Judith Schalansky
Este atlas es, como todos los atlas, el resultado de un viaje de aventuras y descubrimientos. Todo comenzó hace tres años en la sala cartográfica de la Biblioteca Estatal de Berlín, mientras caminaba alrededor de un globo terráqueo del tamaño de un hombre e iba leyendo los nombres de los minúsculos pedazos de tierra que aparecían dispersos sobre la inmensidad del océano. Su lejanía y mi desconocimiento supusieron una invitación para comenzar a investigar.
Cada una de estas islas me resultaba un misterio y una promesa, como aquellos espacios en blanco que en los mapas antiguos señalaban los límites del mundo conocido. Tenía la impresión de que el mundo aún no había sido descubierto por completo, como si nadie hubiera cruzado los mares rodeando toda la esfera terrestre. Me sentía casi como si me hubiera enrolado en un barco con la esperanza de ser la primera persona en avistar una tierra desconocida o desembarcar en una isla nunca antes hollada; y tendría además la oportunidad de escribir sobre mis descubrimientos en los atlas de la posteridad. Pero en realidad ha pasado mucho tiempo desde la época de los descubrimientos, ya se han acabado aquellos días cuando en cada viaje alrededor del mundo se encontraban nuevas islas y se bautizaban sus costas. La única posibilidad que me quedaba era emprender mi propio viaje en la Biblioteca, impulsada por el deseo de encontrar mi propia isla en mapas antiguos y raros, y en las crónicas de los primeros descubridores de lugares remotos. No me guiaba ningún afán colonialista, tan solo pretendía superar mi nostalgia por aquellos tiempos de aventuras.
En mi imaginación, estas islas eran un lugar paradisiaco y utópico; representaban además una aspiración, compartida probablemente por todos los humanos: la de encontrar el lugar perfecto, lejos del mundanal ruido, un espacio único para recuperar la tranquilidad, encontrarse a uno mismo y poder concentrarse, por fin, en lo que verdaderamente importa.
Sin embargo, en mi viaje no encontré ningún escenario idílico que calmara mi agitada existencia; todo lo contrario, en ocasiones deseé no haber descubierto algunos de estos lugares inquietantes y desolados, donde solo abundaban hechos terribles y completamente desdichados. Mientras descubría y redactaba, una a una, esas sombrías historias, comencé a beber ingentes litros de jugo de naranja para prevenir el escorbuto que tanto había afectado a los marineros protagonistas de algunos de estos relatos; y aunque en un primer momento me sentía bastante deprimida, acabé sintiéndome extrañamente cómoda y disfrutando de cada una de las historias.
Me sentía como ante una de esas pinturas del Juicio Final que cautivan la mirada del espectador con sus tortuosas representaciones del Infierno, repletas de bestias aterradoras y de descripciones minuciosamente detalladas de crueles técnicas de tortura. Sin duda este libro no muestra el Jardín de las Delicias; el Paraíso puede parecer idílico, pero no resulta nada interesante.
Preguntar sobre la veracidad de estos relatos no es pertinente, ya que no se le puede dar una respuesta definitiva. No he inventado ni un solo hecho de estas páginas, sino que los he encontrado todos ellos en narraciones de otros. Descubrí estas historias y las hice mías, como hacían los antiguos marinos con las tierras recién descubiertas. Puedo asegurar que he investigado todos los textos que componen el libro y corroborado en distintas fuentes cada detalle; pero aun así, no resulta posible saber con certeza si todo sucedió exactamente como es narrado, porque la realidad de una isla no se puede reducir a sus coordenadas geográficas y su historia, sino que hay que tener en cuenta también todo lo que se ha proyectado o imaginado sobre ellas. Investigar con métodos de verificación científica lo que sucedió en cada una de estas islas no será nunca suficiente, pero siempre nos quedan recursos literarios.
Este atlas no es, por lo tanto, un manual de geografía, sino un proyecto poético; y parto de la siguiente premisa: una vez que resulta posible viajar alrededor de todo el globo terráqueo, sólo nos queda un reto: permanecer en casa y descubrirlo desde allí.
Berlín, junio de 2011
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Reproducido de Atlas de islas remotas – Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré, Crítica, México, 2015.









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