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Crónica 0

Anita: Una crónica de los años cincuenta

· septiembre 18, 2020

Agustín Aldama

 

Todos los días vienen a mi mente una gran cantidad de pensamientos acerca de lo que fue la vida antes y cómo será después de este encierro, cuando volvamos por fin a la “nueva normalidad”. Los peores pensamientos son esos que se concentran en el futuro, pues parece que los tres meses de confinamiento debido a la pandemia no tendrán fin y que se irán alargando sin cesar, tal vez, hasta el próximo año.

Hay días en los que el reloj parece detenerse, y me desconsuela pensar que el día siguiente sea igual al de hoy o al de ayer. Se nos dice que lo importante es mantener el cuerpo sano y la mente en equilibrio. En las redes sociales abunda información de ese tipo. Pero se dicen tantas cosas que uno ya no sabe a qué atenerse.

Yo, en lugar de pensar en lo negativo del encierro obligado, he descubierto el maravilloso hecho de disponer del tiempo suficiente para organizar papeles, libros, hojas, separadores… En fin, todas esas cosas que uno va acumulando con el paso de los años. Para ello, qué mejor que ordenar el cúmulo de fotografías impresas que el destino me ha encomendado resguardar y que se encuentran amontonadas en diferentes cajas, álbumes y bolsas.

En su mayoría son imágenes que en algún momento tuvieron un orden de acuerdo al árbol genealógico o al acomodo que se les dio por el lugar o el momento en que se tomaron. En la actualidad, el tiempo y el desdén han provocado un verdadero caos, donde los amarillentos retratos de los abuelos, en blanco y negro, se empalman con algunas fotografías muy posteriores, otras no tanto, tomadas a color, y algunas ya arrugadas o rotas.

En general son impresiones fotográficas que recuerdan una ceremonia, algún reventón mío con los cuates en la playa, viaje o día de campo, inclusive con varias que intentaron ser artísticas. Mientras las miraba me detuve a reflexionar sobre algunas imágenes de mi infancia en las que aparece Anita, la joven sirvienta que, entre otros quehaceres, se encargaba de cuidarnos a mi hermano mayor y a mí, razón por la que la llamábamos “nana”.

La queríamos mucho porque jugaba con nosotros. Recuerdo esos días cuando llegaba la muchacha que nos proveía la leche y que, con su perra, jugábamos a las escondidillas entre los muros y cuartuchos que faltaban por derrumbar, reducto de la antigua vecindad que mi padre y su hermano compraron a unos judíos en el centro de la Ciudad de México con la intención de construir departamentos para rentar. Al principio solamente construyeron, al fondo del terreno, los dos primeros en los que vivimos ambas familias.

Algunas veces, Anita nos llevaba al Jardín de San Sebastián, donde jugábamos a la roña y nos compraba manzanas acarameladas. Y cómo olvidarme de los burritos o panchos de masa con mantequilla que nos preparaba con tal de que comiéramos debidamente. Durante Semana Santa, llegado el Sábado de Gloria, no podíamos faltar a la quema de los Judas que se tronaban en las calles, especialmente el Judas enorme que colgaban frente a los cines de nuestro entorno: el “Acapulco” y el “Florida”.

Ese departamento era como un mundo aparte, aislados de lo que sucedía afuera, en la calle o en el barrio. Un barrio que, aunque estaba en el centro de la Ciudad de México, no era de lo más recomendable que digamos, pues más allá de nuestro pequeño universo con Anita, papá, mamá y mi hermano, estaba, en la misma calle en la que vivíamos, el club nocturno Chamberí, que atraía a drogadictos, pandilleros y prostitutas que iban a bailar ahí y que deambulaban en los alrededores. Con el tiempo nos daríamos cuenta que muchos de nuestros vecinos resultaban ser gente muy importante y valiosa. Pero dentro, en nuestro departamento, nada de eso empañaba nuestra vida. Fueron días en que, por las tardes, mientras Anita planchaba, mi mamá nos leía en voz alta libros como El Mártir del Gólgota, Eugenia Grandet, o toda la serie de El puente de los Suspiros. Además, mi mamá nos enseñó algunas canciones que los cuatro cantábamos a coro. La que más recuerdo es “La enramada”, en la versión del trío Los 3 Ases.

Mi mamá también quiso mucho a Anita. Siempre comentaba con sus amigas lo afortunada que era al tenerla a su servicio, lo bien que lavaba y planchaba. La honestidad de nuestra Anita se volvió célebre desde la ocasión en que cuando, por alguna circunstancia, no le alcanzó el dinero para el gasto a nuestra mamá, Anita le dijo, con una sonrisa, que no se preocupara, que viera lo que había en la base del cajón de la cómoda, debajo de la ropa. La base de madera del cajón estaba tapizada de todas las monedas que le sobraban de los mandados que hacía y que no le eran reclamados.

Pasados unos años, nuestra nana se enamoró de un empleado del negocio de mi papá al que llamaban “El Güero”, un hombre muy inquieto y seguramente bien parecido, pues recuerdo que las muchachas se quedaban viendo cómo despachaba la carne o cómo picaba la cebolla y el cilantro. Anita no era muy guapa que digamos, pero eso sí: a pesar de su seriedad, se asomaba cierta coquetería delatada por sus sonrojos. Debió haber tenido un cuerpo sensual y, asesorada por mi mamá, abandonó las trenzas por el permanente que en ese tiempo se usaba; y ya sin huaraches, sus piernas lucían atractivas. A lo mejor el Güero no estaba lo suficientemente enamorado de ella, pero como decían los hombres de su edad, sus compañeros del trabajo, ya necesitaba casarse para tener quién le hiciera pie de casa, o sea requería de una mujer que lo atendiera.

Cuando llegó el momento de que se casaran, mi mamá les organizó una solemne ceremonia religiosa. Vestida de blanco, según dijo, como correspondía a una señorita decente, con sus respectivos padrinos y con sus cuatro damas. A la boda asistieron, en su mayoría, amigos y familiares nuestros, como atestiguan las fotografías, algunos de ellos conmovidos, otros con cierto morbo y no faltó la burla de una que otra tía solterona.

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Yo también aparezco en las fotos de la boda, al lado de mi madre y de mi hermano. Cuento la edad de seis años y me veo feliz, estoy sonriendo, no me doy cuenta que ese hecho significaba no volver a ver a Anita. Después de ese día, pasó mucho tiempo antes de que volviera a saber de ella. Los recuerdos propios y fotográficos se agotan, y fue hasta hace poco que, gracias a una prima mayor que yo, que posee una excelente memoria y que es el referente número uno de cuanto acontecimiento sucede en torno a la familia, me enteré de lo que le sucedió a Anita años después.

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Quién diría que con el tiempo Anita terminaría internada en un hospital psiquiátrico por atacar a sus hijos, olvidada por su esposo y, finalmente, desaparecida en alguna de sus escapadas del manicomio. A veces me la imagino sentada en una banqueta o tirada en la calle al despertar después de una noche fría llena de ultrajes, buscando entre sus pertenencias algo para comer. Motivado por esa historia, recordé varios hechos y circunstancias dignos de mencionarse. Como aquel bochornoso día, el cual recuerdo muy bien a pesar de mi corta edad, en que al regresar mi madre del mercado, encontró a Anita enfurecida, con un cinturón en la mano, tratando de golpearnos a mi hermano y a mí. Estábamos en la zotehuela, debajo del lavadero justo detrás de la columna de cemento que lo sostenía, evadiendo los golpes de la sirvienta.

No es preciso comentar la sorpresa y la reacción de mi madre. No la golpeó, pero poco faltó para ello. Al arrebatarle el cinturón le preguntó la razón de su atrevimiento, a lo que ella argumentó que quería castigarnos por alguna travesura nuestra, actividad en la cual éramos expertos. Pobre Anita: le escondíamos la plancha, nos acabábamos los cerillos, necesarios para prender la estufa, haciendo cohetes con el papel aluminio que traían los cigarros, por lo que no podía preparar la comida. Como consecuencia de eso, a ella le tocó alertar a los vecinos la vez que incendiamos el cuarto donde se guardaban las puertas y vigas de la antigua vecindad. Hubo que llamar a los bomberos. Pero fue ella, también, quien nos escondió debajo del ropero cuando, en esa ocasión, mi mamá nos buscaba con el cinturón en la mano. En fin, tantas travesuras y chanzas le jugamos que hasta he llegado a pensar que nosotros desatamos parte de su locura.

Lo que decidió mi madre, tras el merecido regaño, fue mandar a llamar a la suya para que se la llevara. Al poco tiempo, sobre todo atendiendo a nuestras súplicas, regresó a trabajar en la casa. La queríamos y estábamos tan acostumbrados a ella que mi hermano mayor y yo no quisimos comer durante su ausencia. Ingenuamente se consideró que su actitud se debió a su inmadurez y a su ignorancia, pero en ningún momento se pensó que su exagerada reacción podía tener otra causa.

Recuerdo también el comentario que en alguna ocasión hizo mi hermana, quince años menor que yo, sobre la última aparición que hubo de Anita en la casa. Me platicó que cuando ella tenía seis años, una tarde al terminar de comer, mientras Enedina, la sirvienta en turno, recogía los platos de la mesa, de pronto llegó una mujer nunca antes vista por ella. Al hacer a un lado los cabellos enmarañados sobre su cara, las sorprendió con la mirada dispersa que proyectaban sus pequeños pero aguzados ojos, como tratando de ubicar en su mente la cotidianidad del pasado con las nuevas circunstancias. Ya tenía la mirada perdida de los locos, de esos locos que buscan en los rincones el brillo de lo que ya se ha ido. Se mordía los labios y miraba nuestras caras, la ventana, el desorden de la mesa, mascaba chicle o algo parecido…

Si Anita llegó hasta ahí, era porque en ese tiempo resultaba normal dejar las puertas de par en par, tanto de la entrada del patio como la del departamento. Antes de decir algo, empujó a un lado las sillas que estaban alrededor de la mesa, frente al lugar en el que se encontraba mi hermana, dejó caer una bolsa de gran tamaño, de la cual sacó varios montones de tortillas y enseguida un enorme cuchillo. En ese momento, tras la parálisis del primer impacto, el impulso que tuvo la sirvienta fue abrazar a mi hermana Rosana y salir corriendo; pero se dieron cuenta de que al hacerlo tendrían que pasar a un lado de la extraña mujer. Para su fortuna, la desconocida, al mismo tiempo que tomó montones de tortillas, comenzó a cortarlas en pequeñas tiras con su cuchillo y habló por primera vez:

—¿Dónde está la señora Angelina? —Enedina y mi hermana pudieron respirar aliviadas, pues supusieron que aunque esa estaba loca de remate, por alguna razón conocía a nuestra madre. Temblorosa, la sirvienta, haciendo un esfuerzo para poder hablar, le dijo que la señora había salido de compras.

—Soy Anita. Aquí trabajo pero me tengo que ir. Le voy a dejar un recado a la señora, le dicen que luego vengo. —Del fondo de su deteriorada bolsa sacó un cuaderno doblado y sin pastas, tomó de nuevo el cuchillo para sacarle punta a un lápiz que traía metido en el resorte del cuaderno y se puso a escribir algo. La sirvienta aprovechó ese momento para tomar de la mano a mi hermana y salir corriendo a refugiarse en la casa de la vecina. Desde la ventana de doña Elvira vieron cómo la mujer salió con sus cosas. Al entrar al departamento y tratar de leer el mensaje, se dieron cuenta de que eran sólo garabatos. La pobre era analfabeta.

Dando un orden a las fotografías captadas donde aparece Anita, procuré hacer un ejercicio biográfico con el objeto de entender su trayectoria y analizar en lo posible el desenlace de su vida. Me encontré la foto en que aparece una señora sonriendo y caminando con su esposo. Fueron ellos íntimos amigos de mis padres, quienes llevaron a Anita con nosotros. La habían traído de su pueblo para que trabajara en su casa, pero resultó que regresó la sirvienta que tenían anteriormente y no podían emplear a las dos. Decidieron dárnosla. Así eran las cosas en aquel entonces: la gente del pueblo llegaba con una familia y esa familia podía dársela a otra y luego a otra.

En una de las fotos más antiguas, en la que aparecemos todos juntos, al centro está mi hermano, de aproximadamente tres años, y yo de un año o menos. A los lados nuestros padres, también sentados, y en el respaldo de la banca Anita, como custodiándonos, pero al mismo tiempo como si estuviera siendo utilizada solamente para enmarcar la foto.

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Gracias a mi prima Anís, así le decimos a la que nos refiere santo y seña de lo que ocurre, me enteré que conforme pasaba el tiempo, Anita se fue quedando callada. No hablaba casi para nada. Mi abuela se dio cuenta que a medida que nacía un nuevo hijo se incrementaban sus problemas mentales. Después de cada parto se fue poniendo más y más agresiva, al grado de que tenían que intervenir a cada rato, pues escogió a una de las hijas como víctima, a la cual golpeaba sin razón aparente. Se quejaban con el marido de la situación. Él aseguraba que la llevaba al doctor y que estaba en tratamiento. Anita comenzó a salir de su casa sin avisar, apareciendo días después sin comentar a dónde había ido. El problema aumentó tanto que tuvieron que internarla en un hospital, al principio por unos días, pero después por varios más. Cuando estaba en el departamento, las golpizas a los hijos continuaban en mayor medida, especialmente contra una de ellas. El colmo fue cuando, ante un gritadero de los hijos más grandes, mi abuela se enteró que había atacado al más pequeño con un cuchillo. Le dejó una marca en el vientre. Una de mis tías dijo que era una “A” garigoleada. Cuando mi mamá se enteró de lo que había pasado, les tuvo que confesar que Anita no sabía leer ni escribir. Tanta boda, dijo mi abuela paterna, mucho vestido y hasta damas de honor, pero nunca la metiste a la escuela nocturna. Creció como una burra y por eso se volvió loca.

Ante esa situación, la abuela y mis tías decidieron pedirles la casa, pues no obstante que dedicaban gran parte de sus vidas a la iglesia y a los rezos, no quisieron involucrarse en responsabilidades ajenas ni en demandas o líos con hechos de sangre. Cuando se fueron, le dieron al Güero el dinero de la renta adelantada del mes que aún no se cumplía, una Biblia y un frasco con agua bendita. “Leésela cada noche, cuando se ponga mal. Señálale una cruz con agua bendita en la frente. Confía en Dios y no la dejes sola”, le recomendó una de mis tías.

El Güero cargaba todas sus maletas. Los niños se veían tristes y solos, abandonados a pesar de que iban al lado de sus padres. Anita sólo llevaba su cuaderno entre las manos, y mientras se alejaba iba hablando sola, torcía la boca y, de vez en cuando, masticaba la punta de su lápiz. Quién sabe qué cosas quería decirles o recordar; quién sabe qué secretos o abismos deseaba dejar grabados en su cuaderno.

Con el tiempo, se enteraron que el Güero dejó de visitar a Anita en el hospital y que un día que lo mandaron a llamar para decirle que su esposa se había perdido, ni siquiera lo encontraron. Por eso me la imagino así, sucia y descuidada, pero viva; con su cuaderno lleno de secretos que nadie entiende, o con dibujos como los que nos ayudaba a hacer a mi hermano y a mí, por las tardes, mientras planchaba la ropa.

 

AGALOR

 

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