Antonio Bello Quiroz
Nunca se colmará el foso entre la certeza que
de mi experiencia tengo y el contenido que intento
dar a esa seguridad. Seré, por siempre,
extraño para mí mismo
Camus
Albert Camus es considerado uno de los mejores escritores del siglo xx, su obra novelística y sus ensayos se caracterizan por la forma vigorosa en que plantea el desencanto de la condición humana, fundamentalmente expresada en sus concepciones sobre la filosofía del absurdo.
Nacido en Argelia en 1913, el futuro escritor emigró con su familia a Francia, exilio que operó en Camus una desgarradura. Debió entonces interrumpir sus estudios de filosofía, hecho que no le impidió erigirse más tarde como el filósofo de lo absurdo, por más que Jean-Paul Sartre le llamara filósofo amateur y el mismo rechazara siempre que se le ubicara como existencialista.
De su extensa obra es en El extranjero donde Camus nos muestra el absurdo encarnado en un personaje, Meursault, en quien queremos detenernos. En esta novela nos cuenta la historia de un gris trabajador de oficina que un día recibe la noticia de que en Argel su madre ha muerto abandonada en un mísero asilo. Toma la noticia con una sombría indiferencia, y con esa misma actitud participa en el entierro. En todo momento se comporta como un extraño, como si nada le estuviera ocurriendo a sí mismo.
De los muchos rasgos con que nos dibuja a su personaje Meursault, ligados todos de alguna manera con el absurdo (torpeza, gestos mecánicos, sensibilidad elemental, deshacimiento de sí, etcétera) nos interesa destacar aquí la indiferencia. Nos interesa justamente por ser un rasgo de la psicosis, un rasgo de su particular locura y, por extensión, de la locura del hombre moderno.
Camus nos presenta el drama de su personaje (¿acaso él mismo?), pero al tiempo nos dibuja el drama propio de lo humano en el siglo XX, donde las esperanzas parece que terminaron por morir, nos muestra el desarraigo de sí del hombre moderno, alienado a una relación simbiótica imposible de romper. Meursault es la viva imagen del hombre sin atributos, como diría Robert Musil. Camus describe a un sujeto despojado de sus ideales, alejado del yo ideal, para quedar alienado en el yo-ideal freudiano.
La novela nos deja ver a alguien que se pasea como un muerto por los temas esenciales de su vida: la madre muerta, el matrimonio con Marie, el encuentro con la religión, un asesinato… y la imposibilidad de justicia. Ante estos hechos no se pronuncia, se autoexculpa asumiendo que lo hace “cómo todo el mundo”. Frente a estos acontecimientos encuentra el escudo de “lo honesto”; para no tomar posición, dice simplemente que no ama a su compañera pero si a ella le hace feliz aceptaría casarse. Podemos apreciar cómo no se posiciona subjetivamente con algo que lo afecta directamente.
Su signo es la ambivalencia: lo mueven un amor más bien opaco y un odio más bien profundo, oscuro e insidioso. En el trabajo da muestras claras de no querer poner en juego su deseo; rechaza sin más, sin pensarlo un momento, una propuesta de mejora: está frío ante la vida. Meursault sabe que no hay razón para creer en Dios, para sostener los edificios morales civiles, como lo muestra con un juez de instrucción, y religiosos, como lo hace ver al capellán en la cárcel.
Hay en El extranjero un acto que lo saca de este no-lugar en donde Meursault se ha refugiado en términos subjetivos: le dispara cinco balazos a un árabe y con ese acto, vaya paradoja, rompe la homeostasis en donde cómodamente se había dejado estar, para distraerse de la soledad ante la muerte.
Camus hace del absurdo y la tragedia de la vida, en cuanto que su fin es la muerte, el centro de su obra. Nos lleva bajo los hilos de la literatura por esos terrenos tan conocidos por el psicoanálisis, como el dolor de existir —anclado en lo real y en el síntoma—, que en nuestro autor se revela en la persistente extrañeza de sí mismo.
En otro excelente trabajo, El mito de Sísifo, Camus plantea: “Ese malestar ante la inhumanidad del hombre, esa incalculable caída ante la imagen de lo que somos, esa ‘náusea’, como le llama un autor de nuestros días. E igualmente el extraño que, en ciertos segundos, nos sale al encuentro en un espejo, el hermano familiar y sin embargo inquietante que encontramos en nuestras fotografías, es también el absurdo.”
Si algo podemos tomar como característica del hombre moderno (trágico)/posmoderno, es su huida, su fuga de la realidad, ya sea mediante la creación de realidades alternas (mediante las drogas o la virtualidad), o bien, como ocurre con Meursault, mediante la indiferencia.
Esta actitud ante la muerte, de aplanamiento afectivo, nos hace pensar en un quiebre psicótico, aunque también podemos encontrar como una reacción común la negación de la realidad ante la muerte. La diferencia, entonces, entre psicosis y neurosis es que en la primera, como enseña Freud, no sólo se niega la realidad sino que además se construye una realidad alterna que nos libra de lo no admitido.
Sabemos, por Camus mismo (El primer hombre), que con su propia madre vivió una suerte de distanciamiento emocional debido a que ésta era sorda, melancólica, una figura casi inanimada, con ciertos rasgos de retraso mental. La novela es así, en buena medida, lo que le permite elaborar esta relación distante. Camus escribe en El primer hombre: “escribir es crear un mundo o limitar el propio, que es lo mismo”.
Después del evento inicial, la muerte de la madre, el personaje va a relacionarse con los demás personajes de la novela en una relación simbiótica que de alguna manera busca recrear lo que el propio autor vivió, una relación, por un lado, con una madre casi ausente, cargada con una fría presencia debido a su sordera y su mutismo y, por otra parte, un padre que le abandonó, imposibilitando así ser incluido en el juego de los intercambios propios de la cultura. Camus nos muestra en El extranjero a un hombre imposibilitado de salir de sí ante la angustia que le produce lo absurdo del porvenir, nos muestra la locura del hombre moderno.









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