Pablo Manuel Rojas Aguilar
Raquítico y cargado de pulgas, el viejo perro moribundo aguarda a su amo sobre la podredumbre. Con su rabo casi sin fuerza, repele las moscas sucias que se abalanzan sobre su carne como carroña. La expresión de sus ojos cetrinos, mitigados por el abandono humano, reflejan entre los pliegues de sus pupilas un resplandor apenas perceptible de aquellos días felices, persiguiendo cabras agrestes entre las honduras del espeso bosque, y de las manos del hombre que lo crió y, tiempo después, abandonó para ir a ingeniar ardides eternos y cubrirse de gloria infinita… La hermosa figura del cazador canino, que siempre atrapaba su presa, es ahora sólo un recuerdo de la memoria humana, si es que alguien aún lo recuerda.
Pero el perro no entiende de abandonos ni de traiciones y cada día mira el océano que se llevó a su amo, mientras agoniza de manera lenta, alimentándose de estiércol vacuno (que además le sirve de lecho) y recibiendo múltiples puntapiés en su resquebrajado vientre. Su movimiento es cada vez más torpe, su ladrido más imperceptible… Nada de esto importa, el can espera, meneando la cola, al hombre que lo alimentó de cachorro con su mano, aunque éste ya ni siquiera recuerde su nombre.
¿Cuántas humillaciones más deberás padecer, fiel Argos, para reencontrar a tu divino amo?, ¿cuántos años más avanzarás hacia la muerte, esperando reconocer ese olor que te hará doblar las orejas para mitigar tu sufrimiento?
La noche previa a su muerte, la diosa de los ojos de lechuza ha suspirado un murmullo indescifrable para las orejas del agónico perro:
“Querido Argos, las tibias olas ya traen a Ulises”.









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