Alejandro Hernández Daniel
La semana pasada, al escuchar al historiador y doctor Rafael Guevara Fefer durante su presentación “Sobre cómo hacer ciencia mexicana y no morir en el intento”, presentada en el XVII Congreso Mexicano de Historia de la Ciencia y la Tecnología, consideré interesante un comentario suyo que, en una suerte de parafraseo, mencionó que “los interesados en la historia de la ciencia no suelen leer los trabajos de otros colegas”, por lo que a manera de curiosidad decidí dar una hojeada electrónica de algunos números de la Revista Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología llamada Quipu.
Tomé un tiempo para leer algunos números disponibles en línea y captó mi atención un texto del físico e historiador de la ciencia brasileño Regis Cabral —cuyas líneas de investigación son la producción del conocimiento y las relaciones internacionales, así como política científica y diplomacia— cuyo título es por demás atractivo: The Mexican Reactions to the Hiroshima and Nagasaki Tragedies of 1945. Cabral utiliza como fuente algunos periódicos mexicanos de aquellos años, como El Universal y El Nacional, para seguir las reacciones y opiniones de algunas figuras nacionales relacionadas con la política, ciencia, sociedades académicas y editoriales de la propia prensa.
En este artículo se hace uso de líneas escritas en tales diarios para describir la reacción de la sociedad mexicana ante la detonación de la bombas arrojadas sobre las ciudades japonesas durante la Segunda Guerra Mundial, así como una revisión de acontecimientos tan interesantes como: Manuel Sandoval Vallarta, uno de los fundadores del prestigiado Colegio Nacional, tomando la voz de la comunidad científica mexicana para sugerir destinar recursos para la investigación y formación de futuros científicos mexicanos; el uso y extracción potencial de Uranio en algún lugar de la Sierra Tarahumara; la necesidad de incluir los recursos minerales como estrategia de defensa nacional; el uso de la diplomacia internacional para intentar regular o controlar la nueva energía; el temor hacia el poder y saber esotéricos de los científicos y, por último, la adopción de tal evento al lenguaje popular mexicano de aquellos años.
Sin embargo no fue el título lo llamativo para mí sino la muestra del uso de representaciones gráficas como las sátiras, en particular las elaboradas por el caricaturista Andrés Audiffred sobre tal acontecimiento bélico y devastador, que representa una visión y testimonio importante, además de dar lugar a un cruce entre lo que representaba la ciencia en aquella década y los documentos históricos visuales como las caricaturas y las sátiras.
En aquellas tres semanas siguientes al lanzamiento de las dos bombas nucleares, Audiffred retrató a un Emperador Hirohito rompiendo en llanto antes de la rendición formal de Japón, una crítica mordaz al presidente Harry Truman tachándolo de ser el responsable de “dar a la humanidad un instrumento de suicidio en masa”, sugiriendo el comienzo de la carrera bélica entre la anterior Unión Soviética y los Estados Unidos al representar a un sonriente Iosif Stalin junto a una maceta con sustrato de Uranio y, finalmente, dibujando en forma de paloma de la paz a la aeronave que transportó hacia su destino final los mortales explosivos nucleares, ilustraciones acompañadas de una clara crítica a la industria de la muerte que equiparaba a la aniquilación y muerte propiciada por la destrucción nuclear a los campos de exterminio alemanes.
Andrés Audiffred nació en la Ciudad de México el 30 de noviembre de 1895. Antes de cumplir la veintena de edad ya colaboraba realizando caricaturas y sátiras en el periódico Nueva Era, donde solía firmar sus trabajos bajo el nombre de Audi. Llegó a estudiar en la Academia de Bellas Artes y al estallar la Revolución Mexicana decidió movilizarse rumbo a Estados Unidos, donde se familiarizó con el periodismo de aquel país, que resaltaba el enfoque comercial y cultural.
Una vez de regreso a México trabajó en algunos semanarios como Policromías y Zig-Zag. Semanario Popular ilustrado, donde compartió espacio con el mítico Ernesto “El Chango” García Cabral, encargado de la sección de galería de la revista y firmaba sus colaboraciones como “Equis” (pues Cabral tenía su firma comprometida en otra revista), mientras que Audiffred firmaba con su apellido, hábito que conservaría durante toda su vida artística.
En 1922 comenzó su trabajo en El Universal y el El Universal Ilustrado y posteriormente abandonó los trabajos en historietas para dedicarse a realizar viñetas en este diario en la sección denominada “Siluetas”, hasta su muerte en 1958.
Su arte se acercó al nacionalismo, de cierta manera similar a la del Chango Cabral aunque con un sello propio, que conservó prácticamente hasta los últimos cartones que publicó. El retrato de las escenas de la vida cotidiana, los nuevos habitantes que llegaban a la ciudad, campesinos que buscaban una mejor vida, la clase media pretenciosa, las mujeres provenientes de provincia y vecindades, seguían manteniendo el rebozo y las trenzas.
Audiffred vivió en un periodo donde el control en los medios y la crítica política, sobre todo en lo concerniente al poder presidencial, era una constante. Desde el surgimiento del Partido Nacional Revolucionario, que tras un cambio de piel se convirtió en el Partido Revolucionario Institucional, en 1929, la caricatura política se mantuvo proscrita en los hechos, y significaba toda una afronta realizarla.
Tal vez eso resulte en la escasez de una crítica política en su trabajo, al menos en el escenario político nacional. Aunque pueden encontrarse y analizarse algunas de sus obras con una clara tendencia política e ideológica, ya sea impuesta o declarada, de la cual también formaron parte algunos otros caricaturistas importantes como el propio Chango Cabral, Rafael Freyre, Rafael Medina de la Vega, Antonio Arias Bernal, Angel Zamarripa o Ernesto Guasp.
Es grato conocer este tipo de trabajos hemerográficos como los realizados por Regis Cabral que demuestran aunque de manera secundaria que el estudio de documentos visuales es aún un campo fértil de ser investigado para comprender la reacción de la sociedad que nos antecedió ante eventos tan impactantes que fueron derivados de la ciencia y tecnología de su tiempo









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