Daniel Mocencahua Mora
¿Cuál es la biblioteca más vieja que haya existido? Me preguntaba el otro día, y al parecer fueron los mesopotamios (desde el 2400 A. C.) los que empezaron a guardar sus registros, las tablillas cuneiformes de barro, en edificios de archivos. Ya los egipcios hacían en papiros los escritos que quedarían para la posteridad y tenían tantos edificios de archivos como Casas de vida, donde los escribas aprendían copiando los jerogíficos, legando verdades eternas como el teorema de Pitágoras, o muestras de su cultura y política.
Es con los griegos cuando se separa la biblioteca completamente del archivo y se le asocia definitivamente con la búsqueda del saber. Con el museo de Alejandría, construido alrededor del 280 a. C. por Ptolomeo I Sóter, aparece la biblioteca, quemada y reconstruida varias veces a lo largo de los siglos y donde la bella Hypatia enseña geometría y filosofía, como se ve en la película Ágora (2009).
Mi biblioteca empezó con La metamorfosis de Kafka, un libro prestado que nunca devolví (sí, me da pena aceptarlo). Terminaba la secundaria y decidí que valía la pena leer algo más que cómics. Sobre todo por los libros que encontraba para mí. Ese ejemplar de Kafka era de Editores Mexicanos Unidos (EMU). Los libros de esa editorial eran muy baratos, lo cual me permitía comprar uno cada mes ahorrando de mis pasajes.
Mir fue otra editorial que me quitaba la sed de lectura. Sus libros eran a veces hasta más baratos que los de EMU. De ahí rescato los libros de Perelman sobre ciencias, como Física recreativa, que te muestra cómo la naturaleza tiene ciertas reglas que en algunos casos podemos conocer y describir de manera tan sencilla que se pueden escribir en una fórmula, pero primero te hace maravillarte. Ahí fue donde conocí al Barón de Münchhausen, que aparece en su portada montado sobre balas de cañón.
Cuando terminé el bachillerato no tenía más de 50 libros, sobre todo porque en esa época –la mejor de la vida dicen algunos– conocí amigos con quienes los intercambiaba e iba al cine de la casa de la cultura. Y tuve acceso a los libros de ciencia ficción de autores distintos a Asimov, y de autores latinoamericanos o de Milán Kundera.
Es por eso que cuando Bastan Baltazar Bux presume de tener 100 libros en su biblioteca, me dio mucha pena. ¿Cómo un niño puede tener más libros que yo? Una tontería, si lo piensas, sobre todo porque es un personaje de una novela. Aunque no de cualquier novela, porque La historia sin fin, de Michael Ende es un canto de amor a los libros y a la imaginación. Por lo que siempre que pude conseguí un libro para mi colección.
En esta vida lectora fui conociendo bibliotecas. Como la de mi secundaria, donde nunca tuve acceso a un libro; la del bachillerato, de donde me convertí en un ratón de biblioteca devorando Rimas y leyendas de Bécquer, o las novelas de Julio Verne. Tuve una relación estrecha con la Biblioteca Central Estatal que en ese entonces estaba junto al BINE y ahora en el bulevar 5 de mayo. Ahí leí a Mafalda y Ásterix, porque la sección infantil era una joya. Al entrar a la universidad logré el permiso de acceder más allá del mostrador para seleccionar los libros que quería leer (ya todos de matemáticas), con el placer de perderme por horas en los pasillos, con el alma en vilo porque en algún momento aparecería un título sorprendente. Ahí encontré explicaciones algebraicas de las manchas de las cebras y los tigres, así como las razones de porqué funcionan los teoremas de los números primos en la criptografía.
¿Has visitado una biblioteca antigua? No te pierdas la Biblioteca Palafoxiana, de la Casa de la Cultura, o la Biblioteca Histórica “José María Lafragua” de la BUAP, para ver sus incunables.
Cada que conocía un amigo, lo visitaba en su escuela y me colaba en su biblioteca: en la Ibero, la UDLA o el INAOE, buscando en sus acervos lo que no veía en la mía. Más libros de fractales, más de teoría de sistemas, más de videos y más películas.
Aunque se comprende que en algunos casos el acceso no sea abierto a los estantes, cuando sí lo es vale la pena ir con tiempo. Si tienes hijos y la pandemia lo permite, te invito a visitar la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria, con su comiteca, su área infantil y su área de videojuegos. Es de las pocas en la que puedes hablar y platicar, excepto en las áreas de silencio.
Una vez tuve el honor de llevar una plática a una biblioteca comunitaria. No está ni a diez minutos de Cuetzalan, pero en ese entonces los niños ni siquiera conocían a Wall-e, el famoso robot que recoge basura. ¿Qué es un robot? ¿Qué es la tracción tipo oruga? Un muchacho que vino a la ciudad comprendió que en los libros hay algo más que hojas y letras, y que pueden mejorarte como humano, por lo que promovió la biblioteca en su comunidad y los niños van ahí a hacer la tarea y leer. O a ver robots cuando nos invitan.
Ya como profesor, las bibliotecas de mis amigos me hacían sonrojar. Miles de libros, todos leídos y resguardados de polvo y extraños. Un ingeniero civil tenía un salón construido especialmente y apartado de la casa con sus libros, y solo podías verlos desde las ventanas. Otro tiene una biblioteca que simula prácticamente una capilla, donde se ama y adora a los libros, y donde se realizan actividades relacionadas con el saber: conferencias, películas, diálogos.
En la maestría me tocó hacer la peregrinación a la meca de bibliotecas en ese entonces: la biblioteca de ciencias y el área de publicaciones de la UNAM. Es increíble pensar que debías hacer un viaje de un día para buscar un artículo, fotocopiarlo y regresar. Pero así era.
Ahora mi biblioteca física crece muy lentamente. Y digo física porque mucho de lo que leo es en formato digital. En estos días acabo de revisar una tesis de doctorado, poniendo comentarios, resaltando texto yo haciendo correcciones sobre el archivo sin haber impreso hoja alguna.
Leer en pantallas digitales también tiene su historia en mi vida: desde subir un archivo de texto en una PDA, luego en un PSP (si, hackeándolo), y luego, ya conocer los ebooks (el famoso Kindle), y las tablets, como el IPAD. Y esto abrió la biblioteca del mundo. Antes de poder comprar el libro de Harry Potter lo pude leer en la PDA, por ejemplo.
Hoy en día puedo tener en mi tablet más libros digitales que los que conforman mi biblioteca física. Y eso es tremendo.
Puedes ir a la librería del Colegio de México y bajar el libro gratuito del día. O en proyecto Gutemberg leer los clásicos en la versión que más te agrade. En Cervantes Virtual eliges libros de lengua española. En Open libra puedes leer libros de ciencias, tecnología o hasta cómics (técnicos, eso sí). Y en Libros maravillosos muchos de esos libros de divulgación científica que definen vocaciones.
Si eres académico o estás haciendo una investigación puedes ver artículos en Google Scholar o en Researchgate, por lo que visitar otras bibliotecas ya no es necesario.
Así que ahora sobran opciones, muchas de ellas gratuitas, pero me hacen falta mil vidas para leer un poco de todo lo que hay.
Pero aun así me emociona entrar en esos lugares donde se guardan los libros. ¿Te veré por ahí un día de estos?
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Semblanza
Divulgador científico, matemático de formación. Apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots. Representante del nodo Puebla de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Ha escrito dos libros de divulgación y varios cuentos de ciencia ficción. Conduce todos los lunes el programa Nueva normalidad / Diálogos desde la BUAP de las 8 PM.









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