Juan Pablo Valdez
a Brissa Celeste
Esa tarde de 1997, Jacobo y yo quisimos ver el cometa Hale-Bopp pasar. Él venía preparado con su cámara. A mí me compró un papalote blanco, pequeño, con forma de rombo. Era muy sencillo en su conformación. Tan sólo papel, palitos y pegamento. Luego fuimos al gran mosaico multicolor de la ciudad, ese que parece la piel ondulada de una mujer. En los extremos, unos grandes postes metálicos sirven para iluminarlo. El parque que lo rodea está repleto de yucas muy altas que apenas dan sombra. Y ahí estábamos; yo tenía 8 años, él, 43.
—Pero tienes que correr para que empiece a volar —me aconsejaba.
—Suéltale más el hilito.
—Espera a que haga un poco más de viento.
En eso, el papalote se sintió cohete. Quizás invadido por una especie de omnipotencia, quiso volar hasta las nubes que se empezaban a formar; pero como buen jinete que sabe sujetar las riendas de su pegaso, apreté hacia mi pecho el rollo de hilo, porque creía que si no lo hacía terminaría escapándose. Era una sensación en el estómago, quizás parecida al vértigo, como cuando miras hacia abajo y te imaginas cayendo al vacío. Sólo que en sentido contrario. Él se rió de mi inocencia; yo, en cambio, empezaba a asustarme. Quería soltarlo y no. Me sudaron las manos y mi temor aumentó.
—Ya no quiero agarrarlo, tómalo tú —le pedí a Jacobo. Él se encontraba a unos diez metros de distancia.
—¿A poco ya no quieres? —respondió.
—No, ya no. Quiero hacer otra cosa —contesté mirando hacia el suelo, con los ojos rojos. Él volvió a reír, se acercó a mí y tímidamente me abrazó. Sin embargo, yo quería que me apretara más. Así que se lo dije:
—Apriétame —y como quien no entiende la verdadera intención de unas palabras, pero trata de comprenderlas, me jajó hacia su pecho, quedando mi cuello en una mala posición, con la que, naturalmente, me sentí incómodo. Traté de zafarme y en ese instante el débil rollo cayó al suelo, el papalote subió y subió. Los dos quedamos estupefactos, no por el papalote, sino porque veíamos ya la bola imparable con su velo arenisco acariciando el firmamento. Tratamos de no hacer ruido, como si aquello ejecutara una melodía secreta. Silencio. Silencio. Silencio. Me olvidé de toda mi angustia y vi que mi papalote se acercaba en zig zag al cometa, el cual llevaba más bien un paso firme. Jacobo se apropió del momento tomándole una foto.
Meses antes de dicho paseo, mi padre había fallecido. La noche que murió, soñé que la nieve cubría los campos de cultivo. Su caballo, de un blanco brillante, me miraba a lo lejos y se dirigía hacia mí sin desviar por un minuto sus ojos abismales. Estando cerca, relinchó tratando de pedirme que lo montara. Sentado sobre su lomo, me llevó lentamente al centro de los maizales donde elevó su cuerpo con sus patas delanteras para que mirara al cielo, cosa que evité apretando fuertemente mis párpados. El caballo empezó a volar y desperté conmocionado por la intensidad del temor que aquello me producía, el mismo temor que con el papalote.
Jacobo es hermano de mi madre. Ha estado algunas veces internado en el psiquiátrico porque ve personas que otros no, y le piden que se haga daño. Yo sí le creo. También los he visto. Ahora está más tranquilo, creo que las pastillas le han ayudado. No tiene esposa, pues prefiere su soledad. A los seis años perdió a su madre cuando daba a luz a un niño que nunca nació. Un año después de ver a Hale-Bopp en su perihelio, mi mamá me llevó a visitar a mi tío Jacobo. Desafortunadamente, no estaba ahí. Sin embargo, al asomarme a su alcoba por la ventana que da a la calle, logré observar sobre su mesa de noche, la foto del papalote siguiendo al cometa.









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