Antonio Bello Quiroz
Me someto y me siento casi alegre, casi alegre
como el que se cansa de estar triste. Fernando Pessoa
¿Qué es la alegría? ¿Es una sensación simplemente o un conjunto de ellas? ¿Es acaso también una pasión, como quiere Spinoza al hablar de las “pasiones alegres”? ¿Se trata, por tanto, de un exceso que perturba a la razón? La alegría se expresa y se hace una con la risa, o debemos escuchar a Baudelaire, quien nos dice que “la alegría es una, la risa es doble o contradictoria; por eso es convulsiva”. Si la alegría no está en la risa, según este poeta francés, entonces ¿en dónde está la alegría? Los antiguos romanos solían decir “Gaudere decet, laetari non decet”, lo que podría traducirse así: “es decente alegrarse, pero no es decente regocijarse”. “Gaudere” era para los romanos lo que podríamos llamar “sensación de seguridad en sí mismo”, o quizá simplemente sea una forma de referirse a una suerte de “auto-amor”. Lo que resulta seguro es que era más que una sensación, más que un simple regocijo, casi un “estado” del ser. La palabra alegría procede del griego gaio-gaurós-gauróo, que puede significar “fiarse de sus propias fuerzas”, “sentirse seguro de sí mismo”, “enorgullecerse”. Esta alegría no se caracterizaba por sus manifestaciones positivas, sino más bien por la ausencia de manifestaciones negativas; era considerada como una virtus, es decir, como propia del vir (del hombre dominador, virtuoso). Gozo, regocijo o regodeo son palabras que proceden de la misma gaudere. Pero entonces, ¿qué decir de la alegría que no da fuerza, que no contacta con la virtud? Los romanos tenían una segunda categoría de alegría, laetitia, laetari: una alegría que procede del mundo vegetal, en primer lugar, y aplicado por extensión al mundo animal y por analogía al hombre, lo consideraban un género impropio de alegría. Una alegría simple, podríamos decir, falta de fuerza, poco profunda. En efecto, el adjetivo laetus -a -um se refería originariamente a tierras, animales, cosechas, etc., y significaba “gordo”, “abundante”, “rico”, “fecundo”, “fértil”, y por analogía pasó a significar “alegre”, “propicio”, “agradable”. Lo agradable del mundo vivo, la alegría de participar del estar aquí. René Descartes en el artículo XCIX de su Tratado de las pasiones también se refiere a las expresiones de la alegría en el cuerpo. Advierte que en esta pasión el pulso es igual y más rápido que de ordinario, aunque no es tan fuerte ni tan intenso como en el amor. También como el amor produce un calor agradable, aunque a diferencia de aquél, con la alegría se siente no sólo en el pecho sino que está repartido por todas las partes exteriores del cuerpo, con la sangre que se ve afluir a ellas con abundancia. También señala que con la alegría, a diferencia de lo que ha dicho con el amor, en ocasiones se pierde el apetito a causa de que se digiere más lentamente que de costumbre.
En nuestro mundo más cercano, la palabra alegría la hemos obtenido probablemente del latín. De alacre habríamos pasado a alegre. Alacer equus es el “caballo brioso”; alacris significa, en efecto, “activo”, “vivo”, “lleno de ardor”, “lleno de entusiasmo”, “ágil”, “ligero”, “rápido”, y también “gozoso”, “alegre”, “animoso”. En resumen, la alacritas, de la que es posible derivar la palabra “alegría”, no es en origen una cualidad humana, ni menos una manifestación del espíritu, sino una característica de los animales superiores, una manera de manifestarse. Pero aún podemos retroceder otro poco: el término alacer es un compuesto de ad más acer, acris. Igual que el “alacer equus” tenemos el “acer equus”, que sigue significando “caballo fogoso, brioso”, siendo el valor de acer, “agudo”, “penetrante”, “cortante”, “violento”, “áspero”. El prefijo ad le añade el significado de “disposición”, de “inclinación”, con lo que alacer iría acompañado originariamente de un complemento de dirección y significaría “agudo para…”, “lanzado para…”, etcétera. El alegre está entonces lanzado de manera penetrante al gozo. Puestas así las cosas, las tres palabras que recogemos para designar nuestro buen ánimo, la alegría, el gozo parece la única palabra que nació para nombrar la singularidad propia de la alegría humana. En este sentido, Spinoza plantea que el ser humano tiene dos pasiones fundamentales: a) la alegría, que es la pasión por la que el alma pasa a un estado de mayor perfección y b) la tristeza, que es la pasión por la que el alma pasa a un estado de perfección menor. La alegría es provocada cuando se experimenta una expansión de nuestra potencia de vida. La misma es definida como placer y el afecto propio de la alegría muda en amor.
El apellido del inventor del psicoanálisis, Sigmund Freud, significa justamente alegría. Quizá sin proponérselo, a partir de ese nombre, o mejor aún, con ese significante, marca todo un invento en cuanto a las relaciones y el análisis de la condición humana; crea un vínculo muy particular, un lazo entre las personas que no existía hasta entonces, dado que la relación entre el psicoanalista y el psicoanalizante no es reductible a la del amo y el esclavo, ni a la del discípulo y el maestro o la del médico y paciente, y menos aún a la del confesor y el penitente, el amante y el amado, en el sentido de la pareja sentimental. Marcada por el amor, en esta relación singular justamente lo que no tiene lugar es la realización del amor. Sensible a las leyes del lenguaje y a las resonancias de la palabra, que es precisamente ahí donde se anuda la alegría, un psicoanalista lee en las palabras del que sufre su verdad ignorada, su goce (su alegría, por qué no) rechazado o padecido, su amor inconfesable, su contribución a un destino fatal, su empuje siempre más allá para atravesar el sinsentido que lo anonada. Lee a partir de escuchar lo dicho más allá del decir y también opera con su presencia abriendo un camino de elaboración para una vida. W. H. Auden, en su poema “In memoriam Sigmund Freud”, capta perfectamente que la incidencia del psicoanálisis va más allá de la moda de su lenguaje o de su práctica, pues ha contribuido a alimentar tanto las ganancias como los impasses de la cultura occidental.
El psicoanálisis es una práctica que explora en el inconsciente (que no es lo mismo que la mala idea de “la profundidad del inconsciente”) para propiciar una respuesta a aquellos que siguen acudiendo al psicoanalista, ya que el psicoanálisis es una práctica siempre viva, en tanto que hace la vida más simple para aquellos que están ligados a ella por el sufrimiento. Hacer la vida más simple era un criterio que servía a Freud para definir la cura psicoanalítica. ¿Es posible medir este “hacer la vida más simple”?, ¿y es la alegría de vivir una ganancia de esta práctica? Son cuestiones que sólo pueden ser contestadas por cada cual que se someta a la experiencia de análisis. Lo que podemos señalar como dirección de la cura es un desprendimiento o transformación de una forma de vivir que produce sufrimiento. En el acontecimiento Freud —en el sentido que Badiou da a la expresión “acontecimiento”— celebra a un sujeto singular. Una invención singular. Un nombre singular. Es algo posible para cada uno. Es un oasis en donde no se censura la escucha del sufrimiento porque se sabe que del otro lado del sufrimiento está la alegría, juicesse. Es la producción de un gozo (alegría) que vincula a cada uno con su ser, con su vir, y que va más allá de esa alegría simple, producto de la estulticia o de la bobería. La alegría del deseo en marcha que aleja al sujeto de ser, como señalaba Nietzsche en El viajero y su sombra, el mono de dios.
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Este texto pertenece al libro Pasionario. Ensayos sobre el crimen.








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