Alessandro Baricco
Para no perderme demasiado, usaré una brújula que nunca me ha decepcionado: el miedo. Sigue las huellas del miedo y acabarás en casa: el tuyo y el de los demás. En este caso resulta bastante fácil debido a que hay miedos sueltos en abundancia y algunos no son en modo alguno estúpidos.
Por ejemplo. Hay uno que dice así: ESTAMOS AVANZANDO CON LAS LUCES APAGADAS. Es bastante cierto. No sabemos muy bien dónde nace esta revolución y menos aún cuál es su propósito. Ignoramos sus objetivos y de hecho no seríamos capaces de nombrar con una precisión decente sus valores y sus principios: conocemos los de la Ilustración, pongamos por caso, y no los nuestros. No con la misma claridad. De manera que si nuestro hijo nos pregunta adónde vamos tendemos a refugiarnos en respuestas evasivas [en la actualidad, “Dímelo tú” es la mejor: se infiere la urgencia de que alguien escriba este libro, incluso alguien que no sea yo].
OTRO SUENA ASÍ: ¿estamos seguros de que no es una revolución tecnológica que, ciegamente, dicta una metamorfosis antropológica sin control? Hemos elegido los instrumentos, y nos gustan: pero ¿alguien se ha preocupado por calcular, de manera preventiva, las consecuencias que su uso tendrá en nuestro modo de estar en el mundo, quizá en nuestra inteligencia, en casos extremos en nuestra idea del bien y del mal? ¿Hay un proyecto de humanidad detrás de los distintos Gates, Jobs, Bezos, Zuckerberg, Brin, Page, o tan sólo hay brillantes ideas de negocios que producen, involuntariamente, y un poco al azar, cierta humanidad nueva?
HAY OTRO QUE ME GUSTA EN PARTICULAR: estamos generando una civilización muy brillante, incluso atractiva, pero que no parece capaz de soportar la onda expansiva de la realidad. Es una civilización festiva, pero el mundo y la Historia no lo son: desmantelar nuestra capacidad de paciencia, esfuerzo, lentitud, ¿no acabará produciendo generaciones incapaces de resistir los reveses del destino o incluso la mera violencia inevitable de cualquier sino? A base de entrenar habilidades ligeras —se empieza a pensar— estamos perdiendo la fuerza muscular necesaria para el cuerpo a cuerpo con la realidad: de aquí una cierta tendencia a difuminar ésta, a evitarla, a sustituirla con representaciones ligeras que adaptan sus contenidos y los hacen compatibles con nuestros dispositivos y con el tipo de inteligencia que se ha desarrollado con sus lógicas. ¿Estamos seguros de que no es una táctica suicida?
MÁS SUTIL ES INCLUSO OTRO MIEDO, bastante extendido, y que no sería capaz de resumir si no es con estas meras palabras: cada día que pasa, la gente está perdiendo algo de su humanidad, prefiriendo cierta artificialidad más performativa y menos falible. Cuando pueden, delegan elecciones, y decisiones, y opiniones, a máquinas, algoritmos, estadísticas, clasificaciones. El resultado es un mundo en el que se percibe cada vez menos la mano del alfarero, para utilizar una expresión grata a Walter Benjamin: parece salido más de un proceso industrial que de un gesto artesanal. ¿Es así como queremos el mundo? ¿Exacto, esmerilado y frío?
POR NO HABLAR DE LA PESADILLA DE LA SUPERFICIALIDAD, que resulta letal. Esta obstinada sospecha de que la percepción del mundo dictada por las nuevas tecnologías se pierde una buena parte de la realidad, probablemente la mejor: la que late bajo la superficie de las cosas, allí donde sólo un paciente, voluntarioso y refinado camino puede llevarnos. Es un lugar para el que acuñamos, en el pasado, una palabra que más tarde se hizo totémica: PROFUNDIDAD. Daba forma a la convicción de que las cosas tenían, si bien escondido en lugares casi inaccesibles, un sentido. Indicaba un lugar: ¿cómo negar el hecho de que nuestras nuevas técnicas de lectura del mundo parecen hechas a propósito para hacer imposible el descenso a ese lugar, y casi obligatorio un movimiento rápido e inagotable sobre la superficie de las cosas? ¿Qué va a ser de una humanidad que ya no puede bajar hasta las raíces, ni remontar hasta las fuentes? ¿De qué servirá la habilidad con la que salta entre las ramas y navega siguiendo la velocidad de la corriente? ¿Estamos volatilizando en una festiva nada la que será nuestra última representación?
Hacía años que no escribía tantos signos de interrogación de una sola vez.
Lo que pienso de esos miedos, y de miedos como esos, lo escribo ahora aquí: tenerlos, hoy, no es cosa de imbéciles, como de hecho algunos sectores más elitistas de la revolución intentan hacernos creer, sino que es el resultado de una suma de indicios que, en todo caso, sería de imbéciles ignorar.
——
Fragmento de The Game, de Alessandro Baricco (Anagrama, México, 2019). El título es de la Redacción.









No Comments