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Amor y sexo

· febrero 12, 2016

Julius Evola

El objeto específico de nuestro estudio* no es el hecho sexual en sus aspectos crudos y físicos. Puesto que nos referimos esencialmente al hombre, de lo que trataremos es más bien de ese fenómeno más vasto y complejo constituido por el amor. Pero, como es normal, se impone enseguida una delimitación, dado que puede hablarse del amor en un sentido genérico, puesto que hay un amor a los padres, un amor a la belleza, un amor a la patria, un amor materno y así sucesivamente. También hay una concepción ideal o sentimental del amor, para la cual éste se difumina en simple afecto, en la comunidad humana intersexual o en la afinidad intelectual. Así, para ser concreto, será bueno emplear la expresión más precisa de amor sexual. Consideraremos, pues, esa experiencia humana que puede comprender un conjunto de factores mentales, afectivos, morales e incluso intelectuales que exceden al ámbito biológico, pero cuyo centro natural es la unión efectiva de dos seres de sexo opuesto tal como se realiza habitualmente en la unión sexual corporal.

Se han distinguido varias formas de amor humano. Es conocida la distinción de Stendhal entre un amor-pasión, un amor que es esencialmente cuestión de estética y de gusto, un amor físico y un amor basado en la vanidad. Esta distinción no es demasiado utilizable; por una parte, se apoya en elementos periféricos, que parecen separados de toda experiencia profunda en cuanto uno de ellos se convierte verdaderamente en factor dominante; por otra, se trata tan sólo de la distinción de varios aspectos del fenómeno erótico tomado en su conjunto. El amor que puede interesar a nuestro estudio es esencialmente el amor-pasión —y en el fondo es el único que merece el nombre de amor—. Cabría recordar la definición que de él da Bourget: “Hay cierto estado mental y físico durante el cual queda todo abolido en nosotros, en nuestro pensamiento, en nuestro corazón y en nuestros sentidos… A ese estado lo llamo el Amor”. El amor físico indicado por Stendhal únicamente puede presentarse como variedad del amor si se supone un proceso de disociación y de primitivización. Por regla general, forma parte integrante del amor-pasión. Considerado en sí mismo, representa su límite inferior; pero no deja nunca de conservar su naturaleza.

Es importante establecer aquí el punto fundamental: la diferencia entre nuestra concepción y la concepción “positivista” reside en la interpretación distinta, no física o biológica, del significado de la unión sexual; porque por lo demás, en efecto, también nosotros vemos en esta unión el fin esencial y la conclusión de toda experiencia basada en la atracción entre los sexos, el centro de gravedad de todo amor.

En el amor pueden intervenir también las afinidades ideales, la devoción y el afecto, el espíritu de sacrificio y las manifestaciones elevadas del sentimiento; pero desde el punto de vista existencial todo ello representa algo “distinto”, o algo incompleto, si no tiene por contrapartida esa atracción que se acostumbra a llamar “física”, cuya consecuencia es la unión de los cuerpos y el trauma del acto sexual. Es en ese momento cuando se produce, por decirlo así, el precipitado, el paso al acto y la consumación cumbre, el natural terminus ad quem de todo el conjunto de la experiencia erótica como tal. Cuando despierta la pulsión sexual bajo el efecto de la “atracción” física, se ponen en movimiento las capas más profundas del ser, capas existencialmente elementales con respecto al simple sentimiento. El más elevado amor entre dos seres de sexo opuesto es en cierta forma irreal sin esta especie de cortocircuito, cuya expresión más tosca es el clímax del orgasmo sexual; pero también es éste el que contiene la dimensión trascendente, no individual, de la sexualidad. Claro que también un amor platónico puede llevar más allá del individuo, por ejemplo a través de la devoción incesante y absoluta y de toda clase de sacrificios de sí: pero como disposición espiritual que sólo podrá fructificar concretamente en otro plano, no en una experiencia en acto, no en una sensación y casi en una fractura real del ser. Repitamos: en el campo del que hablamos, a las profundidades del ser sólo las toca y las pone en movimiento la unión efectiva de los sexos.

Por otra parte, el que a menudo la simpatía, la ternura y otras formas de amor “no material” están genéticamente relacionadas con la sexualidad, de la que a menudo no son sino sublimaciones, transposiciones o desviaciones regresivas infantiles, es una idea que hay que apuntar en el haber del psicoanálisis y que conviene tener en cuenta.

Por eso hay que oponerse al concepto que presenta como si fuese un progreso y un enriquecimiento el paso del amor sexual al amor de naturaleza principalmente afectiva y social, basado en la vida de pareja, con el matrimonio, la familia, la prole y todo lo demás. Existencialmente, no hay en todo ello un más, sino un menos, una bajada intensiva de nivel. En estas formas queda roto el contacto, aunque sea poco claro, con las fuerzas primordiales, o tan sólo se mantiene por reflejo. Como veremos, un amor fijado en este plano —el plano de lo “humano, demasiado humano” de Nietzsche— es tan sólo un sucedáneo. Metafísicamente, con ese amor se inventa el hombre una solución ilusoria para responder a la necesidad de confirmación y de integralidad ontológica que constituye el trasfondo esencial e inconsciente de la pulsión sexual. Schiller dice: “La pasión pasa, el amor tiene que permanecer.” No cabe ver en ello otra cosa que un pis-aller y uno de los dramas de la condición humana. Porque sólo la pasión puede conducir al “instante fulgurante de la unidad”.

——

* Fragmento del libro Metafísica del sexo, José J. de Olañeta Editor, España, 2005.

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