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Amor y sociedad

· noviembre 17, 2018

Fabiola Morales Gasca

Si en lugar de E = mc2 aceptamos que la energía para sanar

el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la

velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que

el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque

no tiene límites. De la carta atribuida a Albert Einstein a su hija Lieserl

En días pasados se conmemoraron los cincuenta años de los acontecimientos de Tlatelolco. La masacre estudiantil del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de la Tres Culturas fue un parteaguas en la historia de México. Para la conmemoración se contempló gran número de eventos. Exposiciones, mesas de reflexión, congresos, muestras cinematográficas, conversatorios, presentaciones de libros, puestas en escena, foros de análisis, conciertos, etcétera, acompañaron a la tradicional marcha. Organizaciones de la sociedad civil, estudiantes universitarios, instituciones públicas de educación superior, así como organizaciones no gubernamentales participaron en dichos eventos para preservar la memoria del lugar. Manifestaciones artísticas constituyeron un papel importante en esta conmemoración en la historia de nuestro país.

1968 fue un hito a nivel mundial y nacional. Los jóvenes de entonces tomaron el mundo por asalto; las protestas y los movimientos sociales se extendieron en las principales capitales del mundo. La presencia de estudiantes, obreros, mujeres y ciudadanos en general se hicieron sentir en protestas callejeras. Destrozos, levantamiento de barricadas y enfrentamientos con la policía fueron efectos secundarios del ánimo político y cultural. Distintos movimientos emergían como estandarte de enfrentamiento al poder. Familia, Estado, Religión, Escuela se transformaban en cadenas y regímenes a vencer. Grilletes impuestos a los jóvenes, que ávidos de un mejor mundo deseaban derribar. “Paz y amor” fue la bandera a ondear con furia. Los jóvenes exigían no sólo libertad para expresarse, pedían liberación para hacer el amor, escribir, drogarse, pensar, amar y luchar por un mundo diferente. Detener guerras, exigir libertades para las razas oprimidas, oponerse a las normativas, derribar gobiernos autoritarios, exigía salir y tomar las calles. Conciencia y amor social predominaban en esos años de revolución comunitaria e ideológica. El Mayo francés, la Primavera de Praga, las concentraciones y marchas estudiantiles en Estados Unidos o México vibraban a una frecuencia que raramente se había presentado en la historia. La espontaneidad juvenil reinaba el aire utópico y la bonheur revolutionnaire fue característica de esos años. Los regímenes autoritarios con sus agencias de seguridad buscaron desarmar los movimientos de forma violenta. La represión a las corrientes de izquierda fue una de las características de las décadas siguientes. La conciencia y amor social de esos años terminaron vencidos ante el egoísmo y consumismo actual que nos dominan.

Desarticular los movimientos sociales ha sido un trabajo de décadas para el sistema; violencia e ideología se han usado para mermarlos; se ha cosechado una sociedad ajena a la preocupación por el otro. Hemos caído en el gravísimo error de creer que el amor sólo se da entre familia, amigos y pareja. Hemos olvidado un tipo de amor primordial para la convivencia humana: el amor social.

Así que ante la ausencia de conocimiento sobre el amor y el exacerbado consumismo y egoísmo reinante, uno debe de cuestionarse ¿qué es el amor social? ¿Qué papel desempeña en el mundo inestable que enfrentamos?

Los sociólogos asocian el amor social al término altruismo, que implica todo un proceso de beneficio entre los miembros de la comunidad. El altruismo o amor social se caracteriza por la conducta humana que brinda una atención desinteresada al prójimo, aun cuando dicha diligencia atente contra el bien propio. Es un tipo de amor si interés que se da en un amplio proceso general en el que las partes que interactúan quieren y hacen lo que es ventajoso para unos y otros. A mediados del siglo XIX el filósofo francés Auguste Comte acuñó el término altruismo. El vocablo apareció por primera vez en el libro Catecismo publicado en el año 1854, pero la idea de atender al prójimo, sobre todo al más desvalido, sin algún interés o propósito ha sido practicada durante cientos de años antes por diversas religiones.

A diferencia del amor, eros y ágape, con formas estrechas y limitadas de interacción personal, en el amor social también los vínculos que se establecen son fuertes. La relación social es fundamental. Sin la vida social sería intolerable la existencia e impensable pues a través de ella nos construimos. En su lado opuesto está el egoísmo, rey de nuestra época. Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido, acerca de la fragilidad de los vínculos humanos nos comenta de la disolución del amor en estos tiempos por el abrasador consumismo. Erich Fromm de igual manera ya nos advertía en el primer capítulo de su libro El arte de amar que un rasgo característico de la cultura contemporánea está basado en el deseo de comprar y en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos. Las relaciones, por lo tanto, se consideran de forma similar. “En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que el éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo”.

En Amor líquido Bauman nos recuerda que el amor al prójimo no es un ingrediente básico del instinto de supervivencia, pero tampoco es un ingrediente básico el amor a uno mismo como modelo del amor al prójimo. El amor a uno mismo pertenece a un instinto de supervivencia y lo que amamos realmente es el estado, o la esperanza de ser amados. Todos debemos ser objetos dignos de amor, de ser reconocidos como tales, de que se nos dé la prueba de ese reconocimiento. Por ello, para amarnos necesitamos del otro, la otredad es y será siempre importante. Por desgracia en esta época el otro sale sobrando, hay una falta de preocupación en la comunidad y los vínculos sociales son aún más frágiles. Debemos a esa falta la ambición, la violencia desatada, los asesinatos, la guerra, la deshumanización; debemos, al menos intentar ejercitar el amor como acto de supervivencia y salto de fe.

En su poema “Civilización” el poeta Jaime Torres Bodet nos recuerda: “Un hombre muere en mí siempre que un hombre / muere en cualquier lugar, asesinado / por el miedo y la prisa de otros hombres.” El alto grado de insensibilidad y poco amor social lo podemos ver en los encabezados de los periódicos y en las estadísticas de violencia nacional. Ludwig Wittgenstein señaló en 1944: “Ningún grito atormentado puede ser mayor que el grito de un solo hombre.” Si no hay interés en el otro, si no hay amor social, no hay nada; la comunidad se pierde. Así que Justicia, Equidad y Amor social deben de verse más allá de meras virtudes personales o hábitos que aprendimos en nuestros años escolares. Estos valores o hábitos deben de existir en el espíritu de todo miembro de la sociedad y como práctica comunal a fin de que ésta funcione bien y subsista.

Bauman nos hace reflexionar que si bien el mundo actual parece conspirar contra la confianza, es posible que ella siga siendo, tal como lo señaló Knud Lógstrup, una emanación natural de la “soberana expresión de la vida”. La confianza ha sido sentenciada a una vida llena de frustraciones. El filósofo nos menciona la importancia de no distanciarnos de nuestro entorno inmediato, quiebre de nuestras relaciones sociales diarias. Los vecinos, los compañeros de escuela, los amigos se ven a veces como puntos de referencia poco confiables. Vivimos confundidos, agotados en nuestros teléfonos móviles, intentando hallar respuestas y así vivimos horas y horas desperdiciadas frente a pantallas que no nos dicen nada. No debemos de vivir como extraños entre nosotros mismos, sino recuperar la capacidad de mirar al otro cara a cara, de confiar y de entender que el amor social es un elemento de suma importancia que nos hará recuperar la humanidad. Seamos héroes y demos ese salto hacia los otros. Ser menos egoístas nos hará más abiertos y empáticos. Lejana está la utopía de las comunas y la felicidad revolucionaria, lejanos quedaron ya los grandes movimientos sociales de los sesenta, pero deberíamos retornar hacia la esencia de ellos y contemplar qué parte de esa actividad se llevó gracias a la práctica del amor social que hizo temblar a los más grandes gobiernos. Tal vez no sea tarde para hacer lo mismo.

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