Ivonne Vira
Acabo de recordar a uno de mis compañeros de clase, en realidad era una clase a la que acudíamos los que no terminábamos de aprender lo que habíamos visto en la mañana. Clases de regularización, les llamaban, ahora les dicen taller de tareas. A veces me divertía, otras no tanto.
Una tarde llegó uno de mis vecinos, era un niño pequeño al que le gustaba molestar a los demás; no era malo, pero no sabía jugar: se quejaba por todo. Aquel día la maestra le hizo una serie de pruebas para ver qué había que trabajar. Todos los demás hacíamos lo nuestro; yo estaba intrigada. En matemáticas iba a necesitar muchos ejercicios. Pensé que la lectura iba a ser pan comido para él; no fue así. No sabía leer. Distinguía entre vocales y consonantes, pero cuando estaban juntas se confundía. Así se nos fue la clase. Cuando su mamá llegó la maestra le informó, como a todas la mamás cada vez que un niño nuevo llega, que su hijo era listo, sólo necesitaba un poquito de ayuda para entender algunas cosas. La invitó a pasar para que revisaran lo que iban a trabajar. Cuando la señora me vio entró en pánico, le dijo a la maestra que ya era tarde, que tenía que irse. Su hijo guardó sus cosas y se fueron. Me pareció extraño, la maestra me revisó mis ejercicios, me corrigió y me dejó ir a casa. Al siguiente día mi vecino no fue. Nunca regresó, y la señora nos evitaba. Después, cuando le conté lo que había pasado a mi mamá, no le dio gran importancia, pero me hizo ver lo mucho que esas clases me habían ayudado. Al inicio yo también estaba algo perdida.
Aprendí a leer a los siete años o eso es lo que me gusta creer. Quizás aprendí después. Yo también tuve problemas: las consonantes a un lado de una vocal no perdían su sonido, pero tampoco podía compartirlo con su pareja, eso creí por mucho tiempo hasta aquel día en que la maestra dijo que íbamos a leer todos juntos. Tuve miedo, pero también era hábil para salir de situaciones complicadas. Bastaba con escuchar lo que decían los demás y repetirlo lo más rápido posible.
No hubo necesidad de la farsa. Comenzamos a leer; no llegamos ni a mitad de la página cuando el grupo tuvo que guardar silencio. Maribel, una de mis compañeras, fue la única que continuó leyendo sola. Creo que no había notado que su voz era tan bonita, tampoco sabía que leía tan bien. Me sentí maravillada, había escuchado a la gente leer en voz alta, pero ella tenía un don especial. Quise ser ella, mejor, leer como ella.
Terminó la lectura sola. ¡SOLA! ¡A los seis años! No lo dudó ni un momento. Todos los demás guardamos silencio, la miramos y la escuchamos con atención. Me gustaría poder recordar qué pasó después, pero no puedo. He hecho muchos intentos y nada llega a mí.
Ahora la gente me pregunta cómo me acerqué a la lectura, por qué me gusta. Tengo una historia, la real, la que sí comparto, pero también está la que me inventé y quise hacer pasar como la real. Cuando alguien me pregunta, yo suelo decir que ha sido ella quien me ha enseñado a leer, quizá no sacrificó sus recreos ni tomó un gis y me dijo: mira esta es una “a” y es diferente de una “b”, porque no lo hizo, pero siempre me ha gustado fantasear que así ha sido. Digo sin pena que ha sido ella la que me ha enseñado a leer. Si hoy tuviera contacto con ella le preguntaría si puede recordar aquella tarde que a mí me ha marcado, quizás ella lo olvidó.
Lo que sí puedo recordar perfectamente es el color del sol entrado por la ventana. Su cabeza empinada en el libro. Su voz avanzando rápidamente, pero de manera clara. Las demás voces de los niños de la clase callando poco a poco. Yo deseando ser ella. Yo mirando las letras e intentando seguir su ritmo. Veo las ilustraciones del libro. La lección era de dos burros, eso también puedo recordarlo. Me dan ganas de buscar entre mis libros aquella lección, pero esos recuerdos fueron desechados hace años.
—Los libros de la primaría no sirven para nada —me dijeron sólo para convencerme para hacer un poco de espacio.
No me da pena, ninguna historia me da pena. Todos hemos confundido los números al hacer cuentas, todos hemos olvidado cómo se escribe una palabra, pero no por ello borramos parte de nuestra vida.









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