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14. Anaïs Nin
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Anaïs Nin: las mujeres de treinta

· enero 21, 2016

Antonio Bello Quiroz

 

Al amanecer, la verga del barco toca el cielo /

En el crepúsculo, hace perforaciones en el fondo del mar Francisco Hernández

 

Mientras escribo, una imagen tengo en mi mente: una escalera alta, de mármol y alfombra roja, barandal, columnas, flores rosas, una figura delgada, espigada, vestido negro, guantes hasta el antebrazo, joyas, rubíes, mirada profunda y seductora que denota inteligencia, y también en unos labios ligeramente carmín que esbozan una sonrisa. Enigmática toda la imagen.

La mujer que está en mi mente corresponde a una de esas mujeres que de una u otra manera se han ligado al psicoanálisis. Bien sabemos que el psicoanálisis no podría pensarse sin la presencia de las mujeres: las benditas histéricas con Freud y las herederas de Madame Bovary en el nacimiento de la civilidad moderna (la única época en que las mujeres podrían hacerse visibles) o las fascinantes psicóticas de Lacan. Diversas mujeres han dejado su huella indeleble en la invención del siglo llamada psicoanálisis: Anna O y su temeroso Breur, Sabina Spielrein y su lunático Jung, Lou Andreas-Salomé y su pléyade de admiradores (Freud, de quien fue discípula directa, Nietzsche, quien se enamoró de ella y sufrió su desprecio, Reiner Marie Rilke, Paul Klee y algunos más), la princesa Marie Bonaparte, Karen Horney, Melanie Klein y muchas otras ligadas con el ser psicoanalistas, pero hay otras mujeres, con la particularidad de estar ligadas al psicoanálisis y a la literatura. Dos en particular: Margueritte Duras y Anaïs Nin.

Anaïs Nin es quien está en el imaginario esta tarde. Se trata efectivamente de una mujer de su época, que se hace conocer, entre muchas cosas, por escribir sus Diarios y no ocultar en ellos sus pensamientos eróticos. Nacida casi con el siglo XX, en 1903, a tres años de que Freud publicara La interpretación de los sueños, y de que se proclamara nada más y nada menos que la muerte de Dios. Empieza a escribir sus Diarios en 1914, justo con la Gran Guerra. Es decir, mientras “los hombres” se destruyen, Anaïs escribe y, en este sentido, encarna lo que se dice del sujeto histérico en su vínculo con el inconsciente: es la acción que contradice al amo.

El siglo XX trajo cambios importantes, fundamentalmente en dos ámbitos: en el económico y en el campo del goce de las mujeres; en ambos, el cuerpo y sus usos es lo que cambia su estatuto. Del primero sólo podríamos decir aquí que sale de lo religioso y pasa a formar parte de los intereses del naciente Capital. Así, por ejemplo, cambia radicalmente la forma en que el cuerpo se juega en el diálogo amoroso: el amor cortés pierde su fuerza para hacer, al cuerpo, un objeto de intercambio, una mercancía: el discurso del amor pasa del ser al tener. Pero lo que aquí interesa es el segundo aspecto: con el siglo XX el goce femenino pierde sus goznes. Durante siglos las mujeres vieron confinados sus goces a los perímetros de las casa; la primera emancipación las llevó a ser alienadas en los imperativos de la producción.

Más allá de estos dos ámbitos, hay una emancipación que resulta mucho más interesante, y también más conflictiva: la de la sexualidad, la del erotismo en la mujer. Y esto hay que decirlo: con Freud se nos muestra una postura a contracorriente: mientras que el siglo busca avanzar en la reivindicación de la igualdad entre los sexos, en el psicoanálisis va a preponderar la “desigualdad sexual” en el inconsciente. Las histéricas lo muestran y Anaïs Nin se hace cargo de esta posibilidad mediante la escritura sus Diarios que, más allá del pretendido descrédito literario (dado que no tiene el valor edificante de la autobiografía), muestra la inmediatez de un pensamiento y de una vida, una vida cambiante (como todas lo son), y se trata efectivamente de una defensa contra la pérdida.

La errancia es uno de los signos de Anaïs, nacida en 1903 en París. El padre la abandona en 1912 y en 1914 la familia de Nin viaja como inmigrante a Nueva York. Es en el trayecto que empieza la escritura de su Diarios, escribiendo al padre ausente. Pasa dos periodos de análisis, con Allendy y con Otto Rank, con quienes además se le vinculó amorosamente. Ella misma quiso ejercer el psicoanálisis, sin conseguirlo. En 1923 se casó con Hugh Parker Guiler, con quien regresó en 1924 a París. En 1932 va a conocer al escritor norteamericano Henry Miller, casado éste con June Mansfield. La Segunda Guerra la llevó, junto con su esposo, a radicar definitivamente en Nueva York, y reestablecerá una relación con Miller, a quien conoció cuando ella tenía poco menos de treinta años.

Anaïs Nin vive quizá su relación más intensa con ella misma en estos años en que conoce a Henry Miller, que no para otra cosa sirve encontrarse con el Otro. Se concibe a sí misma como “ardiente y peligrosa —lava inflamable y desenfrenada—, me siento como un animal de la jungla que escapa a la cautividad”. Lo que refiere Anaïs de su encuentro con Miller puede ser entresacado de lo que escribe refiriéndose a Rank, su segundo psicoanalista: “Él ha entendido la importancia del diario. Donde he representado tantos roles: hija obediente, devota hermana, amante, protectora, la nueva ilusión de mi padre, la amiga-para-todos-los-propósitos de Henry, un lugar para la verdad, un diálogo sin falsedad.” Cuando estos dos escritores se encontraron, ambos estaban preparando sendos libros: él, Trópico de Cáncer; ella trabajaba en la elaboración de una valoración crítica sobre D. H. Lawrence.

Freud en 1932, casi un año después de que Henry Miller empieza su correspondencia con Anaïs Nin, quien a su vez está por cumplir treinta años, escribe su Conferencia sobre La Feminidad, y ahí realiza algunas consideraciones sobre la mujer de treinta años. Freud recalca la diferencia entre los sexos: “Un hombre de treinta años nos parece un individuo juvenil, más bien inacabado, y esperamos que él utilice vigorosamente las posibilidades que el análisis ofrece.” Parece que para el hombre de treinta no hay más salida que “hacerse hombre” a partir de lo que el análisis ofrece. ¿Y la mujer? Con Lacan, incluso algo más allá de Freud, una vez que se ha desplegado su aparición en el ámbito de lo social, como bien lo muestra Anaïs Nin, excede el discurso feminista y simplista de la equidad para hacer patente la necesaria localización de un fantasma inédito donde se juega un goce no-todo como aquello que da “lugar” a lo que se muestra suplementario a lo establecido, un goce del cuerpo más allá de los goznes que el capitalismo y la alienación de los cuerpos imponen.

Frente a mujeres de treinta (y lo del significante treinta es un decir), como Anaïs Nin, que le dan lugar a una forma otra de goce, no podemos notar sino una generalizada inquietud (esto es, en hombres y mujeres) hecha, como señala Colette Soler, de una rivalidad fálica (quizá por ello podamos explicar la generalizada violencia contra las mujeres) pero también de fascinación atemorizante (quizá podamos explicar aquí la creciente disfunción eréctil o eyaculación precoz); no podemos ver aquí sino el despliegue (velado en la descalificación) de una “envidia” bajo la idea de que ellas tienen un goce que no cae en las cortas duraciones, las limitaciones y discontinuidades del goce fálico, un goce excesivo que también, y hay que decirlo, confronta a las propias mujeres.

Ésta es la imagen que tenía en la mente al iniciar estas notas: una mujer como Anaïs al momento en que conoce a Henry Miller y que con sus Diarios le hace espacio a su ser mujer.

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