Ivonne Vira
Nadie me ha dicho que escriba. No me han ofrecido un pedazo de papel y me han pedido que me queje ahí, que vaya guardando mis memorias. Pero qué palabra: M E M O R I A. Tengo miedo de perderla, más miedo me da que alguien pretenda contar mis historias y que no las cuenten como es debido; tampoco sé a qué me refiero con eso.
Yo puedo decir que hay mucho para contar y que nadie me ha ofrecido un muro para llenarlo con mis palabras, pero podrían darme el muro y ni mi nombre voy a querer escribir.
He estado reclamando ese espacio, he estado diciendo que odio el típico Había una vez, pero no puedo renunciar al Érase una vez. He querido ser más que una vez, más que tres palabras que invitan a querer escuchar. He querido ser el deseo y permanecer.
Nadie me ha pedido que cuente una historia, cualquier historia, sin embargo, yo voy y la cuento. No detengo a la gente en la calle. No rompo internet con una noticia ni siquiera le pido a mis amigos que se queden a escucharme. Yo agarro y la escribo, le borro por aquí por allá, la borro toda, la vuelvo a pensar, la abandono, regreso a ella, dejo de entenderla, sentirla, quererla.
Nadie me ha dicho que hable de un tema en particular y por eso quiero hablar de todo. Las palabras se me junta y las confundo, no las invento, ellas vienen y deciden en qué lugar han de quedarse. Cuando, por fin, encuentran su sitio quiero correr y agradecerles, pero no lo hago, las contemplo, dejo que se queden un rato ahí, sin moverse, sin existir. Las miro con la distancia que creo deben ser vistas.
Ciertamente nadie me ha dicho: ¡Anda, escribe!; también es cierto que nadie me ha dicho: No, aquí no puedes venir a llenarnos con tus palabras. Estoy sobre la línea que me permite contemplar ambos lugares, estoy perdida o cobijada. Sólo estoy. Tomo las palabras y las dispongo en no sé qué orden, queriendo provocar no sé qué sentimiento. Tomo las palabras antes de que se vayan y no puedan volver a encontrarme.
Escribo rápido, casi con prisa, hay una súplica pequeña para que las letras no se me vayan. Escribo lento, repito tantas veces la misma palabra hasta que siento que no existe, que la acabo de inventar, la abrazo, siento que sólo a mí me pertenece. ¿En dónde está mi muro? ¿Quién quiere escuchar una historia?
Érase una vez…









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