PALIMSESTO
Davis Byrne
Cómo funciona la música, editado por Sexto Piso (México, 2014), es un excelente trabajo de David Byrne, el otrora líder de la banda Talking Heads, que habla de la hechura y la percepción de la música, así como su comercialización a través de los tiempos. Presentamos un fragmento de este inteligente libro, entre los muchos interesantes temas tratados por este erudito músico y compositor
He puesto en escena varias veces una instalación interactiva llamada Playing the Building [“Haciendo música con el edificio”], en la cual aparatos mecánicos hacen que la infraestructura de edificios vacíos emita sonidos, todo ello activado por un teclado que se invita a tocar a los visitantes. Pero estaba muy lejos de ser el primero en imaginar que edificios y recintos naturales podían ser considerados instrumentos.
El ingeniero acústico Steven Waller sugiere que las pinturas rupestres del sudoeste de Estados Unidos se encuentran a menudo en lugares con ecos y reverberaciones inusuales. Y, tal como sugiere Waller, la prevalencia de eco en estos sitios no es una coincidencia; el sonido fue el motor para designar un espacio sagrado. Él va más allá y propone que las imágenes representadas parecen a menudo tener correlación con el tipo de eco que hay, de manera que en lugares en que ecos percusivos pueden sonar como un ritmo de cascos, encontramos petroglifos de caballos, mientras que en otros sitios, que favorecen un eco más largo (como si las rocas hablaran), será más fácil que encontremos imágenes de espíritus y seres mitológicos.
Los sitios a los que Waller se refiere son todos naturales, pero los arqueólogos están también descubriendo que esos y otros efectos similares fueron creados intencionadamente por mucha gente. Una serie de artículos publicados en el National Geographic propone que hay interesantes conexiones entre la arquitectura precolombina, la música y el sonido.
Un sitio notable es el templo maya de Kukulkán, que forma parte del complejo de Chichén Itzá.
A los guías les gusta demostrar a los turistas cómo una palmada en la base de ese templo produce un sonido como “chir-rups”, el reclamo del ave sagrada quetzal, cuyas plumas son más valiosas para los mayas que el oro. El pájaro era considerado un mensajero de los dioses.
Dos grupos de ecos entran en juego para producir ese sonido de “schir-rup”. El “schir” proviene del grupo de pasos más cercano, y el “rup”, más grave, es producido por un grupo de pasos más distante y alto.
El ingeniero acústico David Lubman llevó a cabo grabaciones de los ecos y los comparó con grabaciones del pájaro encontradas en el laboratorio de ornitología de Cornell. “Encajaban perfectamente”, dijo. Luego trabajó con el director del Instituto Mexicano de Acústica, Sergio Beristain, que verificó el fenómeno en otra pirámide cerca de México D.F. Como era de esperar, produjo similares efectos de gorjeo, a veces con cambios de tono que abarcan hasta media octava. Es realmente como si un edificio cantara.
Los científicos han propuesto que otros sitios precolombinos también tienen propiedades acústicas. La arqueóloga Francisca Zalaquett cree que las plazas públicas mayas de la antigua ciudad de Palenque fueron diseñadas para que alguien que hablara o cantara desde un punto en particular pudiera ser oído a través de la plaza. El revestimiento estucado de los templos que rodean la plaza combina con la disposición y la arquitectura para ayudar a “transmitir” el sonido de una voz (o de instrumentos típicos de la época) en un espacio de igual longitud a la de un campo de futbol.
En Perú, en un sitio sagrado llamado Chavín de Huántar, establecido en fecha tan temprana como l200 a.C., hay un laberinto subterráneo cuya acústica, igual que sus tortuosos pasadizos, fue diseñada para desorientar al visitante.
El arqueólogo John Rick, de la Universidad de Stanford, piensa que los diferentes tipos de roca usados en esos túneles, junto con las múltiples reflexiones acústicas de los sinuosos corredores, puede hacer que la propia voz suene como si llegara “de todas las direcciones al mismo tiempo”. Cree que ese laberinto fue usado para rituales especiales y, como un escenario de teatro contemporáneo, la fantasmagórica acústica habría ayudado a preparar la escena. (Eso, más una dosis del psicodélico cactus de San Pedro local, con el que se piensa que sacerdotes e iniciados se embriagaban).
Parece que el efecto de la arquitectura en la música y el sonido puede ser recíproco. De la misma manera que la acústica de un espacio determina la evolución de la música, las propiedades acústicas —particularmente aquellas que afectan a la voz humana— pueden guiar la forma y la estructura de los edificios. Todos hemos oído hablar de salas de concierto diseñadas para que una persona cantando o hablando desde el centro del escenario pueda ser oída, sin amplificación, en la otra punta. El Carnegie Hall, por ejemplo, está tan centrado en este objetivo que no es particularmente adecuado para otros tipos de sonido; en especial, sonidos de percusión. Pero para la voz y para instrumentos que imitan la voz humana, tal ambiente ofrece la clase de espacio sagrado que los humanos han encontrado atractivo durante miles de años.








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