Fernando Sánchez Clelo
Madrid, año de 1605. Las trifulcas en casa del librero don Francisco de Robles eran por obtener un ejemplar de El Ingenioso Hidalgo Don Qvixote de la Mancha. En distintos puntos de la ciudad había riñas: aristócratas, plebeyos o burgueses arrebataban la obra a quienes la habían comprado. Más de un escrito fue desmenuzado durante las peleas y el viento hizo volar las hojas sueltas sobre los tejados, las garitas y los sembradíos; giraban en torno a los molinos de viento. La gente sabía que el Quixote sería la piedra angular de la novela en los siglos venideros, el motivo de estudio por élites académicas, el libro más elogiado en los cinco continentes: el Santo Grial de la Literatura.
Aquellos que salvaron su libro lo colocaron en un estante, se sentaban frente a él y dedicaban tiempo a su contemplación. Luchando contra un deseo instintivo: no lo leían, sabían que no debían divertirse con un libro de culto.









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