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03 Brother.
Tinta Insomne 0

Ángeles desvanecidos

· junio 28, 2019

Fabiola Morales Gasca

 

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban más de las trece. A diferencia de Winston Smith, que iba con la barbilla clavada en el pecho evadiendo el molestísimo viento, yo iba observando hacia arriba, hacia la esquina de mi cuadra, donde estaban dos técnicos instalando cámaras de seguridad. Eso fue hace casi un año y medio o dos. Estas cámaras a pocos metros de la casa me hicieron recordar escenas del libro 1984, de George Orwell.

Me sentí incómoda, invádida en mi privacidad, pero también comprendí que el Estado estaba cumpliendo con la responsabilidad de vigilar el bienestar de los ciudadanos. El tener cámaras instaladas por toda la ciudad es un leve precio que se tiene que pagar por la seguridad ciudadana, concluí. No pasaron muchos meses cuando asaltaron la casa de un vecino y una pequeña escuela a plena luz del día. Las cámaras, por fortuna en este caso sí ayudaron a detener a los delincuentes, quienes ya se daban a la ágil fuga por la autopista. Me sorprendí ver en las noticias que varios de estos “presuntos ladrones” capturados eran jóvenes, entre ellos un menor de 16 años. Varias preguntas surgieron: ¿Se están agotando más y más las posibilidades de mejores formas de vida a las nuevas generaciones, que tienen que asaltar para sobrevivir? ¿O es que acaso a los jóvenes les gusta el dinero fácil? Y lo más trascendental: ¿Qué está haciendo el Estado para garantizar una mejor vida a sus ciudadanos?

George Orwell describe en 1984 una distopía, una dictadura que oprime a la humanidad y que en aquellos años correspondía, sin duda, al comunismo. El Big Brother de 1984 hoy se queda pequeño frente a la televisión, computadoras y “celulares inteligentes” que nos acompañan cada día en nuestras labores cotidianas. El Ojo del Gran Hermano fue creado para vigilar cada acto de los ciudadanos, pero sobre todo para educar y controlar. Así que la invasión a la intimidad, terrorífica en esta obra, es ahora toda una realidad. Orwell afirmó: “La televisión y el adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir simultáneamente en el mismo aparato, terminó con la vida privada. Todos los ciudadanos […] podían ser tenidos durante las veinticuatro horas del día bajo la constante observación de la policía y rodeados sin cesar por la propaganda oficial, mientras que se les cortaba toda comunicación con el mundo exterior.”

Muchos han deseado cerrar los ojos a este estado de control y violencia que ha imperado en México durante los últimos sexenios presidenciales. Y me apena afirmar que yo entre ellos, hasta que, hace algunos años de mala forma nos enteramos en la familia que un amigo y compañero de la universidad había sido asaltado y asesinado en su propio domicilio. Fue triste enterarnos de esta noticia, pero lo más terrible fue conocer que sufrió tortura antes de su muerte. Si tan sólo hubiera sido el tiro de gracia, eso nos hubiera consolado. Golpe fulminante para nuestro ideal de Puebla como estado seguro.

Es imposible no emitir opinión alguna ante la situación que vivimos. Los poblanos hemos tenido la fortuna inmensa de ondear una bandera blanca durante años. Siempre hemos alardeado de tener un buen estado y de ser un refugio para otros donde la violencia ha teñido todo de muerte y dolor. Es lamentable decir hoy que no. Desde el sexenio pasado, en Puebla no hay día que no recibamos malas noticias del vecindario, los amigos y familia sobre algún atraco o situación relacionada con el crimen organizado. Secuestros, asaltos a mano armada en autobuses, asalto a transeúntes, feminicidios y una larga lista de fechorías es lo que nos rodea. Cada vez que subimos al transporte público tenemos miedo. No sabemos en qué momento exacto, alguien tan parecido a nosotros, sacará un arma y nos apuntará para quitarnos las modestas pertenencias, baratijas, que llevamos al trabajo o a la escuela.

El progreso tecnológico que en apariencia hay en la famosa novela 1984, nos susurra que no estamos muy lejos de ese mundo dibujado por George Orwell. El Big Brother tiene a todos controlados, cercados con información alterada, a fin de evitar el pensamiento crítico. La neolengua, que sustituye a la antigua, tiene por objetivo dominar el pensamiento de los miembros del Partido, hacer imposible el cuestionamiento y busca evitar a toda costa que la población piense en la libertad. Por ello la ignorancia es una valiosa herramienta de control en la distopía 1984. Adoctrinar e impedir un pensamiento lógico es un elemento importante de dominio, no sólo en esa novela, sino en nuestra sociedad. Libros, ciencia y arte son un peligro en 1984 y en México. Por desgracia, también la violencia como forma de control es permitida.

“La ignorancia es la fuerza, la libertad es la esclavitud, la guerra es la paz”, lema del Partido que impide cuestionar, analizar, pensar de manera objetiva y crítica saltó de las páginas de Orwell para pigmentar nuestra realidad. Vivimos como personajes secuestrados en un río incesante de imágenes y sonidos que contribuyen en gran medida a alejarnos del conocimiento y la reflexión. Ya el historiador y escritor israelí Yubal Noah Harari nos ha advertido que “la tecnología puede favorecer la tiranía”, y agregaría que hasta la violencia. Desigualdades, exclusión e ignorancia en raudales provocan gran parte de esta situación exacerbada que afrontamos.

“¡Nos acaban de asaltar! Un hombre entre treinta y cinco o cuarenta años con una sudadera negra sacó una pistola y amenazó. Un joven alcanzó a esconder algo pero el asaltante se dio cuenta y le apuntó directo al rostro exigiéndole, con malas palabras, que le diera todo. Yo tenía terror, pedí a Dios que le diera todo; no quería que la sangre del joven sentado a mi lado me salpicara.” Eso me contó una mujer con lágrimas en los ojos cuando tomé una combi frente a la central de autobuses. A pocas cuadras se halló una patrulla, pero poco se podía hacer, de acuerdo con los comentarios de los oficiales. Sólo restaba meter una denuncia. Los pasajeros, ante la ineficiencia de las autoridades, se negaron a perder el tiempo. Como muchos, he sufrido robos, tengo miedo de salir y caminar de noche por mis rumbos o en nuestro Centro Histórico.

Los habitantes de esta bella metrópoli nos desvanecemos como ángeles. Nos evaporamos en una ciudad líquida de violencia, crimen y asalto constante. Somos aire, nada, átomos en una ciudad que desde hace años dejó su luz en manos del diablo. Hoy ni los santos patronos no salvan del vacío que habitamos. Escribir estos párrafos no resuelve nada, pero al menos sirve de liberación a la presión psicológica que la mayoría de nosotros cargamos. Todos, o al menos la mayoría, hemos experimentado en los últimos meses estas ráfagas de violencia. La mayoría vivimos con la angustia de ser asaltados. No queremos más violencia. Queremos dormir en paz. Queremos que nuestros hijos caminen tranquilos por las calles y no queremos llevarlos a terapia para sacar sus temores nocturnos de semanas una vez que han intentado asaltar la casa. Muchos deseamos doblegar este sórdido susurro de vergüenza, miedo e impotencia de esta Ciudad de Ángeles doblegada por manos criminales.

Alguno de nosotros ya hemos tenido que llorar al hermano, al amigo, al vecino, hijo o familiar porque ha sido blanco fácil de la delincuencia organizada. No sólo es el robo: es la ansiedad, la depresión, la impotencia, el insomnio, el miedo lo que nos queda por superar. Está también la evasión y la ignorancia en la que muchos todavía viven. Si no vemos la realidad y la afrontamos de manera conjunta no habrá posibilidades de cambiar nuestro entorno y sociedad.

En 1984 se esboza una sociedad servil y controlada: “No habrá risa; no habrá arte; ni literatura ni ciencia; sólo habrá ambición de poder, cada día de una manera más sutil.” En contraste, nosotros debemos considerar ésta la hora de soltar un poco nuestros celulares y tomar libros, hablar con nuestros vecinos, compañeros de trabajo o de escuela; no dividirnos por criterios vanos, porque la mayoría en esta sociedad sufrimos la violencia e inseguridad. Es tiempo de dirigirnos a la literatura, la ciencia y el arte. Es hora de afilar nuestro criterio, disgregar con inteligencia la verdad y la mentira, pero, sobre todo, quizás lo más complejo: volvernos sensibles y empáticos, asociarnos con los otros, no desconocer que somos células del mismo sistema. Orwell escribe: “Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.” Que ello no ocurra, para la supervivencia de esta majestuosa ciudad.

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