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Al límite

· agosto 12, 2015

Thomas Pynchon.

Pizza de cena. ¿Alguna novedad?

—Mamá, hoy ha venido una loca a la escuela.

—Y… ¿alguien… alguien llamó a la policía?

—No, teníamos una reunión y era la oradora invitada. Se graduó en la Kugelblitz en los viejos tiempos.

—Mamá, ¿sabías que la familia Bush hace negocios con terroristas de Arabia Saudí?

—Negocios de petróleo, te refieres.

—Me parece que eso quería decir ella, pero…

—¿Qué?

—Fue como si hubiera algo más. Algo que quería decir pero no delante de un público de niños.

—Siento habérmelo perdido.

—Ven a la entrega de diplomas de secundaria. Será otra vez la oradora invitada.

Las manos de Ziggy están sobre flyer con un anuncio de un sitio web llamado Tabloide de los condenados, con una firma de “March Kelleher” encima.

—Eh, así que habéis visto a March. Vaya. Sí, vaya, vaya. —La leyenda de hashslingrz continúa. March Kelleher resulta que es la suegra de Gabriel Ice; su hija Tallis y Ice se hicieron novios en la universidad, puede que en la Carnegie Mellon. Se cuenta que siguió un posterior distanciamiento familiar, que corrió en paralelo, pari passu, al multimillonario crecimiento de ingresos de las puntocoms. Desde luego, no es asunto de Maxine, pero aun así sabe que March está divorciada y que, además de Tallis, tiene otros dos hijos, chicos los dos, uno es una especie de funcionario de tecnología de la información en California y el otro se fue a Katmandú y ha sido un nómada de postal desde entonces.

La relación de March y Maxine se remonta al frenesí de las cooperativas de propietarios de hace diez o quince años, cuando los dueños de edificios volvieron a las andadas y recurrieron a técnicas de la Gestapo para echar a los inquilinos. Aunque el dinero que ofrecían era insultantemente exiguo, algunos de los alquilados lo aceptaron. Aquellos que no lo hicieron recibieron un tratamiento distinto. Puertas de apartamentos retiradas para “mantenimiento rutinario”, basura sin recoger, perros de presa, matones, pop de los ochenta sonando a todo volumen. Maxine se fijó en March en un piquete formado por vecinos díscolos, viejos izquierdistas, defensores de los derechos de los inquilinos y demás, delante de un edificio de Columbus, esperando a que apareciera la rata hinchable gigante de las protestas sindicales. Entre los eslóganes de las pancartas de los manifestantes se leía: BIENVENIDAS, RATAS — FAMILIA DE PROPIETARIOS Y CO-OP: CONDUCTAS OFENSIVAS, ODIOSAS Y PROVOCADORAS. Colombianos sin papeles sacaban muebles y enseres domésticos a la acera, procurando no hacer caso al alboroto emocional. March tenía al jefe de la cuadrilla de trabajadores, un anglo, arrinconado contra una camioneta y le abroncaba. Era esbelta, con un pelo rojizo que le caía hasta los hombros, con raya al medio y recogido atrás en una redecilla, una de las tantas que guardaba en un armario lleno de esos accesorios retro para el cabello, convertidos en su seña de identidad en el barrio. Aquel día concreto, avanzado el invierno, la redecilla era escarlata, y a Maxine le dio la impresión de que la cara de March estaba envuelta en un halo plateado, como en una fotografía antigua.

Maxine buscaba el momento oportuno para entablar conversación con ella cuando apareció el propietario, un tal doctor Samuel Kriechman, un cirujano plástico jubilado, con un pelotón de herederos y concesionarios.

—Hombre, usted por aquí, cabronazo miserable, mezquino y avaro —le saludó animadamente March—, ¿cómo se atreve a asomar la nariz?

—Guarra de mierda —replicó el cordial patriarca—, nadie en mi profesión tocaría una cara como la suya, ¿quién coño es esta zorra?, sacadla de aquí. —Un par de bisnietos se adelantaron ansiosos por obedecer.

March extrajo de su bolso un aerosol de tres cuartos de litro de limpiador de hornos Easy-Off y empezó a agitarlo.

—Chicos, preguntadle al eminente médico lo que la lejía puede haceros en la cara.

—Llamad a la policía —ordenó el doctor Kriechman. Algunos miembros del piquete se acercaron y empezaron a tratar el asunto con el séquito de Kriechman. Hubo algunos, cómo decirlo, aspavientos discursivos que llegaron a roces involuntarios y que el Post pudo haber amplificado un tanto en la noticia que publicó. Se presentó la policía. A medida que la luz se desvanecía y la hora de marcharse se aproximaba, el grupo se fue reduciendo.

—No nos manifestamos por la noche —le dijo March a Maxine—; personalmente me fastidia marcharme, aunque, bien pensado, no me vendría mal una copa.

El bar más cercano era el Old Sod, técnicamente irlandés, si bien es posible que lo frecuentaran más de un par de avejentados gays británicos. La copa en la que pensaba March era un cóctel Papa Doble, que Hector, el camarero, al que antes sólo se le había visto sirviendo cerveza y tragos simples, le preparó como si llevara toda la semana practicando. Maxine también se tomó uno, únicamente para hacerle compañía.

Descubrieron que vivían a sólo unas manzanas desde hacía mucho; March, desde finales de los cincuenta, cuando en el barrio las bandas puertorriqueñas aterrorizaban a los anglos, y uno no cruzaba al este de Broadway después del crepúsculo. Detestaba el Lincoln Center, para el que se destruyó un barrio entero y se expulsó a siete mil familias ‘boricuas’, sólo porque unos anglos a los que se la traía floja la Alta Cultura tenían miedo de los hijos de esa gente.

—Leonard Bernstein escribió un musical sobre eso, no West Side Story, el otro, en el que Robert Moses canta:

 

Echad a esos puerto

rriqueños a

la calle. Es sólo

un barrio de pobres.

¡Demoledlo entero-o-o!

 

Con una voz chillona de tenor de Broadway que parecía razonablemente capaz de cuajar la bebida en el estómago de Maxine.

—Incluso tuvieron la insolencia de rodar la puta West Side Story en el mismo barrio que estaban destruyendo. La cultura, lo siento, pero Hermann Göring tenía razón: cada vez que oigas esa palabra, pálpate la pistola sobaquera. La cultura despierta los peores instintos de los acaudalados, no tiene honor, suplica que la rodeen de zonas residenciales pijas y que la corrompan.

—Tendrías que conocer a mis padres. Tampoco les hace ninguna gracia el Lincoln Center, pero no puedes sacarlos del Met.

—¿Estás de broma?, ¿Elaine, Ernie? Pero si en los buenos tiempos íbamos a las mismas manifestaciones.

—¿Mi madre manifestándose?, ¿para qué?, ¿por unas rebajas?

—Nicaragua —sin reírse— o El Salvador. Ronald Pistola de Ray Reagan y sus amiguitos.

Eso era en la época en que Maxine todavía vivía en casa mientras se sacaba la carrera, cuando se escabullía los fines de semana buscando la inconsciencia de los clubes donde se consumían drogas, y, por entonces, sólo notó que Elaine y Ernie parecían un poco distraídos. Tardaron unos años en sentirse lo bastante cómodos para hablar de sus recuerdos de las esposas de plástico, el espray de pimienta, las furgonetas sin identificación, los Pasmas Más Selectos de Nueva York haciendo lo que los polis saben hacer mejor que nadie.

—Lo que me convertía, una vez más, en la hija insensible. Debieron de ver alguna rareza, algún defecto en mi carácter.

—A lo mejor sólo procuraban mantenerte alejada de los líos —dijo March.

—Pues deberían haberme invitado, podría haberles cubierto las espaldas.

—Nunca es demasiado tarde para empezar, sabe Dios que hay mucho por hacer, ¿crees que ha cambiado algo?, ni en sueños. Los putos fascistas que manejan el cotarro no han dejado de necesitar razas a las que odiar, así es como mantienen bajos los salarios y altos los alquileres, y todo el poder en el East Side, y todo sigue igual de feo e idiotizado, como a ellos les gusta.

—Sí, me acuerdo —les dice ahora Maxine a los chicos— de que March siempre estuvo, digamos…, politizada.

Pega un pósit en el calendario para acordarse de asistir a la graduación y ver qué anda haciendo últimamente aquella temeraria y vieja loca con redecilla.

——

Fragmento de la última novela de Thomas Pynchon traducida al español, Al límite, Tusquets, México, julio de 2015. Acompañamos esta sección, por su temática, con tres versiones de “María”, pieza emblemática del filme West Side Story (1961). En primer lugar el sound track de la película, en segundo la versión grabada en los ochenta por el autor de la música, Leonard Bernstien, con José Carreras, y en tercer lugar una versión interpretada por Michael McDonald, James Ingram y David Pack.

 

 

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