

Antonio Bello Quiroz

 

La vía del analista es otra: para él,

la vida real no brinda modelo alguno.

S. Freud

 

El día 2 de abril fue designado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. Mucho más allá de las estadísticas, vale preguntarse por este espectro o síndrome que pone en juego la función de la palabra y el deseo.

En el autismo acudimos a una falla del anudamiento entre soma y lenguaje, afectando así el proceso de subjetivación, mismo que va más allá del orden biológico, aunque no es ajeno a él. El autismo se encuentra en relación directa con el momento de la entrada a la realidad de los hombres, constituida por palabras e imágenes. La constitución de lo humano, a diferencia del proceso que atañe a todas las demás especies vivas, va más allá de los genes, más allá de lo biológico. Es en ese “más allá” donde incide el espectro autista.

Generalmente se empiezan a detectar las primeras manifestaciones “extrañas” en el desarrollo del niño a la edad de dos-tres años; se vive como un retroceso.

Si bien es cierto que en quienes son diagnosticados con autismo hay algunas peculiaridades biológicas, no podemos reducir el síndrome a lo biológico, aunque se trate de una detención generalizada del desarrollo y se vea afectada la plasticidad cerebral o capacidad neuronal de regeneración.

No se trata, hay que decirlo categóricamente, de una enfermedad o deficiencia, sino de una forma del ser, una singularidad en el proceso de subjetivación. Es dado que no se trata de una enfermedad que es incurable. Lo que no implica que no deba de tratarse, más aún: entre más temprano se dé el tratamiento el pronóstico es mucho más favorable.

Diversos aspectos se ven implicados en el autismo: la adquisición del yo y la imagen humana. Debido a ello presenta dificultades, en diversos grados, para hacer lazo con el semejante, por lo que no logra anticipar el dominio de su cuerpo mediante la identificación con un Otro, afectando así el reconocimiento de su propia imagen. Como muestra de esta afectación podemos observar su característico hablar en tercera persona o la desestabilización ante una alteración de su medio habitual.

Los niños autistas no están fuera del lenguaje. De hecho, con frecuencia se puede ver que son capaces de entender lo que se dice, especialmente cuando se habla de ellos a una tercera persona, en particular la madre. Están en el lenguaje, pero no están “atravesados” por el lenguaje. Hay una falla en la simbolización, lo que implica que no se dejan tomar por el lenguaje y utilizarlo así para hablar.

Si pensamos en un organismo humano, no atravesado por el lenguaje, pero que además es capaz de entender el lenguaje, podemos imaginar que las funciones como la mirada y la voz operan de manera particular. La voz es metálica (sin “eso” que la hace propiamente humana). Su habla es ecolálica, con expresiones extrañas que no se organizan en ninguna serie semántica. La mirada puede estar perdida, sin tener estrabismo, los ojos miran torcido o sin enfocar. Su mirada y gestos se evidencian como “extraños”.

Existe la idea generalizada, más allá de la realidad, de que los autistas desarrollan algún tipo de genialidad. El cine y la literatura han contribuido a generar ese mito. Si bien es cierto que algunos de ellos han generado impresionantes alcances de la memoria o cierta genialidad artística, el porcentaje de quienes presentan esto es ínfimo en relación con los casos de autismo existentes.

En tanto que se trata de un síndrome, las causas son desconocidas (y muchas las teorías y tratamientos que se ensayan), aunque, desde lo que el psicoanálisis enseña podemos centrarnos en una constante.

Algunas referencias, como las comunicadas por el psicoanalista Héctor Yankelevich, señalan que con frecuencia es posible registrar que las madres de los niños autistas durante sus partos han pasado por depresiones más o menos fuertes, que van desde tristeza y apatía prolongada hasta la franca construcción de delirios en torno a su embarazo o nacimiento de sus hijos. Fantasías que, por otro lado, no son infrecuentes en prácticamente todas las mujeres embarazadas. De ahí la conocida respuesta en el diálogo con las mujeres embarazadas que ante la pregunta: “¿Qué deseas que sea?”, ellas dicen su preferencia y agregan: “Pero con que venga sano yo estoy conforme”. Esta expresión evidencia que existe la fantasía de que la salud del niño o el parto se compliquen. En el caso de los niños que más tarde devendrán con autismo, estas fantasías de las madres no ceden.

Para este psicoanalista, “en el autismo, el aparato psíquico no existe. Por ello el autismo puede considerarse como una patología ‘pre-estructural’. Lo que hace existir al aparato psíquico es el hecho de que la madre done algo. La madre del niño autista está impedida […] tiene un impedimento, está trabada de hacer algo que la haga madre psíquicamente”.

Lo que la madre habrá de donar para que el hijo se incorpore psíquicamente (no basta con que biológicamente esté apto, no hay que dejar de insistir en esto) es su falta: dar su falta es hacer valer su orden al falo, el significante que la vincula a Otro más allá de su hijo.

Dicho de otro modo: el niño pertenece al lenguaje pero es la madre la que le donará la palabra que nombra. Para erguirse hace falta la palabra. Para que alguien “hable” (es decir, que haga uso del lenguaje y esté incluido en lo que dice) es necesario el falo que significa la palabra que hace que exista el deseo de devolverle a la madre la palabra.

A modo de viñeta clínica, podemos mencionar que una mujer refiere que su hijo de tres años de pronto empezó a mecer su cuerpo sin descanso atrás y adelante, evade el contacto visual, se aísla y empieza a pronunciar frases “que sólo él entiende” de manera incansable. Ella no entiende qué le pasa a su hijo. Hablando de ella, refiere que hace un año que está abatida por la muerte de un pariente amado, “no piensa en otra cosa”, y como un hallazgo en consulta expresa: “Me acabo de dar cuenta que cuando me enteré de esa muerte revivieron las fuertes fantasías de que mi hijo también muriera.” Ante esta asociación la angustia de la madre cede y el niño empieza a mejorar sustancialmente. La madre deja de dirigirse al muerto para dirigirse a su hijo: vuelve a desearlo, a nombrarlo.

Como vemos, el autismo está referido a la depresión de la madre (cuando no a su angustia). Esta lectura del síndrome autista no es sólo sostenida por el psicoanálisis, diversos autores, desde posturas distintas, como incluso ocurre con las cognitivo conductuales, le dan valor. Sin embargo, no llevan su intervención hasta las últimas consecuencias, como lo hace el psicoanálisis.

Para Lacan, según establece en su artículo “Dos notas sobre el niño”, “el síntoma del niño está en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar”. Si la madre se ausenta a nivel simbólico (aunque esté presente físicamente) no encontrará quién regule lo pulsional y además se estrecha la entrada en lo simbólico del hijo en tanto que no da lugar a la función paterna como vector de una encarnación de la ley del deseo.

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