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Amor y estructuras clínicas

· julio 28, 2016

 

Antonio Bello Quiroz

 

El psicoanalista francés Jacques Lacan solía afirmar que sólo el amor permite al goce condescender al deseo. Mientras que Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis, sostenía que hay que amar para no enfermar.

El psicoanálisis es una disciplina para la cual, en su práctica clínica, el amor, el deseo y el goce tienen un lugar preponderante. Desde siempre amor, locura y enfermedad parecen estar ligados, sin embargo, desde el psicoanálisis la palabra enfermedad no tiene sentido. Aun cuando se reconoce la existencia del dolor de existir, o el sufrimiento psíquico, que se puede expresar por una infinita variedad de síntomas, no se perciben como una enfermedad sino como la expresión de una estructura psíquica. Esta referencia a la estructura permite a Lacan deshacerse para siempre de la ambigüedad en que se sume la psicología al sostener sus lecturas basándose en una teoría de la personalidad y sus trastornos.

Estructuras de subjetivación es como se denominan en psicoanálisis a lo que en otros discursos se aborda como psicopatologías. Y no solamente, en la estructura subjetiva se revela la posición del sujeto con el mundo, lo mismo que los vínculos con los otros, con el lenguaje, con el amor, con el propio cuerpo, etc. Es radicalmente diferente, sobre todo si se ve a nivel del significante, es decir en el lenguaje, la forma en que se vincula con el mundo un paranoico que un obsesivo o un perverso.

En general, a nivel clínico, se conocen tres estructuras de subjetivación: neurosis, psicosis y perversión. Desde este aporte lacaniano, Freud es leído de manera estructural y así se muestra en Dora la dialéctica del “alma bella”; en el Hombre de las Ratas se percibe el “mito individual del neurótico”; en el Hombre de los Lobos, la estructura del fantasma; con Schreber, el drama de la forclusión, y en el caso Juanito el “cristal de la fobia”, como señala Paul-Laurent Assoun.

El vínculo del sujeto con el amor es un encuentro que, como pocos, pone en juego la estructura de cada sujeto. De esta manera, en la clínica psicoanalítica es posible observar cómo el neurótico obstaculiza el amor, pese a reconocer su anhelo de amar. Lo hace según le dé respuesta a las preguntas propias de la histeria en torno a si se es hombre o se es mujer, o bien, desde la obsesión atrapada en la pregunta sobre si se está vivo o muerto. O en la psicosis cuyo vínculo es delirante, o la perversión que se ocupa de mantener a la castración, que se juega en la relación amorosa, a distancia.

El mecanismo que opera en la neurosis es la represión, por lo que en esta estructura el sujeto imagina que el Otro demanda su castración, pero esa demanda es un enigma, por lo que la característica del neurótico es que se trata de un sujeto sometido a la duda constante e imposible de responder: ¿Qué quiere el Otro de mí? Así, la neurosis es una pregunta. El enigma, la incertidumbre, en que se mueve hace que la neurosis se exprese como una cobardía ante el propio deseo. Esa duda ante el deseo, en la histeria, toma el cuerpo como lugar de inscripción de los síntomas, donde el deseo se muestra como insatisfecho. En la neurosis obsesiva, cuya inscripción de los síntomas se asienta en el pensamiento, se tratará de sostener sin fallas la demanda del Otro (de la cultura, la pareja, el cuerpo, el lenguaje), por lo que se genera una condición de dependencia. Así, el sujeto se muestra como ajeno a su deseo, de ahí la figura del deseo imposible. Movido por la ilusión de calcularlo todo, el obsesivo establece un goce de lo programado que hace que lo sorpresivo no sea bienvenido, por lo que su síntoma ritual es para poder evitar lo no previsto.

Sabemos que Freud hace del encuentro con las pacientes histéricas la piedra angular que le llevará a inventar el psicoanálisis. Lacan, por otro lado, hace una lectura de la obra de Freud a partir de su encuentro con las pacientes psicóticas. De esta manera, el eje y centro de su clínica está construido en la psicosis. Es la estructura de origen en tanto que todos los sujetos pasamos en la constitución psíquica por un primer momento de alienación, es decir, por una fase paranoica. Los celos, tan presentes en el vínculo amoroso, son un residuo de ese pasaje.

El mecanismo que opera en la psicosis es la forclusión que aparece en relación con lo simbólico. Lacan escribe al respecto: “Es en un accidente de este registro y de lo que en él se cumple, a saber la forclusión del Nombre-del-Padre en el lugar del Otro, y en el fracaso de la metáfora paterna, donde designamos el efecto que da a la psicosis su condición esencial, con la estructura que la separa de la neurosis”. Las psicosis tienen dos grandes ramas: la paranoia, organizada en torno al delirio de persecución, y la esquizofrenia que sostiene un delirio de fragmentación del cuerpo. Si entendemos que el delirio es una defensa, una forma de restauración del significante que falta, en el amor en la psicosis no se apuntaría a la complementariedad, como ocurre con las neurosis, sino a la restitución de sentido ahí donde el significante primordial falta: se trata de un amor de sentido donde el objeto de amor es absoluto, de ahí que no se tolere su pérdida. Ante la pérdida del objeto de amor la respuesta es radical: el silencio melancólico, el homicidio o el suicidio.

La estructura perversa, por su parte, tiene como paradigma al sujeto fetichista. Pero es necesario señalar que el sujeto neurótico también fetichiza su objeto de amor; sin embargo, lo hace con este y aquel objeto, y de manera variable. En la perversión, en cambio, el objeto fetiche está fijo —un pedazo de tela (como ocurre en la película de David Linch Terciopelo azul)—, unos zapatos, unas bragas, un aliento, etc. Este objeto fetiche se vuelve necesario para alcanzar la satisfacción sexual. Lo que va a ser acto propio de la perversión no es justamente la lectura moral que califique como de maldad ciertos actos, sino que el sujeto perverso es el que tiene un saber sobre su goce sexual, sabe muy bien, a diferencia del neurótico que duda siempre, cómo, dónde y con quién alcanzar su satisfacción sexual.

Si para el neurótico hay producción de síntomas, y en el psicótico hay fenómenos elementales (delirios y alucinaciones, automatismo mental), para el perverso hay actos perversos, es decir, actos comandados por un saber sobre el goce. ¿Y cuáles son los actos perversos? Son aquellos que colocan al sujeto en posición de imaginarse como el Otro para asegurar su goce. En el amor cosifica a su objeto, como ocurre con el pederasta o el sádico, no requiere revestirlo de deseo, basta con que cumpla con sus requerimientos de goce, lo demás no importa.

Del amor no se deja de hablar, como ocurre con la muerte o con Dios o el Padre. De eso que nada se puede saber en definitiva no se deja de hablar. El amor se define con frecuencia como una forma de locura, locura no divina sino humana. Así, si el yo es el síntoma, como quiere Lacan, el amor es nuestra psicosis ordinaria, y a la vez, es el garante de la “cordura”. Pascal mencionaba que “los hombres son tan necesariamente locos, que ser loco sería otra forma de locura”.

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