Hugo Hiriart
Quizá lo mejor sea comenzar con una máxima del maestro, y luego analizarla un poco, a ver qué resulta. Veamos una sencilla, aunque no por ello sin aguijón:
“De tus amigos, unos te quieren, a otros les eres indiferente, y otros, te odian.”
Chamfort arranca con lo inofensivo (amigos, claro está, te quieren), luego avanza hacia cierta crítica, pero aceptable (a otro les eres indiferente), para desembocar en la paradoja reveladora: otros te odian, son tus amigos, pero, lo mismo, te aborrecen.
La verdad es que allá “en el fondo del corazón”, como sitúa otro de los grandes moralistas de la época, La Rochefoucauld, ya lo sabías. Pero ciertamente, no eras del todo consciente de esa verdad. La barruntabas, quizá la sospechabas brumosamente, pero esa verdad no estaba ahí, frente a ti, clara e inescamoteable. Ahora, como muy bien señala Ortega y Gasset, la inteligencia no consiste en otra cosa que en el esfuerzo de pasar de lo que medio se sabe o se sospecha a lo que se advierte con plena claridad.
Y se trata, por lo tanto, de tres niveles de conciencia: el primero, el de la apariencia, edulcorado y superficial, en el que nos movemos todos los días en la vida social, y no requiere inteligencia ninguna, es la total ingenuidad (y ceguera). El segundo orden ya requiere de cierta malicia y aptitud perceptiva.
Pero es el tercero el del fondo auténtico de las cosas y ése ya requiere el talento y la audacia peculiar del moralista. El arte de los grandes moralistas franceses, que se expresaron en general por medio de máximas, consistió en explorar este tercer orden, el del fondo del corazón, y buscar la verdad acerca de nosotros, que no somos tan virtuosos o, paradójicamente que, por ejemplo, podemos ser virtuosos no por buen temple, sino justamente por vanidad, dado que las motivaciones humanas son inmensamente complejas.
Nadie hace nunca nada por una sola razón, observaba Coleridge.
Ésa es la zona de niebla donde se atreve a penetrar Chamfort, la zona la habita ese amor, según Oscar Wilde, el mayor de todos, siempre fiel, siempre leal, el amor a nosotros mismos. Y apenas penetramos en el orden profundo de la experiencia moral y pegamos de frente con el egoísmo más o menos frenético dentro del que, como en un acuario, nos damos vueltas los humanos.
Chamfort, como casi todos los moralistas de la época, se expresó en máximas.
La gran época del arte de la máxima es la Ilustración, sobre todo en Francia donde floreció con mayor creatividad el asombroso movimiento. Las máximas son pequeños textos, casi aforismos, haikus de conducta humana; su nombre les viene de una caracterización que de este arte hizo el que acaso sea su más celebrado exponente, La Rochefoucauld, el amigo de Madame de Savigny, donde apuntaba que debían de contener “el máximo de significado con el mínimo de palabras”. Y el requerimiento se hizo nombre: Máximas.
Entre los postreros grandes aforistas figura Sebastian Roch Nicolas Chamfort. Fue Chamfort un revolucionario, libertario, que participó en las grandes jornadas iniciales de la Revolución Francesa.
Y eso es lo que Nietzsche, claramente, discípulo suyo, viene a reprocharle: “Que un hombre que entendía a los hombres y a la multitud tan bien como Chamfort, no obstante se unió a las multitudes y no se hizo a un lado en renuncia y resistencia filosóficas, lo puedo explicar sólo de esta manera: Tenía un instinto que era aun mayor que su sabiduría y nunca había sido satisfecho: el odio a toda la nobleza de sangre…”
Y luego pasa a chismear que ese aborrecimiento probablemente se lo había instilado la madre, que había sido seducida por un noble (y además eclesiástico) y como resultado de esos amores, había nacido el propio Chamfort, por eso, dice, “vistió las ropas de la masa”. Y aun Nietzsche, gran psicólogo, precisa que (nuestro moralista) “tenía mala conciencia porque no había tomado venganza”.
Nietzsche afirma lo anterior en su libro La gaya ciencia, esto es, la ciencia alegre, la scienza del sur, de Provenza, ligera, alegre, ciencia que canta y baila; no del norte, pesada, teutónica.
Y ésta debió ser la actitud al juzgar a Chamfort, que no era, como confiesa Nietzsche en el prólogo de su libro (un hombre en) “retiro radical, en la soledad, como autodefensa contra el disgusto por los hombres que se ha vuelto de una clarividencia patológica”, no, el francés era un hombre normal, sano, fuerte, hasta apuesto, que vivía entre los hombres y las mujeres. Alguna dama, que lo vio rechazar unos malandrins, en los jardins du Palais Royal dirá de él que “c’est un Hercule sous la figure d’un Adonis” y es del todo natural que, en esos tiempos de tantas promesas se haya entusiasmado con la posibilidad de alcanzar un orden más racional y fructífero en todos los campos de la existencia social.
Sólo nos resta despedirnos con algunos ejemplos, por desgracia pocos, del arte de máximas morales de Chamfort.
— En las cosas grandes los hombres se muestran como les conviene; en las pequeñas se muestran tal como son.
— El mundo está compuesto por dos grandes clases: aquellos que poseen más comida que apetito, y los que tienen más apetito que comida.
— Hace siglos que la opinión pública es la peor de las opiniones.
— Dignidad sin méritos se hace acreedora a cumplidos sin estimación.
— También hay tonterías elegantes como hay tontos bien vestidos.









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