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Ángeles caídos

· marzo 23, 2016

Fabiola Morales Gasca

 

¿Has sentido que la vida te golpea tan fuerte y tan rápido que cuando te das cuenta ya estás tirado a mitad de la calle? La velocidad de la luz te ha noqueado y te ha caído el veinte demasiado tarde. Te has sentido como un ángel arrojado del cielo y ahí tirado, en la inmundicia del terrenal mundo; ya no sirve de nada maldecir, gritar, llorar, desgarrar la ropa. Ya todo está hecho. Ahora sólo te ha quedado aprender la lección del fracaso. Y la vida es eso, un continuo aprendizaje de las lecciones fracasadas.

Ese golpe certero que te manda a la más profunda caída te lo provoca la narración del libro La velocidad de la luz, donde el autor, Javier Cercas, mezcla la caída de dos hombres. Y es ése el encanto de su obra, que es un libro de hombres en el más amplio sentido de la palabra, no sólo por el género. Aquí hay hombres cuyos miedo, debilidades y remordimientos se muestran activamente sin recato alguno a lo largo de la narración. Es un libro sobre los errores y desaciertos, no sobre la perfección.

Marcos Luna, quien es pintor y el protagonista, un aspirante a escritor, inician el relato con los sueños de juventud, donde fama y fortuna son elementos que todo artista idealiza. El encuentro casual con un catedrático de la universidad lleva al protagonista a recibir una invitación a cierta universidad americana para dar clases. Bajo la premisa de que todo escritor debe viajar, ver cosas distintas, conocer personas y leer muchos libros nuestro aspirante a escritor acepta ir a la pequeña ciudad de Urbana.

Debilidades, errores y desaciertos son cosas que ocurren en todos los niveles de la creación. Lucifer fue un ser perfecto rodeado de luz y de belleza hasta que se halló iniquidad en su corazón y fue lanzado del cielo. La soberbia fue el mayor pecado de este ángel caído. La debilidad del yo lo venció. El Génesis narra otras historias de ángeles fracasados: “Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas. Y dijo Dios: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne.”

Resulta interesante observar que si bien las traducciones se prestan a varias discusiones sobre el exacto significado de hijos de Dios, muchos confirman para éste el significado de ángeles. Ellos se fijaron en los cuerpos humanos y descendieron para copular con mujeres; el precio de esta debilidad, como se nota en la última sentencia, es estar lejos del espíritu de Dios. Hay que hacer notorio que las debilidades ocurren en todos los niveles del universo, como parte de la enseñanza en la vida humana o celestial.

Si los ángeles, seres perfectos de luz, son vulnerables, cuán mayor razón los hombres comunes, aquellos de carne y hueso, llenos de vicios y debilidades que sucumben ante la menor tentación. Las debilidades humanas (y quizás también las angelicales) son rasgos de la personalidad que nos llevan a sentir aflicción, desesperación o angustia. Estos hábitos, pensamientos y conductas se construyen desde el interior de cada persona y la mejor de manera de combatirlas es buscando su contraparte, las fortalezas. Hay diversas áreas de la psicología que se encargan de eliminar las debilidades a través de buscar las fortalezas correspondientes.

El tema de debilidad es muy extenso: todos somos vulnerables a nuestros propios fantasmas, a nuestras incapacidades que creemos imposibles de enfrentar. Si existe una debilidad es por la carencia de una fortaleza. Sólo a través de nuestra mente, de lo que pensamos y sentimos podemos enfrentar la vida y sacar las debilidades que nos atormentan. Fácil de decir, pero muy difícil de ejecutar.

Javier Cercas reflexiona sobre la vulnerabilidad de todo ser humano, centrándose en los tormentos de la culpa, en las sombras del pasado, en la violencia y sus diferentes formas, en el cotidiano error de juzgar a otros sin conceder en lo más mínimo el espacio para reconocer las circunstancias que llevaron a actuar de cierta manera y una larga lista de defectos que la mayoría de los seres humanos experimentamos. La amistad y la creación literaria son otros de los hilos que se tejen en su obra, enriqueciéndola.

El primer protagonista que vemos como ángel caído es Rodney Falk, el hombre misterioso que atrae al joven aprendiz y cuya visión sobre el mundo y la literatura hacen que el protagonista adquiera conocimiento para sus experiencias futuras. La amistad entre ambos personajes se nutre de las conversaciones literarias, sobre el debate de lo que un escritor es y puede hacer. El siguiente párrafo lo confirma:

“—Ahí es donde te equivocas —dijo Rodney—. Todo el mundo mira la realidad, pero poca gente la ve. El artista no es el que vuelve visible lo invisible: eso sí que es romanticismo, aunque no de la peor especie; el artista es el que vuelve visible lo que ya es visible y todo el mundo mira y nadie puede o nadie sabe o nadie quiere ver. Es demasiado desagradable, a menudo es espantoso, y hay que tener los huevos bien puestos para verlo sin cerrar los ojos o sin echar a correr, porque quien lo ve se destruye o se vuelve loco. A menos, claro está, que tenga un escudo con que protegerse o que pueda hacer algo con lo que ve. —Rodney hizo una pausa y prosiguió—: Quiero decir que la gente normal padece o disfruta la realidad, pero no puede hacer nada con ella, mientras que el escritor sí puede, porque su oficio consiste en convertir la realidad en sentido, aunque ese sentido sea ilusorio: es decir, puede convertirla en belleza y esa belleza o ese sentido son su escudo.”

Cada palabra que Rodney dice al joven será apreciada como escritor y como ser humano conforme la historia va creciendo. La desaparición de Rodney y su búsqueda cierran el primer capítulo con la presencia del padre y un conjunto de cartas que recibe. Cercas maneja bien su oficio como escritor indicando las debilidades más comunes, como el temor de expresarse sin miedo a ser criticado, el temor al cambio, la inseguridad y en extremo opuesto a las anteriores, la soberbia, la crítica, el egoísmo. Todas y cada una de ellas expresadas de manera tan sutil que apenas se perciben, se ven como un lejano espejo ahumado que delata una imagen temerosa del lector.

Se me antoja fantasear aquí, que los ángeles caídos, seres débiles, expulsados del cielo por rechazar la luz caminan hoy entre nosotros y no los notamos. Ellos, que cayeron en este mundo caótico, han perdido su original brillo, son grises como nosotros y luchan día a día por superar el cáliz amargo de la existencia. Estos ángeles crecen en pobreza, trabajan largas jornadas por mediocres sueldos, se forman en interminables filas, manejan y se desesperan en medio del pesado tráfico. Como nosotros, leen el periódico, se deprimen ante las noticias de la televisión; se enamoran, decepcionan, mueren de nostalgia, lloran en la madrugada; pagan sus impuestos, se levantan a las cinco de la mañana y, sin embargo, siguen aquí, en este inmutable valle de dolor.

Se me antoja también pensar que dichos ángeles perdidos no conocerán más dimensiones, y al igual que nosotros, la vida terrenal es lo único que poseen. Y si quitamos el cielo, el llamado infierno tampoco existe, que aquí expiamos las culpas ya sea propias o ajenas, tal y como Rodney Falk lo experimentó en la guerra de Vietnam.

En los siguientes capítulos de La velocidad de la luz los personajes sufren dicho infierno como dignos ángeles echados del Paraíso. Nuestro joven escritor se entera, a través de las cartas, del sufrimiento de Rodney y su hermano Bob en la guerra de Vietnam. Se narran las diferentes perspectivas de la batalla: la de Bob, quien vivió la guerra al frente y la de Rodney, que comenzó en la retaguardia. Bob muere dos semanas antes de regresar, provocando un cambio brusco en la personalidad de su hermano, quien se alista de nuevo para el combate.

La correspondencia de Rodney con su familia se vuelve más incomprensible a medida que se transfigura su forma de ser ante la guerra. Tras su regreso a Estados Unidos, se sumerge en depresiones y crisis de varios años. La enfermedad y muerte de la madre de Rodney lo transforman también. En este punto, busca trabajo, retoma su vida y el contacto con su padre. Entonces conoce al joven español en Urbana, pero Rodney vuelve a experimentar una crisis que lo aleja nuevamente de casa.

Nuestro narrador joven, tras su regreso a Cataluña describe la vida cotidiana, los inicios de su carrera como escritor. Se reencuentra posteriormente con Rodney en un hotel de Madrid, donde le muestra sus cartas. Éste a su vez le cuenta lo vivido en My Khe durante la guerra, con hechos que había ocultado. Allí ocurrió una masacre donde Rodney y otros soldados estadunidenses asesinaron injustificadamente a cincuenta y cuatro vietnamitas. El crimen de mujeres, ancianos y niños inocentes es el peso que ha debilitado a Rodney.

Totalmente desconcertado por el pasado de su amigo, el escritor se despide e intenta alejarse. En este lapso el último libro del narrador tiene gran aceptación volviéndolo famoso, rico y con prestigio, llevándolo a una vida de excesos, mentiras e infidelidades que parecen una espiral sin fin que terminará por devorarlo. Pero el destino de este escritor protagonista no es volar por el cielo, su camino es ser como un ángel venido a menos.

En el ámbito religioso, la manera en que el hombre purga su pecado o culpa y retorna a Dios es a través de expiar. Proveniente de latín: expio, expiare, expiavi, expiatum, la palabra está formada por el prefijo ex (separación del interior o sacar de una situación) y la raíz del adjetivo pius, pia, pium, que significa virtuoso, puro, justo, honesto, piadoso, respetuoso de los deberes para con los dioses, la familia, la patria. El concepto original de este vocablo es convertirse en virtuoso a través de la purificación, reparando el daño. De acuerdo a la religión y a la época, se ha variado el método de la expiación de los pecados. Por ejemplo, en épocas antiguas, a través de la muerte de un animal o sacrificio humano se podía expiar. En realidad no importa tanto el método como se expíe el pecado sino el sendero que culminará en la purificación. En el budismo el retiro se considera el método más apropiado para meditar sobre los actos cometidos.

El narrador de La velocidad de la luz tiene su propio retiro físico y espiritual, que lo lleva a cuestionarse sobre el éxito, fracaso y sentido real de la vida. El sentimiento de culpa, que no dejaba vivir tranquilo a Rodney, lo tortura a él también. Comienza a identificarse con su amigo, a comprender sus silencios, sus miedos. En ese derrumbe emocional y ahogado en debilidades le toca presenciar un acto violento y no es capaz de reaccionar para evitarlo… Entonces se acuerda de su amigo veterano de guerra, quien sí reaccionó y se expuso para defender a una camarera en Vietnam. En este momento clave, el recuerdo de Rodney lo salva. Leemos: “… ahora yo era el hombre más solo del mundo, un animal extraviado en medio de una manada de animales de otra especie, ahora era Rodney, y quizá sólo Rodney, quien podía acompañarme, porque él había recorrido mucho antes y durante mucho más tiempo que yo la misma galería de espanto y remordimientos por la que desde hacía varios meses yo andaba a tientas, y había encontrado la salida: sólo Rodney, mi semejante, mi hermano —un monstruo como yo, como yo un asesino, podía mostrarme una ranura de luz…”

Sólo los que han caído pueden ayudar a otros, no hay duda de tal axioma. Así que si uno está perdido en las debilidades más comunes, como el alcoholismo, no hay nada como integrarse a un grupo que padezca debilidad; lo mismo va para la neurosis, la depresión y una larga lista de “problemas” humanos que ni los mismos ángeles pudieran soportar. Tal vez ir con los débiles, con los que reúnen las mismas condiciones, no ayude a resolver de inmediato el problema, pero ya se ha dado el primer paso para fortalecerse a sí mismo.

El camino es largo para salir de una debilidad, pecado o adicción recurrentes. La purificación no es fácil. El narrador de La velocidad de la luz sale de su aislamiento, viaja a Estados Unidos, reencontrándose con antiguas amistades. Va a la antigua casa del padre de Rodney en Rantoul, donde supone que vive Rodney, con su esposa y su pequeño hijo, pero claro, Javier Cercas con su habilidad literaria no va a poner tan fácil la redención a su protagonista.

La recta final de la novela lleva al personaje principal a reunirse con su amigo de juventud. El pintor y el escritor terminan en un bar, el mismo que diecisiete años atrás pero con un largo camino de cielo, purgatorio e infierno recorrido. La ilusión a cuestas y la mirada de un escritor feliz que ha terminado su novela. No importa qué tan lejano se esté del Paraíso, siempre hay que recorrer la senda rumbo a la esperanza. Recordemos entonces: la vida es un suspiro lleno de debilidades, que se transita a la velocidad de la luz.

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