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Amore

· febrero 16, 2018

Giorgio Manganelli

Dueña me ruega — si querré decir

de un accidente — asaz frecuente — y fiero,

tan altanero — que es llamado amor.

Amor, creo necesario nombrarte, más exactamente pronunciar tu definición, tu cometido, puesto que de ti ignoro nombre y existencia. Así pues, yo te nombro: un dedo fónico te señala en el centro de la noche. No rememoro tiempos en que no fuera de noche, de manera que no he tenido jamás forma distinta para señalarte que no fuera este distraído y atento juego de una mano que no diviso. Esto, a ti que no puedes escuchar, quisiera decirte: tengo que marcharme, al punto, en esta noche que en todo instante está igualmente lejos del alba y del ocaso; camino y hablo quedamente, rechina bajo mis pasos la madera del pórtico, escucho el fragor del bosque. Bajo la luminiscencia de nubes bajas, de nieblas, intento escribir una carta que no irá a parar a ti jamás. Sé que tú duermes en algún lugar de la enorme casa; y escucho cómo la casa, gimiendo, rechinando, continuamente crece, se acrecienta de pináculos, brotan balcones, se disparan cúpulas, los aposentos paren aposentos, pasillos, nuevos aposentos.

Tú, durmiente, eres conducida ignara de aposento en aposento, y con un suspiro leve y profundo caes en lechos cada vez más imposibles de localizar. A quien te conduce, sin desfigurar la delicada piel de tus sueños, le eres cara, te ama, si bien su forma sea estrafalaria e inquietante; y a semejantes servidores tuyos dejaré yo esta carta, arrojada al pórtico, confiando en que la divisen, y te la entreguen. Oigo esos pasos suyos por los inestables pavimentos de la casa que crece; y si bien jamás haya llegado a verlos, jamás haya partido el pan con ellos —tan respetuosos y discretos—, jamás haya jugado a los dados en la noche, con ociosa y cómplice paciencia, yo creo conocerlos, a esos peludos perros de grandes botas, con manos ágiles de gatos, a las serviciales serpientes; pero esto también sé yo, que ni siquiera ellos saben a qué aposento has sido destinada, y su cometido únicamente es el de vigilar tu reposo, el de proteger tus sueños, amortiguar tu propio aliento contra los visillos, y eso hacen yaciendo al azar en un pasillo, recorriendo una galería, una balconada, fingiendo haber oído llamadas, tu voz, en verdad sólo para confirmar su mansa y obstinada obediencia; ya que, aunque tú, en la amargura de un sueño repentinamente intolerable, pretendieras llamarme, llamarlos, llamar, nadie intentaría ni tan siquiera recorrer el laberinto que te excluye y te defiende. No diversamente, amor, te amo yo; sabiéndote “aquí”, pero encerrada en un “aquí” que a cada instante se alambica y expande, y que, si no huyo, no tardará en volverse tan grande como el mundo. Reconozco tu benévola ironía en esta invención de un “aquí” que nos consiente la convivencia menuda y la separación total. Y, en la sólida fortaleza de tu reposo, en la ciudad antigua de tus sueños, allá donde ninguna carta te será jamás entregada, yo creo que tú sabes que, al igual que tú me ofreces un “aquí” inasible y no desleal pese a todo, así parto yo, no para perderte sino para buscarte; ya que en estos enigmas, juegos de palabras, palíndromos, desamores y amores, anfibologías de encuentros y simetrías de fantaseados abrazos, yo debo huir para buscarte, debo abandonarte para conseguirte, y darte la espalda para sorprender tu rostro. Esto sé yo: cuanto más cerca de ti permanezca, cuanto más acepte estos falaces y volubles mapas de la casa en la que podría encontrarte, más oculta, incomprensible, inexistente me estarás.

He imaginado en ocasiones que recorría atropelladamente, con antorchas y espadas, esta casa, para hacerla añicos y entregarla a las llamas; y nadie me hubiera retenido. Pero, en tal caso, ¿habrías sido alguna vez algo distinto a los escombros frágiles y fugaces de una casa diseminada por un viento inocuo, pueril? Si te busco, te pierdo; si demuelo lo que me separa de ti, todo aquello que demuelo forma parte de ti; eres tú; me propones un abrazo de escombros. Al perderte, te busco; si me marcho, me vuelvo peregrino, reconociendo que de todos los rasgos de tu rostro, de tu cuerpo, éste, la lejanía, es el que me permite reconocerte por doquier; y en eso eres tú desemejante a cualquier otro.

Por lo tanto, no te diré “adiós”, palabra que a su insoportable oratoria une una aguda, penosa deslealtad. Y con todo, sé que hay algo de verdad en esta despedida de encuentro, ya que las extravagancias del tiempo, los balbuceos de los lugares, las velocidades y las subitáneas paradas de las estrellas podrán, en cualquier momento, acercarnos y desunirnos. ¿Estaremos pues innúmeras veces cercanos e invisibles, seré contemplado y transparente, llamado y sordo, nombrado y anónimo por consueta y firme soledad? Chocaré contigo y me disculparé, distraídamente, mirando hacia otro lado; y no reconoceré tu voz que me pregunta “¿Lloverá esta noche?” Esto puedo suponer asimismo: que viajaré contigo, y también que ese viaje tiene un término que podría estar a tiro de piedra de su comienzo. Por lo tanto, amor, me marcho. En el momento en el que me aplico al itinerario de la salida, y tanteo la fórmula del adiós, es posible que tus sueños, lejanos y lentos, se vean invadidos por un variopinto estrépito de caballos, gente armada, enseñas perdidas, sangre. La sombra arrollada, desgarrada que tú dudosamente vislumbras es aquel que, amándote, persigue el descalabro, feliz ante la catástrofe, y que hace de la deserción una huida, de la silueta asaetada a muerte, el furor de un pendón.

Dejo a mis espaldas una batalla feroz y estridente, con ignotos enemigos, o a quienes sólo yo he consagrado como enemigos, con el objeto de arrebatarles una derrota. El suplicio padecido devasta, dibuja mi cuerpo. La fuga genera, retrospectivamente, todos los síntomas liberadores del descalabro. He rechazado la tentación de la victoria y buscado meticulosamente la muerte, la dispersión de mis miembros. Desmañado, aunque pedante, combatiente, he perdido escudo, armadura, lanza. He experimentado la muerte, he escogido el deshonor de la transfixión por la espalda.

Si la derrota me ofrece la única esperanza de itinerario, persecución y fuga, tengo derecho a rendir honorable homenaje a mis despojos, contrahaciendo una empresa cuyo auténtico heroísmo es completamente secreto, una malicia, un enigma. Yo me pongo de luto por mi propia muerte. Mientras la lengua susurra una risible melopeya de adioses, y los dientes van salmodiando, las manos, recíprocamente muertas, se rememoran con viril dolor, y en cada ojo lágrimas y orgullo se mezclan por la muerte del otro ojo. Funeral por mí mismo, avanzo con solemne andadura, envuelto en el fastuoso carmesí de la sangre; de mis uñas lividecidas, de los párpados entreabiertos, del candor de la calavera nacen nobles parientes afligidos, venidos desde muy lejos, huérfanos escuderos lacrimosos ante mis espuelas, guerreros no desmemoriados del resplandor de mis pupilas. Soy para mí plañidera, melódico sacerdote, y lamentoso cortejo luctuoso. Yo me deploro, consagro, conmemoro, celebro; sepultado, seré mármol anónimo; tumba y fortaleza.

——

Fragmento de Amore, novela de Giorgio Manganelli (España, Siruela,

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